Elvis Christi: Veranos revueltos

—Ahora Paula está descansando. Es mejor que la deje dormir: lo necesita —dijo el médico.

—Estaré aquí por si necesitan algo o despierta —contestó Ramón abatido.

Sentado en una incómoda silla del pasillo, Ramón logró, por fin, controlar el temblor de manos y relajar la respiración. Había estado conmocionado desde que recibió la llamada del hospital comunicándole que Paula había estado a punto de morir ahogada. Al parecer, había salido a nadar al amanecer y una traicionera resaca la había arrastrado. Por suerte, había sido divisada desde un pequeño barco pesquero de bajura y la habían rescatado inconsciente.

Cuando hubo calmado los nervios, salió al exterior de una terraza a fumar. Lo había dejado hacía tiempo, precisamente por y gracias a Paula, pero esa mañana llevaba ya consumido más de medio paquete. No habría recorrido más que unos pocos kilómetros del viaje de vuelta cuando se había visto en la necesidad de detenerse en una gasolinera a comprar una cajetilla.

Mientras inhalaba profundas caladas y se regodeaba en el agradable mareo que le producían, pensaba en Paula y se reprochaba haberla dejado, haber salido huyendo de aquella manera tras la discusión. Y no pudo evitar que lo recorriese un escalofrío cuando le vino a la cabeza la casualidad que había hecho que se conocieran años atrás, al principio de otro verano.

Aquel lejano día de primeros de junio, Ramón paseaba por la playa al amanecer. Le encantaba caminar descalzo a aquellas horas en que la arena aún no había sido pateada por cientos de personas y el mar estaba en absoluta calma. Comenzaría a trabajar en el despacho de su tío a mediados de septiembre y, en lugar de las típicas vacaciones con sus amigos, había decidido disfrutarlas en soledad, pensando, leyendo y haciendo algo de ejercicio. El paseo lo llevó a la parte norte de la playa, la zona de las cinco estrellas, como se la conocía popularmente debido a las lujosas casas que prácticamente se levantaban en la arena y tenían acceso directo al mar. Se agachó a recoger un guijarro y, al ir a arrojarlo al agua, divisó a medio centenar de metros lo que creyó ser una mujer en dificultades. Distinguía su cabello largo de un tono rojizo y los aspavientos que hacía indicaban que estaba ahogándose. Sin dudarlo, se descalzó y se internó en el mar braceando frenéticamente. Nadó hacia donde había visto a la mujer, pero cuando llegó al punto aproximado donde esperaba encontrarla no halló a nadie. Se sumergió varias veces y recorrió toda la superficie que las fuerzas y los pulmones le permitieron, pero seguía sin ver nada en los alrededores. Al final había desistido de puro agotamiento y regresado a la orilla, donde se sentó a reponerse sin dejar de mirar hacia el mar. «He debido de tener una alucinación; los juegos de luces y los reflejos del sol naciente en el agua me han jugado una mala pasada», había pensado entonces.

Como quiera que a lo largo del día no escuchara nada en el pueblo sobre alguna mujer ahogada o desaparecida, había terminado olvidando el incidente… hasta dos días después. Estaba tomando una copa en un bar cuando la vio de nuevo. Bueno, más bien cuando vio entrar a una mujer que se parecía y se le ocurrió que, fuera quien fuese, tenía que conocerla. Era la mujer más bella que pudiera imaginar y, casualmente, sus rasgos coincidían con aquella otra que creía haber visto ahogándose dos días atrás: una larga melena color caoba y un rostro perfecto, serio y algo pálido. Se había acercado a ella y le había preguntado si vivía por las cinco estrellas.

—Sí, ¿por qué lo pregunta? —había respondido ella después de vacilar durante unos instantes, mirándole con suspicacia.

Ramón sólo recordaba que le había contado la anécdota de su «espejismo», que ella se había reído y le había dicho que era la excusa más rara con la que ningún hombre la había abordado nunca y que las palabras entre ellos fluyeron solas, sin dificultad. Ella le había confesado que también estaba pasando sola el verano para recuperarse de una ruptura sentimental traumática y, aunque no entraba en sus planes iniciar una nueva relación, se gustaron. Así, se vieron al día siguiente en la playa, comieron juntos, quedaron por la noche, y repitieron los días siguientes. Fue del todo natural que al cabo de poco más de una semana tuvieran el primer encuentro sexual, y que también en esto repitieran a diario. Y antes de terminar el mes de julio Ramón estaba perdidamente enamorado de Paula. No sólo era hermosa (impresionante, pensaba para sí), sino que era inteligente, tenía un agudo sentido del humor que le subyugaba y, por añadidura (aunque se decía que le daba igual), era indecentemente rica.

