Carmen Navas Hervás: Todo va bien

Sí, claro, todo va bien, ¿Por qué no va a ir bien? Estoy en un avión a punto de estrellarse a doce mil pies de altura. El copiloto dice que nos quedan sólo unos minutos de vida, pero todo va bien ¡Esto es la leche! No sé cómo me he metido en este lío. Yo solo quería ir a Escocia a aprender gaélico y estoy a punto de hablar el lenguaje de las estrellas. Lo mismo hasta me encuentro pronto con San Pedro.

Miro a mi alrededor y todos están en estado de shock. La mujer de la fila dos chilla como una loca y pone histéricos a los demás. El de la fila cinco le está rezando a todos los Santos (creo que con tanta oración tenemos derecho a ir con él al cielo). Hay un musulmán al que miramos con cara de pocos amigos (quizás estamos a punto de estrellarnos porque él ha puesto una bomba). El pasajero del asiento contiguo al mío intenta meterme mano aprovechándose del caos (como siga así se va a tragar los dientes) y las azafatas brillan por su ausencia.

Decido levantarme e intentar averiguar qué está pasando porque el avión sigue estando a la misma altura y no hemos notado cambio en su velocidad. Si se está cayendo deberíamos sentirlo de alguna manera: nos inclinaríamos hacia delante, las mascarillas de oxígeno se habrían desprendido y estaríamos todos con ellas puestas; no sé, pasarían esas cosas que hemos visto en las pelis. Sin embargo, no hay nada de eso, todo continúa como si no pasara nada.

Cuando llego a la cabina de pilotos, la puerta está cerrada a cal y canto y las azafatas siguen sin aparecer. Llamo tímidamente y nadie contesta. Hay un policía entre los pasajeros (siempre hay algún policía) que intenta controlar la situación, aunque nadie le hace caso.

─Señores pasajeros, les habla el capitán de esta aeronave. Les informo que todo va bien, vamos a intentar hacer una amerizaje porque nos hemos quedado sin combustible.

¡Pero qué poca vergüenza tiene este tío! ¡Como va a ir todo bien si vamos a amenizar en el Atlántico!

Coloco la oreja para ver si escucho algo y oigo como se ríen en el interior de la cabina. Aporreo la puerta sin piedad: o la abren o la tiro abajo. Ni una cosa ni la otra. El agente se me acerca al ver los golpes que estoy dando.

─ ¡Señorita desista de esa actitud o será detenida!

¡Lo que faltaba, un policía pagado de sí mismo!

─Mire agente, tenemos que abrir para ver qué está ocurriendo. Tenemos que saber dónde están las azafatas y qué hacen los tripulantes, porque mientras nosotros las estamos pasando canutas, ellos no para de reír ahí dentro. Esto no es normal.

Se me queda mirando con asombro y decide comprobar lo que le estoy diciendo. Entonces comienza a lanzar puñetazos con un odio desmesurado hacia la puerta. No conseguimos nada, es como si estuviera blindada.

─Apártese.

Coge carrerilla y le atiza una patada tremenda que no sirve para nada.

─Señores pasajeros, al habla el capitán, dejen de aporrear la puerta porque es inútil.

─Aquí ocurre algo raro.

─Tenemos que entrar como sea.

Entonces el policía sacó su pistola con la intención de disparar contra la puerta.

─ ¿Se ha vuelto loco? Si lo hace moriremos todos, debe calmarse. Seguro que encontramos otra solución menos drástica.

Y sin mediar palabra me agarró del cuello y me colocó el cañón de la pistola apuntándome a la cabeza.

─Si no abren esa puerta inmediatamente me cargo a esta mujer.

¡Lo que faltaba! Al policía se le había ido la pinza.

Y la puerta seguía sin abrirse: a nadie le importaba si un loco quería dispararme.

─ ¿No cree que se está pasando? ─le pregunté cada vez más nerviosa.

─Si de todas formas vamos a morir, ¿qué más da hacerlo antes que después?

Visto lo visto, tendría que salvarme yo solita. Le hice una llave de judo y me deshice de él en un abrir y cerrar de ojos, después le quité la pistola y le apunté sin miramientos. Los papeles se habían invertido, ahora era yo la que tenía la sartén por el mango.

En ese momento, la puerta de la cabina se abrió y los pilotos y las azafatas salieron de allí ataviados con gorros de fiesta y con una pancarta enorme que ponía «Feliz Cumpleaños». Todos, incluido el pasaje, comenzaron a aplaudir y a cantarme el  feliz en tu día.

─ ¿Qué coño está pasando?

─Este es el regalo de tu novio, Marc que te desea lo mejor ─me dijo el policía con cara sonriente ─nos ha contratado para que te hagamos vivir una experiencia extraordinaria.

Mi móvil comenzó a vibrar.

─Felicidades cariño, te quiero un montón. Espero que te haya gustado mi sorpresa.

─Te voy a matar.

─ ¿No te ha gustado?

─Me ha encantado ─dije con ironía ─tanto que te voy a comer a besos cuando te vea.

Todos se relajaron a mi alrededor y yo aproveché un descuido para meterme en la cabina y encerrarme. Comenzaron a aporrear la puerta y hacer todo tipo de imprecaciones. Cogí el interfono y hablé con calma:

─Parece ser que hasta ahora todos os habéis divertido a mi costa y ahora me toca a mí. Solo puedo deciros que no tengo ni idea de como se pilota un avión y que por ello le voy a dejar puesto en automático hasta que se agote el combustible. Después deberemos rezar a Dios para que este cacharro sepa planear.

Corté la comunicación y llamé a la Policía:

─Me encuentro en el vuelo 787 con destino Dublín, soy Miriam de la Fuente y mi novio Marc Garrido ha puesto una bomba en el avión.

Dicho esto colgué y me senté dispuesta a esperar que llegara el final de viaje.

 

@mcnavas1

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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10 Responses to Carmen Navas Hervás: Todo va bien

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  2. Avatar de antoncaes antoncaes dice:

    Vaya no se puede uno andar con bromas. Que mujer de armas tomar. 😉

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  3. Como habría podido decir Gila, si no sabes aguantar una broma, tírate del avión.

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  4. Jajajaja, qué carácter. Anda que el novio… telita.

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