Necesito unas vacaciones

 

El Presidente Sánchez aseguró al principio de la pandemia que saldríamos más fuertes. Es de suponer que contaba con que el confinamiento, el miedo y demás harían que la sociedad no entrara en el bucle en el que estamos, ese que provoca que vivamos constantemente al borde del infarto, siempre con ganas de gresca, como si no hubiera mañana.

Desde que la COVID apareció en nuestras vidas, desde que se acabaron los aplausos en los balcones, desde que la primavera de 2020 vivimos un espíritu navideño adelantado fuera de su lugar habitual, el respeto por el prójimo, la empatía por el vecino se fue por el sumidero. En su lugar se ha instalado la ley del conmigo o contra mí. Todo aquello que no es como nosotros opinamos es falso y ni nos paramos a comprobar su autenticidad. ¿Y qué decir de la responsabilidad de nuestros actos? Siempre la hacemos recaer en los otros.

La sociedad se ha infantilizado, esperamos a que el líder mesiánico de turno, ese que hemos elegido, nos diga qué hacer, cómo debemos pensar.

Mostramos odio e inquina por aquella oveja que se descarrila del rebaño al que creemos pertenecer. Vamos a por ella con tal saña que hasta no verla muerta matá no la dejamos en paz. No soportamos al diferente lo más mínimo.

¿De verdad tenemos que ser todos tan uniformados de pensamiento, palabra y obra?

La democracia es pluralidad, respeto, donde caben mis ideas y las tuyas también, defiendo mis ideas pero también el derecho a que tengas las tuyas. Todo esto está desapareciendo de este país a pasos agigantados.

Cada vez que uno manifiesta su opinión ya se encargan los de enfrente de colocarle el cartelito, de hacerle el vacío, de ningunearle, de arruinarle la vida.

Esto no puede seguir pasando en este país, esto es una vergüenza.

Por esta temporada esta columna de opinión llega a su fin, tal vez quien suscribe necesite unas vacaciones.

¡Feliz y reflexivo verano!

Galiana

 

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