Elvis Christie: Maratón

Después de realizar los necesarios ejercicios de calentamiento, Ricardo se incorporó y escrutó los interminables rostros hasta que dio con el que buscaba a unas decenas de metros. Se miraron a los ojos, tan parecidos, y sonrieron. Ricardo levantó el puño en señal de victoria y fue correspondido por otro gesto igual y al segundo por otro de un puño pequeño, de niño, que también lo miraba con una inmensa sonrisa en su cara infantil desde la zona lateral.

Ricardo arqueó la espalda y sintió cómo respondían sus músculos sin resistencia, con flexibilidad. ¡Qué maravilla después de todo! Miró al cielo y pidió que no lloviese. Era otoño y estaba en Nueva York, pero de momento se hallaba despejado. En ese momento una voz en inglés pidió a los participantes que se fueran colocando en las líneas de salida y, mientras avanzaba hacia la suya, volvió a dar gracias al Dios en el que había vuelto a creer tras muchos años de negarlo. Correr al fin la maratón de Nueva York era el sueño de toda su vida de deportista aficionado, el que una vez creyó truncado para siempre y sólo por eso un pequeño milagro; pero todo lo demás, lo que había concluido en el día de hoy, era una auténtica bendición divina. Se sintió feliz y afortunado y repleto de amor.

Cuando sonó el disparo que daba inicio a la carrera, arrancó con lágrimas en los ojos.

Tres años antes

—Ricardo, tenemos que operar esa espalda. —La voz del médico era tan seria y firme como su expresión—. No es una intervención complicada y sólo te tendrá de baja un par de semanas, aunque para volver a correr tendrás que esperar más, y tampoco te lo puedo asegurar. Lo siento, no es sólo tu espalda sino, sobre todo, tu edad. Tus huesos también tienen casi cincuenta años.

Esas habían sido las palabras de su amigo, el doctor Serrano, dos meses atrás, y le habían parecido malas noticias. ¡Qué ironía! Ojalá hubieran sido ciertas. La operación sí fue complicada a la postre (o más bien se complicó por el error de alguien) y todavía tenía que dar gracias por no haber quedado paralítico, así que aquí estaba, tendido boca abajo lamentándose y viendo, sin poder hacer nada para evitarlo, cómo su vida se había ido desmoronando día tras día.

Primero fue despertar en el hospital y escuchar el mal resultado de la operación y sus consecuencias: a punto de haber perdido toda movilidad en las piernas, tenía que sentirse afortunado por volver a andar tras cinco o seis meses de reposo total. Luego fue el trabajo. Tuvo que cerrar la gestoría, despidiendo a cuatro personas que llevaban años con él, y recuperar algo de dinero vendiéndole la cartera de clientes a una colega de profesión en la que confiaba. Y por último estaba siendo la recuperación. Eterna, frustrante, solitaria. Su madre y su hermana se turnaban para ir a visitarlo y ayudarle a comer y asearse, pero el resto del día se lo pasaba mirando la televisión sin prestar realmente atención. Incluso se habían ofrecido a vivir con él o que él viviera con alguna de ellas durante el periodo de recuperación, pero había sido intransigente: de ninguna manera. Su hermana tenía su propia vida y familia y su madre ya era demasiado mayor para ocuparse de un tullido. No, la soberbia y el orgullo habían podido más que el sentido común. Fue Rafi, su hermana, la siempre práctica, quien un día apareció con un ordenador portátil y un avisador.

—Si necesitas cualquier cosa, pulsa este botón y me llegará un mensaje inmediatamente. Prométeme que lo usarás si es necesario —le dijo en tono inapelable.

—Prometido.

—Y el ordenador es para que hagas algo más que ver tonterías en la tele. No sé, puedes hacer algún cursillo, leer. O buscar amigos de la juventud en las redes sociales. Esto está ahora muy de moda.

Y así había encontrado a Marisol, buscando a sus antiguos compañeros de la mili. Había sido su primer amor, allá en Cantabria, donde prestaba el servicio militar obligatorio con diecinueve años. Pero aquel periodo terminó y con él su relación. Ricardo debía volver a su ciudad natal, donde lo esperaba el trabajo en el despacho de su padre, y Marisol estudiaba enfermería. El día antes de licenciarse lo pasaron juntos aprovechando el pase pernocta que dieron a todos los reclutas y se despidieron con el corazón roto.

Un mes más tarde, Ricardo ya había recuperado cierta movilidad y hasta cierto punto era autónomo. Terminó de cenar (la comida seguían trayéndosela esas grandes mujeres que eran su madre y su hermana), se dirigió raudo en la silla de ruedas hasta el escritorio, encendió el ordenador y se conectó a Facebook. Allí estaba la luz verde que indicaba que Marisol también estaba conectada.

—Hola, soldado —lo saludó ella como todas las noches.

—Hola, enfermera —respondió él.

