Elvis Christie: La revisión

«Ha llegado a su destino», indicó una voz robotizada de mujer mientras el Autocab se detenía ante el control de acceso de la prisión La Solanilla. El abogado se inclinó hacia la consola del vehículo y acercó su Dísper para registrar el transporte y dejar pedida su recogida al cabo de tres horas en ese mismo lugar. Carlos Encina era un abogado joven, acostumbrado al mundo tecnológico en el que vivía, pero aún se maravillaba de ciertas innovaciones: los Autocabs, esos vehículos automatizados sin conductor para cortas y medias distancias que habían convertido en innecesario disponer de vehículo propio para la mayor parte de las necesidades de locomoción en una ciudad y sus alrededores a cambio de una cuota mensual que cubría un determinado máximo de kilómetros recorridos; el Dísper (abreviatura en español de Dispositivo Personal de Comunicaciones, popularmente conocido también como «El Chisme»), una evolución de los antiguos teléfonos móviles que servía prácticamente para todo, desde identificarse hasta pagar impuestos. Por desgracia, la reunión que hoy tenía con su cliente y la Junta de Revisión de Penas no podía celebrarse en realidad virtual. Tenía que ser presencial a fin de que Santiago Velanque, el famoso preso 101 en su día conocido como el Ingeniero Castrador, pudiera ser monitorizado y se garantizase el cumplimiento del protocolo.

Mientras accedía a las instalaciones del Centro Penitenciario sometiéndose a sucesivos controles, Carlos reflexionó sobre la trascendencia de la audiencia de hoy. Santiago Velanque había torturado, asesinado y descuartizado hacía cinco años a uno de los primeros condenados con pena de prisión mínima cuando fue liberado tras convencer a la Junta de Revisión de que estaba rehabilitado. Había sido un caso muy mediático: se acababa de aprobar este tipo de pena para supuestos graves y el condenado lo había sido a nueve años de prisión mínima por la violación y asesinato de tres jóvenes. Lo había liberado a la tercera revisión, cuando tan sólo había cumplido once años, la misma Junta de Revisión que hoy examinaba a Velanque. Éste había sido condenado únicamente a cinco años de prisión mínima pues el jurado que lo condenó había simpatizado con él desde la primera sesión del juicio, concediéndole todo tipo de atenuantes ya que el caso del violador aún estaba en la mente de todos ellos. Durante los poco más de cinco años que llevaba preso había constituido un modelo de reinserción, colaborando en todas las actividades de la prisión, ayudando a otros presos, arrepentido de su crimen (el cual a duras penas recordaba, pues lo había cometido en un estado de trastorno mental acreditado por los más reconocidos psiquiatras forenses) y dispuesto a someterse a cuantos controles se propusieran para él. Carlos confiaba en que superase la revisión de la Junta a la primera.

—Me alegro de verte, Santi. Tienes buen aspecto —lo saludó el abogado en la sala privada.

—Gracias, letrado. —Nunca lo llamaba por su nombre—. ¿Cómo lo ves?

—¿Cómo te ves tú? Yo sólo puedo decirte que los informes preliminares son excelentes. Cuentas con la confianza de todo el personal de la prisión, incluidos los demás presos; pero a quien te tienes que ganar es a la Junta: el Juez de Revisiones, el psicólogo, el trabajador social, el Presidente de las Asociaciones de Víctimas y el de las Asociaciones de Derechos Humanos. Ninguno de ellos te conoce y la aprobación tiene que ser unánime. Nunca han concedido una libertad en la primera revisión. Se juegan mucho, ya lo sabes.

En efecto, para calmar las protestas sociales por las liberaciones de condenados por crímenes graves sin ganarse las críticas de los defensores de los derechos de los presos, la Prisión Mínima suponía una condena de un mínimo de años a partir de cuyo momento la pena se revisaba anualmente; pero los miembros de la Junta que la revisaba respondían personalmente de los delitos que cometiese el liberado durante un tiempo igual al de la prisión mínima a que el sujeto hubiese sido condenado. Se exponían a ser inhabilitados y pagar cuantiosas indemnizaciones si el liberado cometía cualquier crimen castigado con la misma pena de prisión mínima en aquel plazo. Tuvieron que pasar bastantes años de puesta en práctica del sistema para que las Juntas comenzasen a conceder liberaciones, y ello tras no pocas revisiones. Ni siquiera el representante de las Asociaciones de Derechos Humanos estaba dispuesto a jugarse el tipo. Poco a poco el sistema comenzó a dar frutos (liberados que realmente se reinsertaban) y las liberaciones fueron más frecuentes. El primero en obtener una liberación rápida había sido, precisamente, el violador al que había asesinado Santiago Velanque.

