Carmen Navas Hervás: El apagón II

No estamos, ni por asomo, preparados para lo que se nos viene encima. Hoy dependemos de internet para todo y si deja de funcionar, como acaba de ocurrir, el país se va a sumir en un auténtico caos, volviendo casi a la edad de piedra. No estamos acostumbrados a ello. Ya no podemos trabajar como antaño donde no necesitábamos ni siquiera una máquina de escribir. Hoy todo está conectado.

Cuando regreso a la comisaría las puertas están cerradas y hay un tumulto de gente en la puerta, que la golpean con desesperación. Está claro que no voy a poder entrar por ahí así que doy la vuelta al edificio para acceder por la puerta de servicio. Subo al quinto por las escaleras (ni loco me metería en el ascensor) y cuando llego, mis compañeros están desesperados sin saber qué hacer.

─Es algo generalizado, ha habido un ciberataque y todo el país se ha quedado sin conexión ─ les comunico con preocupación.

─ ¡Pues soluciónalo! para eso se te paga

─ ¡Se me paga para coger a los hackers, no para arreglar el desastre que puedan ocasionar! Para eso están los informáticos ─se hace un silencio espeso que nadie se atreve a romper, así que continúo explicando la situación ─Se ha creado un gabinete de crisis y están intentado buscar una solución, por lo tanto lo que tenemos que hacer es mantener la calma.

Todos los policías están en sus puestos de trabajo, delante del ordenador, mirando la pantalla como si solo con mirarla pudieran hacer que volviera a funcionar.

Cojo el teléfono de mi despacho e intento llamar a un amigo para calmar los nervios.

─Por sobrecarga en la red, rogamos marquen dentro de unos minutos.

Los minutos se convierten en horas y no hay forma de conectar con nadie.

Me siento inútil, como todos los demás. Son cientos de veces las que intentamos acceder a la red, como si con solo desearlo lo pudiéramos lograr. Comienzo a dar vueltas y me siento atrapado. Ahora mismo me siento inútil porque no podemos hacer nada. En la comisaría todo está en red con lo que no podemos acceder a ningún expediente. Lo único que se puede hacer es lo que hago: escribir mi experiencia e intentar explicar como me siento. Cuando los demás me ven teclear piensan que el problema se ha solucionando y acuden a sus puestos para comprobar que hay conexión. Me miran con odio cuando ven que todo sigue igual. Yo no tengo la culpa de que un loco haya saboteado el sistema.

Entonces todo se apaga, todo se queda a obscuras, la luz también se ha ido y ya no puedo ni seguir escribiendo. Son ya las cuatro de la tarde y todavía seguimos allí encerrados sin saber qué hacer. En otra situación quizá hubiera pensado que me tendrían que pagar horas extras pero en estos momentos eso es lo que menos importa.

Llevo ya dos horas sentado sin moverme, es como si hubiera entrado en estado de shock. Levanto la mirada y veo que mis compañeros están igual que yo. No sé, es algo extraño. Nosotros somos los policías, los que deberíamos estar intentando solucionar el problema y estamos lamiéndonos las heridas, estamos como hipnotizados, así que no sé cómo tienen que estar el resto de los mortales.

Llegan las once de la noche y seguimos allí, sin atrevernos ni siquiera a salir de la comisaría, a pesar de que hace horas que no hay nadie en la puerta. Es como si no solo se hubiera fundido el sistema, es como si nos hubiéramos desconectado nosotros mismos.

El jefe se encerró en su despacho a las seis de la tarde y allí sigue, esperando un milagro, como los demás.

Y de pronto, como si todo hubiera sido una broma macabra del destino, se encienden las luces y los ordenadores. Vamos despertando, poco a poco, del letargo. Todos hacemos lo mismo: comprobamos la dichosa conexión. Y ahí está. El símbolo de red acaba de aparecer, como si nada. Al mismo tiempo que se reinician los ordenadores, también lo hacemos las personas. La radio comienza a sonar y los móviles parecen que se han vuelto locos. Recibimos cientos y cientos de mensajes, todos aquellos que se habían quedado atrapados en el tiempo.

Cuando me conecto a internet hay un mensaje que ocupa toda la pantalla:

«Esto ha sido solo el principio, bienvenidos a la obscuridad»

En todos los ordenadores pone lo mismo, y yo comienzo a temblar. No puede ser posible. Llamo a un amigo mío que trabaja en el FBI, en delitos informáticos, como yo, para preguntarle por el problema antes de que nos volvamos a quedar sin conexión. Me dice que han estado igual que nosotros, que ha sido un ataque a nivel mundial y que están investigando. La comunicación se corta sin que podamos continuar hablando: Las líneas están saturadas. En la pantalla aparece el símbolo de apagado en grande y un dedo que con lentitud lo pulsa. Entonces todo vuelve a la noche.

Abro los ojos y descubro que estoy sudando, tendido en mi cama con el despertado sonando y con un regusto amargo en el estómago.

Todo ha sido una pesadilla, la más siniestra y macabra a la que me haya podido enfrentar.

No soy capaz de ni de moverme, es como si con hacerlo los demonios de mi mente se fueran a apoderar de mi alma. A través de la ventana se ven las luces de Madrid, se oye el tráfico y los pitios inconfundibles del Whatsaap en mi teléfono.

Solo ha sido un sueño, un mal sueño que espero no se cumpla jamás porque no estamos preparados, vivimos en un mundo demasiado virtual y nuestra mente no es capaz de volver atrás, de volver a la era del papel.

@mcnavas1

Avatar de Desconocido

About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en "...Y Cía", Carmen Navas Hervás, Literatura, Narrativa, Navidades 2017, Relatos y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 Responses to Carmen Navas Hervás: El apagón II

  1. !!La pesadilla la he tenido yo, pensando que en cualquier momento me pudiera pasar algo parecido!!

    Me gusta

Replica a pippobunorrotri Cancelar la respuesta