Esas conversaciones nocturnas habían tenido mucha culpa en la rápida y buena recuperación de Ricardo, tanto en lo físico como en lo emocional. Estaba deseando ir a Santander para verse en persona, aunque no se había hecho ilusiones románticas al respecto. Marisol estaba divorciada desde hacía años, pero mantenía una relación con otro hombre, si bien no convivía con él. A veces fantaseaba con ello, pero era consciente de que no era más que eso, una fantasía. Ella no le había dado pie a pensar otra cosa y no quería llevarse un desengaño expreso ni defraudar la confianza y el apoyo de Marisol. Porque había sido y estaba siendo su mejor terapia.

—¿Hoy no tienes sueño? —le preguntó ella—. Son ya más de las dos.

—Un poco, pero ya sabes que no tengo que madrugar y me encanta charlar contigo.

Ricardo se quedó esperando que Marisol escribiera algo, pero pasaron varios minutos y el cursor seguía parpadeando en el monitor, sin palabras.

—¿Estás ahí?

—Sí —contestó enseguida—. Es que estoy pensando cómo contarte algo.

Ricardo parpadeó un poco sorprendido y notó cómo se le aceleraba el pulso. ¿Sería posible que…? «No, no voy a hacerme ilusiones».

—A las bravas será lo mejor. Prepárate: Richi, tenemos un hijo.

«¡¿Qué?!» Ricardo leyó una y otra vez la frase intentando asimilar su significado.

—¿Quieres decir que tú y yo…? Pero ¿cómo?

—A estas alturas creo que sabrás cómo se tienen hijos. Cuando nos despedimos aquella mañana aún no lo sabía y luego, cuando se confirmó meses más tarde, todo fue muy complicado. Tuve que pelear mucho con mis padres, pero tenía claro que no iba a ir a buscarte para contártelo. Tú tenías tu vida allí, en el despacho de tu padre, y yo mis estudios aquí. Éramos muy jóvenes y probablemente habría sido peor el remedio que la enfermedad. Así que seguí adelante, me organicé para terminar la carrera con un embarazo primero y un hijo después, y el resto es historia, como suele decirse.

Ricardo no supo contestar. Varias emociones lo tenían paralizado. Perplejidad, algo de indignación y una creciente ilusión nueva.

Richi, di algo, por favor —escribió ella al cabo de unos segundos.

—Perdona, es que lo estaba procesando. Me he quedado en shock. ¿Cómo es? ¿Qué sabe de mí? ¡Cuéntame!

—Es como tú. Clavadito. Se llama Jorge. Le he hablado muchas veces de ti, pero nunca le di datos concretos. Lo asumió muy bien cuando mi marido y yo le contamos que era hijo mío de una relación previa y se crio como hijo de los dos. Al menos hasta el divorcio. Como ya te he contado en otra ocasión, fue bastante traumático y Jorge se puso de mi parte. Desde entonces no han tenido relación pero tampoco ha vuelto a preguntarme acerca de ti.

—Joder, lo siento.

—Nada. Así es la vida. En fin, se casó hace unos años con una inglesa que estudiaba aquí y ahora viven en Cardiff, donde encontró trabajo como ingeniero. Les va muy bien, tienen un niño precioso que se llama Jeremy y, como tú, es madridista hasta la médula.

—Ja, ja, ja. Me encantaría conocerlo.

—Déjame que hable con él.

—Claro.

Y hablaron. La primera vez sólo un rato; después la conversación se alargó más de una hora, ambos contándose de sus respectivas vidas. Al poco se llamaban cada semana y unos meses más tarde, cuando Ricardo ya pudo andar sin ayuda, se conocieron aprovechando un viaje de trabajo de Jorge a España.

—¿Qué tienes pensado hacer a partir de ahora? —le preguntó Jorge a su padre en la sobremesa. Era el último de los dos días que Jorge estaba pasando con él y éste lo había llevado a comer a un restaurante después de enseñarle la ciudad.

—No tengo ni idea, la verdad, y ni siquiera he pensado en ello a pesar de todo el tiempo que he tenido. Supongo que podría volver a poner en marcha la gestoría, aunque sería empezar de cero.

—Vente con nosotros una temporada —sugirió de repente Jorge, aunque pareció que lo tenía planeado—. Tienes que conocer a Maggie y a Jeremy.

Ricardo se quedó callado. No se lo esperaba.

—Venga, di que sí —insistió su hijo.

—De acuerdo. Nada más termine la rehabilitación haré los preparativos e iré a visitaros —contestó finalmente.

Ricardo descendió del avión en Cardiff el día que se cumplían dos años de su fatídica operación. Era un aeropuerto pequeño y enseguida reconoció entre la gente a Jorge, que iba acompañado de una guapa joven pelirroja y un chiquillo de corta edad de pelo castaño. Maggie y Jeremy, supuso. Si reencontrar a Marisol y, como consecuencia, conocer a su ignorado hijo habían sido los mejores tratamientos de su recuperación física, sentirse recibido como miembro de esa familia –su familia– fue la mejor medicina para su renacimiento psíquico y emocional.

