Elvis Christie: Clases de apoyo

—¡¿Quién coño llamará a estas horas?! —rezongaba Fabiola mientras bajaba las escaleras descalza, cuidando de no tropezar con alguno de los juguetes de los pequeños. Eras más de las tres de la madrugada y el timbre de la puerta llevaba varios minutos sonando insistentemente. Ignoraba si se había despertado alguna de sus chicas, como llamaba a las mujeres acogidas en la casa que regentaba, ya que todas eran más jóvenes que ella.

—¡Dios mío, Asumpta! —exclamó cuando descubrió que quien llamaba era una antigua residente de la casa con la que había trabado una sincera e íntima amistad. Asumpta, que sujetaba con fuerza la mano de su hija de once años, tenía el rostro desencajado y surcado de lágrimas—. Pasa, pasa, chiquilla.

—Perdóname, Fabi, pero no sabía qué hacer ni a quién acudir. Estoy desesperada. Esta misma tarde me he enterado de que Marcos se ha escapado de la cárcel —relató Asumpta a su amiga cundo se hubo recompuesto con una tila que le sirvió aquélla.

Asumpta Briceña, como el resto de las chicas residentes en la casa, había sido una víctima de malos tratos un par de años atrás y, junto con su hija Elenita, había estado acogida durante seis meses en la casa desde que salió del hospital por una paliza de su marido que a punto había estado de acabar en tragedia irreparable. Él había sido condenado rápidamente a cuatro años de prisión y Asumpta, tras abandonar la casa de acogida, había rehecho su vida encontrando un trabajo y un lugar digno donde vivir con su hija.

—Al parecer se ha fugado a mediodía. La policía me llamó inmediatamente para ponerme sobre aviso y me recomendaron que nos hospedásemos en un hotel. Todavía no me han puesto protección porque andan cortos de efectivos y desde entonces estoy histérica. No podía ni dormir y sólo os tengo a vosotras.

—Tranquila, puedes contar conmigo. Aunque tengo el cupo completo, os haré hueco como pueda hasta que te aseguren protección policial. Venid, que os preparo una habitación y ya mañana hablamos más tranquilamente.

A las ocho de la mañana Asumpta desayunaba con Fabiola y otras cinco chicas en la cocina de la casa cuando sonó su teléfono. En otra mesa lo hacían seis niños y niñas, entre ellos Elenita.

—Nada, que aún no disponen de agentes —dijo Asumpta, abatida tras colgar.

—¡Joder! —Fabiola se quedó pensativa tras su exabrupto y tomó una decisión—. Vale, esto es lo que vamos a hacer: te quedas de momento aquí, ya me encargo yo del papeleo y de hablar con tu trabajo y el colegio de la niña, y le pido a Marian que nos eche un cable.

Las otras chicas se miraron entre ellas con gesto circunspecto.

—¿Qué pasa? ¿Quién es Marian? —preguntó asustada Asumpta.

—Alguien que te va a hacer preferir ver a tu marido —respondió con sorna Merche, una de las chicas.

—¡Merche, coño! —la reprendió Fabiola—. Tranquila, Asu. Marian es una especie de colaboradora freelance de varias casas de acogida, amiga mía. Es cinturón negro de no sé cuántas artes marciales y ha ayudado a muchas chicas… a las que se han dejado ayudar, claro.

—De acuerdo —dijo Asumpta un poco insegura.

Las clases con Marian comenzaron al día siguiente en un gimnasio a poca distancia de la casa, donde Asumpta acudió con su hija. Marian era todo lo que ella querría ser: decidida, segura, implacable. La primera clase fue una toma de contacto ellas solas, con algunas explicaciones y preparativos. Lo duro comenzó al día siguiente y los venideros, todas las tardes, con otras tantas mujeres en situaciones parecidas a la suya mientras Elenita hacía las tareas escolares en una mesa de un rincón, desde donde las contemplaba.

Tuvieron que transcurrir varias semanas para que los dolores y agujetas se transformasen en fuerza y flexibilidad. La primera semana había decidido abandonar cada día, dolorida en todos los músculos del cuerpo, y cada día era su hija, al recogerla del colegio, quien la animaba a seguir («vamos con Marian, venga, mamá»). Al cabo de dos meses terminaba las clases sudorosa y cansada, pero eufórica y sintiéndose poderosa por primera vez en su vida. Había interiorizado los movimientos, los golpes y las amenazas y respondía con rapidez y agilidad. Gracias a ello asumió tranquila y con deportividad el fin de su estancia en la casa de acogida, a pesar de que Marcos continuaba fugado y ya no contaba con la presencia constante del policía de apoyo que finalmente le habían asignado.

—¿Estarás bien, seguro? —le preguntó Fabiola mientras la ayudaba a hacer la maleta.

—Sí, descuida. Marian me ha sido de gran ayuda y me siento como nunca —respondió Asumpta haciendo una pose de kung-fu—. Además, a estas alturas imagino que Marcos estará muy lejos.