Dos horas más tarde Carlos Encina comenzaba a abandonar la prisión con una sonrisa de satisfacción en la cara. Velanque había estado sublime. En su opinión habría convencido a la mismísima madre de su víctima. Sus últimas palabras ante la Junta arrancó de sus miembros un gesto espontáneo de asentimiento: «les juro por mi conciencia y honor que nunca tendrán ocasión de arrepentirse por liberarme». Magistral. Al día siguiente conocería la resolución de la Junta, pero ahora tenía la intervención que realmente estaba esperando: nada más salir al exterior vio el enjambre de periodistas. Se ajustó el traje, se mesó el cabello y se dirigió a ellos preparado para ser portada y protagonista de los medios comerciales y, más importante aún, de las redes.

No hubo ninguna sorpresa: Velanque había sido liberado con el único control de una moderna pulsera localizadora que no sólo proporcionaba su ubicación en tiempo real, sino que monitorizaba al usuario (ondas cerebrales y varios parámetros más) y un sofisticado software de análisis alertaba cuando se revelaban actividades potencialmente peligrosas. Eran pocos los que entendían el funcionamiento de la «carabina» (así se llamaba a la pulsera en cuestión), pero realmente sus algoritmos hacían una interpretación muy precisa de los datos que recibía del usuario, pudiendo estimar con bastante precisión cuando el sujeto podría estar cometiendo un crimen o preparándose para hacerlo.

Sólo habían pasado unos meses desde la liberación de Santiago Velanque y Carlos Encina ya había comenzado a recoger los frutos de su fama. Se encontraba ante el escritorio de su nuevo e inmenso despacho después de haber impartido instrucciones a sus nuevos asociados cuando entró su asistente.

—Acaba de llegar esto para ti —dijo dejando sobre la mesa un paquete—. ¿No has visto las noticias?

—No. Estaba mirando el balance del último trimestre. ¿Qué ha pasado? —preguntó Carlos, aunque ya estaba tecleando en su ordenador para informarse.

—¡Joder, joder, joder! —exclamó tras leer los titulares. Cinco Autocabs habían estallado con pocos minutos de diferencia entre ellos en las cercanías de La Solanilla matando en el acto a sus ocupantes. La identidad de estos era lo escalofriante: los miembros de la Junta de Revisiones.

Mientras leía más datos de la macabra noticia (los cuerpos destrozados, los cortes de la circulación) había empezado a desenvolver el paquete que le habían entregado. Era una caja pequeña, del tamaño de un libro, y de eso pensaba que se trataría, de algún memento jurídico. Pero al abrirla encontró un papel doblado junto a una «carabina» abierta. Inmediata e instintivamente supo de quién era.

«Hola, Letrado:

Les juré que no tendrían ocasión de arrepentirse de mi liberación y yo siempre cumplo mis juramentos. Como cuando juré acabar con aquel violador. Una de sus víctimas fue mi hija, aunque nunca lo denunció porque la atacó en la oscuridad y no quiso pasar por el calvario de la investigación y la atención de los medios; pero lo reconoció cuando estaba siendo juzgado. Esperaba que pasase al menos treinta años encarcelado, pero no cumplió ni una docena. Juré matar a todos los culpables: al violador y a los miembros de la Junta que lo liberaron.

En cuanto a la carabina, cuando te pregunten puedes decir de mi parte que un mundo regido por ceros y unos siempre estará a merced de quienes comprendan ese lenguaje, como un buen ingeniero y su hija hacker. Cuando veas tu saldo bancario lo entenderás mejor. Considéralo mi comisión por convertirte en el abogado de moda.

Saludos».

 

* Dedicado a mi amigo Mayto Mariano, en cuyas ideas para arreglar el mundo me inspiré para la malparada Junta de Revisión de Penas de este relato.

Elvis Christie

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", agosto 2018, Elvis Christie, Literatura, Narrativa, Relatos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

5 Responses to Elvis Christie: La revisión

  1. Avatar de antoncaes antoncaes dice:

    Muy buen relato para empezar un lunes. Nos deja unas buenas lecciones, un hombre siempre cumple su palabra, pero lo más importante, un asesino nunca se rehabilita, cualquier chispa vuelve a encender la llama.
    Saludos.

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  2. Gracias. Yo añadiría que los experimentos, con gaseosa.

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  3. Pingback: La revisión – Relatos mezclados, no agitados

  4. Avatar de Amaya Nogués Amaya Nogués dice:

    😱😱😱😱
    Creo que ya te lo he dicho, aún así, me reitero, recopila todos y a un libro. Son unos relatos increíbles y que enganchan desde el principio.
    ¡Felicidades!

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