Al margen de aquel noviazgo juvenil con Marisol y a pesar de sus cincuenta y un años ya, Ricardo no se había prodigado en relaciones sentimentales. Tres o cuatro parejas, dependiendo de cómo se definiese este concepto, la más duradera de las cuales no había llegado a los cuatro años, y algún que otro encuentro sexual casual era todo su bagaje en este sentido. Por otro lado, siendo como era de espíritu independiente, su relación con su madre y su hermana (y el marido e hijos de ésta), si bien cariñosa, nunca había sido íntima. Las típicas y obligadas reuniones familiares anuales por Navidad y los cumpleaños y poco más. En definitiva, Ricardo era un solitario de cuerpo y de alma y tampoco echaba de menos otro tipo de vida porque sólo había conocido la suya.

—Papá, ¿te puedes quedar esta noche con Jeremy? A Maggie y a mí nos han invitado a una fiesta —le preguntó su hijo un sábado cuando llevaba pocos días con ellos.

—Faltaría más. Jugaremos y le contaré unos cuentos en español, para que vaya mejorando su idioma paterno.

Maggie y Jorge lo habían acomodado en un anexo de su casa, en las afueras de la ciudad, de modo que mantenía cierta intimidad al tiempo que convivía con ellos. Por las mañanas salía a correr (o, más bien, trotar deprisa), desayunaba con su familia y solía llevar y recoger a su nieto del colegio, que quedaba a poca distancia andando. Eso le había granjeado el cariño incondicional del pequeño, con el que se entendía en una mezcla de idiomas que provocaba más de una carcajada a quien los oía. Luego se iba a trabajar a unas oficinas en el centro donde se ocupaba de la tramitación de documentos para los extranjeros hispanoparlantes, trabajo que había encontrado gracias a Jorge y que le servía para sentirse más activo si cabe y no suponer una carga para su hijo. La vida no podía regalarle más. O sí.

Fue unas semanas más tarde, una mañana de domingo. Estaban todos desayunando en la cocina después de que Ricardo hubiese vuelto de su carrera matutina cuando Jorge se lo quedó mirando con una sonrisa pícara en la cara. Ricardo lo interrogó con un gesto. Maggie soltó una risita y dio a su marido una patada por debajo de la mesa.

—Bueno, ¿me vais a contar lo que pasa? —Se impacientó.

—Hoy has hecho un buen tiempo corriendo —afirmó Jorge sin dejar de sonreír.

Ricardo miraba a ambos perplejo, encogiéndose de hombros. Pasaron unos segundos sin que nadie dijese nada. Hasta Jeremy mantenía ese silencio cómplice. Ricardo estaba a punto de estallar cuando su hijo, mirando la pantalla del teléfono móvil, habló por fin:

—Espero que no hayas hecho planes para la primera semana de noviembre.

—Hijo, o me dices ya qué está pasando o…

No pudo decir más. Jorge había vuelto hacia él su teléfono y reconoció la imagen de un solo vistazo. Había soñado durante años con algo parecido.

—¡No puede ser! ¿De verdad?

—Sí, papá. Ha sido un golpe de suerte, pero sí: tienes plaza en la maratón de Nueva York. Y nos vamos todos, los cinco.

Ricardo se había levantado de la mesa y estaba bailando y haciendo cabriolas provocando las risas de su nieto cuando se detuvo en seco:

—¿Has dicho los cinco? ¿Quién más…?

En ese momento sonó el timbre de la casa y Maggie se apresuró a salir a abrir.

Enseguida todo fue un alborozo, pero Ricardo sólo podía oír el ruido de las ruedas de una maleta y los latidos de su corazón retumbando en sus oídos. Y dos palabras saliendo de una boca que pedía besos bajo unos ojos que reflejaban amor:

—Hola, soldado.

Basado en hechos muy reales

Elvis Christie

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", agosto 2018, Elvis Christie, Literatura, Narrativa, Relatos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

9 Responses to Elvis Christie: Maratón

  1. Avatar de Estrella RF Estrella RF dice:

    Me encanta la historia. El destino a veces nos juega malas pasadas, pero otras… ¡qué maravilloso puede ser!
    Gracias por esta historia tan bonita. Es una buena terapia para el desánimo.
    Un abrazo.

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  2. Gracias, Estrella. Es una historia real que me contó un amigo sobre otro amigo suyo al que conozco. Me pareció conmovedora.

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  3. Sin palabras… 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

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  4. Sin palabras también se puede decir mucho. Gracias.

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  5. interesante hisatoria

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  6. Pingback: Maratón – Relatos mezclados, no agitados

  7. Avatar de riolangel riol.angel dice:

    Joder que bonito… casi lloro… pero no se lo digas a nadie

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