Había sido un verano inolvidable, eterno y efímero al mismo tiempo, salvo por una incomprensible discusión en los últimos días que a punto había estado de dar al traste con todo. Aunque Paula le había advertido en varias ocasiones que quería ir despacio porque aún sentía abierta la herida de su anterior relación, también le había insinuado que compartía sus mismos sentimientos. No se lo había dicho con palabras –Ramón tenía la impresión de que se mordía la lengua cuando la palabra amor acudía a ella–, pero sus advertencias y los planes de futuro que ya comenzaban a hacer no dejaban lugar a dudas. En varias ocasiones Paula le había pedido (no, se lo había suplicado) que fuera sincero con ella, que no la mintiese, que no hubiera engaños entre ellos, y Ramón se lo había jurado de corazón. Quería pasar toda su vida con esta incomparable mujer. Sabía que ella aún sufría un lacerante dolor interno por el engaño de que había sido objeto antes de conocerle y no se le pasaba por la cabeza causarle algo parecido ni dar ocasión a perderla por éste o cualquier otro motivo.

Sólo aquel malentendido había empañado ese primer verano juntos. Se habían quedado a cenar en la casa de Paula, una de esas espectaculares mansiones del norte enclavadas en la misma arena de la playa. Después de hacer el amor ella le había vuelto a pedir que no la engañase, que no hubiera secretos entre ellos. Y él había vuelto a jurárselo mientras se quedaban dormidos abrazados el uno al otro. Al despertar, Ramón la distinguió en la terraza, su figura silueteada a través de la cortina; se había acercado y la había abrazado por la espalda, pero ella se lo quitó de encima, se giró hacia él y Ramón notó cómo se le cortaba la respiración. Paula estaba llorando, tenía los ojos enrojecidos y una mirada de furia que le atravesaba. Con un hilo de voz, Ramón le había preguntado qué sucedía y ella arrojó sobre la mesita su teléfono móvil. Mirando alternativamente a Paula y al aparato, se había encogido de hombros, interrogándola en silencio. «¿Qué pasa con el teléfono?», había preguntado a continuación en voz alta. «¡Hijo de puta!», le había contestado con rabia.

Ramón desbloqueó el teléfono y buscó en él cualquier cosa que explicase el estado de Paula. Miró las llamadas, los mensajes, las fotografías… Y no encontró nada que justificase ese enfado.

Paula había pasado al interior y vuelto a salir a la terraza. Se había remojado la cara para limpiarse las lágrimas y, mirándole enojada, se lo soltó a bocajarro:

—¿Por qué no me habías dicho que estás casado? Te pedí que fueras sincero conmigo. Sólo te pedía eso. Y tú…

—¿De qué hablas? Yo no estoy casado. ¡¿Qué digo?! Ni siquiera he tenido novia hasta ahora.

—¡Ah, ¿no?! —le había gritado Paula y, arrebatándole el teléfono de la mano, había comenzado a manipularlo torpemente.

—¡Lo has borrado! —exclamó con incredulidad—. Ni siquiera tienes huevos para afrontar que te he descubierto. ¿Pensabas decírmelo en algún momento, o ibas a largarte sin más?

—Pero… ¿de qué coño hablas? —Ramón había pasado de la inicial angustia al desconcierto que le producía no entender nada de lo que sucedía, y desde el estómago empezaba a subirle el ardiente calor preludio de la indignación.

—Hablo del mensaje que te ha puesto tu hijo o quien sea, me da igual.

—¡Te repito que no estoy casado ni mucho menos tengo hijos, y estoy empezando a cabrearme! Para empezar, no tienes ningún derecho a curiosear en mi teléfono y, para terminar, no tenía ningún mensaje de nadie. ¿Es que te has vuelto loca?

—Menudo cabrón —había mascullado Paula para sí, aunque Ramón no dejó de escucharlo—. Ni se te ocurra hacerme luz de gas, ¿me entiendes? Yo no he curioseado en tu teléfono; estaba encima de la mesa y el mensaje ha saltado delante de mis ojos.

