Elvis Christie: Lágrimas dulces

Acababa de anochecer cuando Daniel Alcaná entró a la ciudad de Toledo dejando a su derecha la Puerta de Bisagra y, bordeándola por la llamada Ronda del Granadal y la cuesta de los Doce Cantos, el chófer detuvo el vehículo en una vaguada desde la que partían distintas calles, todas ellas poco iluminadas.

—Señor, esto ya es el casco histórico; a partir de aquí se accede a la judería y es zona peatonal —advirtió el conductor.

—No importa. Iré andando. —Daniel se apeó del coche, dio instrucciones a Agustín, el chófer, y se dispuso a internarse en las estrechas y oscuras calles.

Antes de iniciar la marcha miró a su alrededor y, como otras veces que había estado en la ciudad, se extasió con la sensación de magia e historia que desprendía. A su espalda quedaba el sinuoso recorrido del río Tajo abrazando el montículo sobre el que se asentaba el centro urbano, desprendiendo el tenue resplandor reflejado de los lejanos monumentos iluminados: el Puente de Alcántara y el Castillo de San Servando. Pero ni siquiera este breve momento contemplativo consiguió aplacar la furia que Daniel sentía por dentro.

Esa tarde había llamado a su hija Raquel para preguntar por los exámenes y, en un desliz, su compañera de habitación la había delatado: «Ha salido con su novio y se ha dejado el móvil». Se había quedado anonadado. ¡Su hija con novio y él, que presumía de adelantarse a los acontecimientos, sin saber nada! Inmediatamente había llamado a la directora de la residencia femenina y ésta se lo había confirmado: al parecer salía con un chico del que sólo sabía que era uno de esos tunos con reputación de golfos y malos estudiantes.

Desde que falleció su esposa diez años atrás, la vida de Daniel había girado alrededor de Raquel y los negocios, haciendo malabares para no descuidar a la una ni a los otros. Temeroso de equivocarse y ante la falta de una figura materna que pusiera la necesaria dosis de sensatez, Daniel le había permitido prácticamente todo a su querida hija procurando no convertirla en una niña mimada; incluso había transigido en que estudiase en esta pequeña ciudad esa pueril carrera de Humanidades, tan alejada del despiadado mundo de las inversiones bursátiles donde él reinaba. Lo que no toleraría es que arrojase su futuro por la borda, y menos aún por un músico gandul y oportunista.

Daniel empezó a subir hacia el centro por una angosta calle que se le hacía interminable y fatigosa. Las piedras de la ciudad desprendían sin piedad todo el calor acumulado durante el día y a los pocos minutos acusó el esfuerzo de la caminata. «¡Malditas cuestas!», iba rezongando para sus adentros cuando llegó a una pequeña plaza y se sentó a descansar en el brocal del pozo que la adornaba. Mientras recuperaba el aliento aprovechó para buscar la placa que indicase el nombre de esa calle con la intención de maldecirla expresamente, encontrándola expuesta bajo la luz de una ornamentada farola adosada a la pared. Tanto la calle que había remontado como la plaza donde se encontraba llevaban el nombre de una leyenda de las muchas de las que hacía gala esa ciudad: el Pozo Amargo, el mismo que le servía de asiento en ese momento. La placa, además, aludía a la leyenda en cuestión:

«Las lágrimas que el recuerdo, añoranza del amado,

causaron en una joven toledana,

amargaron las aguas de este pozo».

Ante las preguntas que solían hacerle en relación a su buen ojo para embarcarse en inversiones rentables y rechazar las ruinosas, Daniel solía decir que era simple intuición; pero en el fondo sabía que era un sexto sentido, parecido a la superstición, lo que lo apartaba de las últimas y le atraía de las primeras. Por eso las palabras recién leídas provocaron en él un profundo escalofrío que, paradójicamente, no supo interpretar. ¿Se estaría equivocando al pretender apartar a su hija de ese sujeto o, por el contrario, sería una confirmación de que no le convenía y estaba actuando correctamente? Sus dudas se despejaron cuando oyó, o creyó oír, un llanto quedo proveniente del interior del pozo. Se levantó de un salto y prestó mayor atención, pero ya no oía otra cosa que los ruidos naturales de cualquier zona habitada. «¡Qué narices!», pensó y sacó el teléfono móvil. En unos instantes se había informado sobre la leyenda del Pozo Amargo. Contaba que una joven judía se había arrojado a ese pozo, después de haber llorado día tras día sobre él, por la pérdida de su amado, un cristiano llamado Fernando a quien el padre de aquélla no quería y había quitado la vida. Intuición, superstición o fantasmas reales, Daniel tomó una decisión.

Aún algo aprensivo por la reciente experiencia cuasi sobrenatural, Daniel reanudó su camino y, al poco de alcanzar las inmediaciones de la majestuosa Catedral, ya cerca de la residencia de su hija, la divisó a una veintena de metros del brazo de un apuesto joven. Se quedó parado

—¡Papá! ¿Qué haces aquí?

Daniel ofreció la primera excusa que le pasó por la cabeza y ella se apresuró a presentarle a su acompañante, quien, tras saludarlo educadamente, se despidió dejándolos solos.

—¡Qué callado lo tenías! —le reprochó.

—Lo siento, papá —respondió Raquel con un brillo húmedo en los ojos—. Se llama Fernando y se licencia este año en Ciencias Económicas con matrícula de honor. Además le entusiasma la Bolsa —añadió con un guiño—. Nos queremos y sé que te gustará.

—Seguro que sí.

Elvis Christie

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Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", agosto 2018, Elvis Christie, Literatura, Narrativa, Relatos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

9 Responses to Elvis Christie: Lágrimas dulces

  1. Una pequeña explicación del relato de hoy. Es un microrrelato (400 palabras) que presenté hace poco a un concurso. Tenía que ambientarse en la Judería de Toledo como único requisito, además de la extensión. Pues eso, que es un ejercicio sin pretensiones en el que aproveché para evocar tiempos tunos.

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  2. Es una bonita historia 😊

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  3. Avatar de antoncaes antoncaes dice:

    Una rectificación a tiempo puede ser la separación de un padre de su hija.
    Me ha encantado la descripción que has hecho de la ciudad, hace tiempo que no voy por allí y me la has acercado o recordado, como queramos decirlo.
    Saludos.

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  4. Pingback: Lágrimas dulces – Relatos mezclados, no agitados

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