Y la vida de Asumpta volvió a su normalidad. El trabajo, donde fue recibida con alegría por jefes y compañeros, su propia casa, el colegio de Elena… Todo muy rutinario, pero ya sin miedo. Por el momento no pedía nada más. Con un poco de tiempo esa falta de miedo se tornó en una progresiva confianza y se permitió salir y dejar salir a su hija con las amigas. Elena ya había cumplido doce años y no podía condenarla a vivir encerrada, aunque las pocas horas que salía la niña las pasaba intranquila, mirando constantemente por la ventana esperando su vuelta.

—Mamá, ya vuelvo. —Como siempre, Elena mandaba un mensaje a su madre para tranquilizarla cuando se disponía a volver a casa. Ese viernes había ido con unas amigas al cine y volvía en autobús, cuya parada estaba a un par de calles de distancia.

—OK, salgo a esperarte y nos tomamos una hamburguesa.

Asumpta se arregló un poco, cogió la basura, apagó las luces y salió al encuentro de su hija. Se detuvo en la esquina para tirar la basura y una voz al cerrar la tapa del contenedor la dejó helada.

—¿Has quedado con alguien? Te veo muy guapa. Conmigo no te arreglabas tanto.

Comenzaron a temblarle las piernas y se tuvo que apoyar en el contenedor sin atreverse a girarse. Intentó pensar en las clases con Marian, recordar los movimientos y posturas, pero su cuerpo se negaba a responder. Estaba aterrorizada y notaba como le resbalaba la orina por las piernas. Poco a poco comenzó a darse la vuelta («que haya sido una alucinación, por favor»).

Marcos estaba a menos de un metro de distancia exhibiendo una asquerosa sonrisa en la cara. Llevaba una capucha echada sobre la cabeza y la miraba con odio.

—P-p-por favor, Marcos…

Se abalanzó sobre ella y la agarró con una mano del cuello, apretando y empujándola contra el contenedor.

—¡Hija de puta! Me las vas a pagar todas ahora y para siempre.

«Rodillazo en los huevos, brazo izquierdo arriba», le decía el cerebro, pero sus miembros no se movían. Notó como le iba faltando el aire en los pulmones y las piernas dejaban de sostenerla. Mientras se derrumbaba y casi de manera inconsciente metió una mano temblorosa en el bolso y tocó y apretó su contenido con la esperanza de pulsar el avisador que alertaría a la policía. No sabía si había acertado, si lo que había oprimido era un mechero o el lápiz de labios, pero ya no tenía fuerza para hacer nada más. Estaba perdiendo el conocimiento. Antes de desvanecerse creyó escuchar un grito y le pareció la voz de Elena. «Ella no, ella no, ella no…»

Despertó poco después. Abrió los ojos y se deslumbró. Luces, voces, sirenas. Una cara desconocida; parecía un médico. Entonces recordó. Fue a hablar, pero de su garganta sólo salió un gruñido y dolor. Enseguida dos caras familiares, Elena y Joaquín, el policía. Al parecer había conseguido activar la alarma.

—Tranquila, mamá. Todo está bien —dijo la niña abrazándola.

—Ya no tiene más que temer, se lo aseguro —afirmó Joaquín.

Y no necesitó más protección; Marcos había muerto. Joaquín le explicó que una patrulla que estaba a poca distancia había acudido enseguida al aviso y habían visto cómo un coche salía derrapando a toda velocidad y a Elena intentando reanimarla. Por lo visto, a Marcos lo esperaba alguien en ese coche y se dio a la fuga cuando vio a su hija y oyó la sirena del coche policial. Lo habían buscado durante toda la noche y había aparecido muerto, con la tráquea fracturada, en un descampado a la mañana siguiente. Suponían que había estado escondido todo el tiempo con gente relacionada con su estancia en prisión, y esas compañías nunca son buenas. Caso cerrado, le había dicho Joaquín.

Pero Asumpta sospechaba que no había sucedido de esa manera. Había recordado el grito de su hija antes de desvanecerse («¡No toques a mi madre!») y el sonido crujiente de huesos al romperse. Y la mano derecha de Elena amoratada durante días. Y cómo la niña prestaba atención como la que más durante las clases de Marian. Y el día que ésta les enseñó lo que llamaba «el golpe definitivo»: un puñetazo seco en la nuez. Sólo mucho tiempo después Elena le confirmó sus sospechas y completó el cuadro. A Marcos no lo esperaba ningún secuaz ni compañero de prisión. De aquel coche se bajó una mujer con signos de violencia en la cara que arrastró el cadáver hasta el vehículo y se limitó a llevarse un dedo a los labios pidiendo silencio a Elena antes de irse.

Elvis Christie

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", agosto 2018, Elvis Christie, Literatura, Narrativa, Relatos y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

10 Responses to Elvis Christie: Clases de apoyo

  1. Avatar de antoncaes antoncaes dice:

    Así debía de ser siempre.

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  2. Avatar de Estrella RF Estrella RF dice:

    El maltrato es una lacra que todos tenemos que luchar por erradicar. Las víctimas tienen tanto terror después de ser aniquilada su voluntad por el maltratador que no son capaces de reaccionar.
    Muy bueno el relato. Me ha gustado mucho.
    Un abrazo.

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