Paula había dejado el teléfono en la mesa de nuevo y mirado a Ramón en silencio durante unos segundos.

—Es que aún puedo verlo por más que lo hayas eliminado. —Y, cambiando a un tono más agudo teñido de sarcasmo, parodiando el de un niño, había añadido: —«Por favor, papá, vuelve con nosotros. No nos dejes. Mamá no puede vivir sin ti y te echamos de menos». ¿Te suena?

Ramón estaba anonadado. Le había asegurado por activa y pasiva que estaba soltero y no tenía sentido desmentir más ese absurdo mensaje. Había sacudido la cabeza, tanto en negativa a lo que estaba oyendo como de incredulidad, se había dirigido a buscar en un cajón un papel y un bolígrafo y había comenzado a escribir sin molestarse en mirar a Paula. Cuando hubo terminado le tendió la nota.

—Toma, estos son todos mis datos personales, los conocidos y los privados; todos los que ahora se me ocurren: cuentas de correo y redes sociales, contraseñas, dirección, teléfonos de amigos y familiares… Haz con ello lo que quieras y habla con quien te dé la gana si no me crees, pero yo no puedo hacer más para convencerte.

Acto seguido, Ramón había vuelto a la habitación, se había vestido en silencio y, sin despedirse, había abandonado la casa de Paula. Se marchó directamente a su apartamento y esperó durante toda la mañana. Mientras pensaba en lo ocurrido se iba convenciendo de que se había equivocado con Paula. Debía de estar loca o tener algún tipo de trastorno propio de gente rica, suponía. Y no quiso darle más vueltas al asunto: cuando llegó la tarde decidió que había esperado bastante, hizo rápida y apresuradamente las maletas y se fue.

Desde entonces había pasado ya mucho tiempo y Ramón lo creía tenerlo prácticamente olvidado, pero curiosamente ahora lo rememoraba casi al detalle: no había llegado a salir del garaje cuando Paula lo llamó y se disculpó. Le aseguró que, aunque estaba convencida de haber leído aquel mensaje, había llegado a la conclusión de que había sido producto de su mente. Creía que el amor que había empezado a sentir por él en tan poco tiempo y la aún reciente traición de su relación anterior la habían hecho ver algo inexistente. Le confesó que no había hecho nada con la nota que le dejó, pero que había indagado (contaba con medios para ello) y había confirmado que él decía la verdad. Y le anunció que consultaría con un especialista a la vuelta de las vacaciones.

Los siguientes años fueron un permanente idilio: se casaron, tuvieron dos hijos maravillosos que ya eran adolescentes y siguieron yendo todos los veranos a las cinco estrellas. Salvo aquel remoto episodio y alguna que otra discusión sin importancia, no había habido entre ellos ningún conflicto grave. Hasta ahora.

Así pues, temeroso como estaba por el estado de salud de Paula y ante la eventualidad de perderla, Ramón se daba cuenta de la poca relevancia que tenía la actual discusión que le había hecho volver a casa, dejándola sola en la playa con los niños. Había sido un choque de personalidades: ella le había recriminado cualquier cosa que ahora no importaba, él había respondido con algún otro reproche, el tono y el volumen habían ido subiendo de grado y, al final, alguno había dicho algo hiriente que fue respondido por el otro con no menos rencor. Y había sido Ramón el que dio el portazo y se fue, como había hecho tanto tiempo atrás. Pero ahora habían dejado pasar casi una semana sin hablarse. Inconcebible. Se amaban por encima de todas las cosas y, a pesar de ello, habían sido capaces de dejarse arrastrar por el orgullo y no dirigirse la palabra durante días. Y hoy ella había estado al borde de la muerte. Ramón no se lo podía perdonar a sí mismo. «¡Imbécil!»

Abstraído en sus preocupaciones, Ramón iba a encenderse otro cigarro cuando salió un enfermero para avisarle. Paula había despertado.

Entró a la habitación y la encontró recostada en la cama. No había perdido un ápice de esa belleza que había sabido conservar con el paso de los años, aunque se la veía algo demacrada y muy pálida. Se acercó a su cama y la tomó de la mano.

