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Frente a mí, sentada con económica comodidad, encogida sobre un pequeño bulto que apenas emergía entre sus ropas protectoras.
Murmuraba palabras con ternura, y a la vez en sus labios brotaba una sonrisa, colmada de serenidad. Ajena al estruendo del tren. Y sin ella saberlo, me invito a sonreír sin pensar.