—¿Qué tal te encuentras? Estaba preocupadísimo desde que me han llamado esta mañana.

—Bien, gracias. Pero primero quiero pedirte perdón…

—Chsss —la calló con dulzura—. Ahora no. Tienes que recuperarte y, además, el compungido y quien tiene que disculparse soy yo.

—No, de verdad, me encuentro bien. —Ramón intentaba que no hablase poniéndole un dedo sobre los labios, pero ella se lo quitó y se fundieron en un apretado abrazo seguido de un larguísimo beso.

—¿Y los niños? —preguntó Ramón al cabo.

—Por suerte no estaban. Ayer fueron a un concierto y se quedaban a dormir en casa de sus amigos; he pedido al personal que los llame y espero que alguien lo traiga dentro de poco. —Paula se recostó de nuevo contra la almohada y comenzó a explicarse—: Ya sabes que no me gusta nada quedarme sola, así que anoche no pegué ojo y esta mañana salí a nadar para despejarme. —Suspiró un breve instante y continuó, tomando de nuevo la mano de Ramón, aunque éste la miraba ensimismado y con un brote de lágrimas en los ojos, casi sin escucharla—… estaba nadando y noté como me quedaba atrapada en una resaca. Soy buena nadadora, pero sentí algo de aprensión. Me giré hacia la costa para regresar y entonces me pareció verte allí, de pie en la orilla. No sé, me puse nerviosa, empecé a perder fuerza en los brazos y la resaca pudo conmigo. De repente no recuerdo nada hasta que desperté en la ambulancia. Lo primero que hice fue pedirles te llamaran.

A Ramón no le pasó desapercibido el detalle de que ella creyera haberlo visto en la orilla; aún zumbaban en su mente los recuerdos que lo habían asaltado en la terraza del hospital sobre lo sucedido el verano que se conocieron. Estaba intentando relacionarlo todo, buscando las extrañas conexiones que parecía haber entre ambos momentos, cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe y entraron sus hijos, que se arrojaron sobre los dos riendo y llorando a la vez.

Cuando acabaron de ponerlos al corriente sobre lo sucedido y tranquilizarlos sobre el estado de Paula entró el médico con una enfermera para verificar sus constantes y les pidió que salieran, aconsejándoles dejarla descansar un poco más. Les aseguró que si no se producía ninguna contrariedad podrían darle el alta al día siguiente.

—Estaremos en la cafetería, doctor. Ya sabe, por si tiene que avisarnos.

—Venga, fuera ya —exigió Paula con una sonrisa, y Ramón se inclinó para besarla fugazmente en los labios.

—Duerme un poco y cuando despiertes estaremos aquí para llevarte a casa, que aún queda verano.

Rebeca, su hija mayor, se había quedado mirando la escena con una pícara sonrisa en la cara y, al salir al pasillo, abrazó a su padre en silencio.

—Gracias, papá —musitó.

—¿Por qué, hija?

—¿Por qué va a ser? Por haberme hecho caso y venido tan pronto. Sabía que no me fallarías.

—¿A qué te refieres? He salido cuando me han llamado del hospital. No te entiendo.

—Ah, creía que habías llegado antes. Anoche te puse un mensaje. ¿No lo has visto?

—Pues no. Me ha despertado la llamada del médico y, la verdad, hasta ahora no he mirado el teléfono.

Ramón sacó el móvil y comprobó que, en efecto, tenía un mensaje de su hija de la pasada madrugada. Lo abrió y leyó estupefacto: —«Por favor, papá, vuelve con nosotros. No nos dejes. Mamá no puede vivir sin ti y te echamos de menos».

 

@Sancheztowers

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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7 Responses to Elvis Christi: Veranos revueltos

  1. Avatar de marguimargui marguimargui dice:

    Estos días he visto «Dark» con el pasado, presente y futuro algo revueltos. No sabremos nunca que hay de realidad y que de ilusión
    💋 ❤️💋

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  2. Avatar de antoncaes antoncaes dice:

    Sabes, me ha encantado este relato. No se por que pero últimamente pienso en del déjà vu, hoy incluso en una serie de tv, el capítulo iba de ello y ahora tú relato. No creó en premoniciones, ni cosas de esas, ni soy supersticioso. Pero a veces todos los haces se cruzan y acaban yendo en la misma dirección. Besos
    Feliz puente.

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