‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba (incluye el podcast de @ivoox) Último capítulo: «Las tres verdades»

Capítulo 55: las tres verdades

Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba, nunca regresó a España con los suyos y cerró sesión en Lisboa solo y sin más compañía que la de su confesor, Fray Luis de Granada. Además, se quedó bien a gusto con su majestad, Felipe II, al que escupió a la cara tres verdades como puños. Un desahogo como otro cualquiera que al rey por un oído le entró y por el otro le salió. En definitiva, si quieres parar aquí porque consideras que con esto ya tienes suficiente, eternamente agradecido por haber llegado hasta aquí. En cambio, si prefieres saber qué tres verdades le dijo, agárrate que vienen curvas, y de amables tienen poco.

Nada más entrar en Lisboa tras la batalla de Alcántara, su majestad —que andaba en Badajoz más para allá que para acá por culpa de una epidemia de peste— otorgó al duque de Alba el título de virrey de Portugal. Que no es moco de pavo, estarás diciendo. Eso al duque, hecho una mierda —William S. Maltby prefiere decir «envejecido y enfermo» en su biografía El gran duque de Alba. Para eso es biógrafo de duque y servidor un gañán que le da a las teclas y gracias—, le sentó como la patada a don Luis de Requesens en capítulos anteriores. Por sentirse de nuevo abandonado por su rey. Lo bueno, como dice Maltby, es que esta vez no le cayeron hostias como panes por su actuación en Portugal. Vale, Maltby lo dice así: «Al menos en esta ocasión no tuvo que cosechar los frutos de una política represiva».

De eso poco hubo, y si acaso lo que más le mantuvo ocupado fue mantener la disciplina entre los suyos para evitar pillajes y demás una vez conquistada Lisboa —algo que los soldados consideraban una especie de “derecho adquirido”— y conocer dónde se podría encontrar Antonio de Crato, matarile, rile. Este primero se largó a Oporto y después a Francia. De esta manera, quedaba fuera del alcance del duque de Alba. Y, claro, entre eso y lo de la disciplina entre las tropas le fueron con el cuento a Felipe II. Mas teniendo en cuenta que don Fernando sobrepasaba ya los 70 palos de almanaque y, querámoslo o no, eso también pesa. Su majestad envió a Lisboa al doctor Francisco Villafaña, miembro del Consejo de Castilla, para investigar qué narices estaba ocurriendo en Lisboa y cómo estaba lo del prior. Como es lógico, don Fernando reaccionó presentando su inmediata dimisión. Al no serle aceptada, para diciembre de 1580 ya estaba mandando dicha petición cada dos días. Que no tenía nada que hacer allí, salvo «curar a los apestados y licenciar al ejército». Porque lo cierto es que, y aquí me permito la licencia y prescindo de lo que diga Maltby, ya estaba hasta los cojones de tanto agravio hacia su persona.

No sólo eso: también sentía una honda preocupación por los suyos y por la multitud de atenciones que requerían sus dominios. Como llegó a escribir su nuevo secretario —Juan de Albornoz cerró sesión a primeros de octubre a consecuencia de la peste—, mantenerlo en la ciudad apestada era una «crueldad».

¿Qué respondió por carta Felipe II? Tate quieto ahí, que me haces falta. Y que, «si tanto le preocupaba su salud, debía marchar a Belém o San Benito». La respuesta le sentó al duque como ya te imaginas, por lo que se despachó a vuelta de correo diciendo que sí, se quedaría en Lisboa, faltaría más —como ordene vuestra majestad y tal—, y que no sería «el primero de mi casa en haber muerto en servicio de su príncipe en Lisboa».

Maltby explica que Felipe II tenía sus razones para actuar de esa manera. En primer lugar, tardó tiempo en viajar hasta Lisboa. Por el amor de Dios, que a ese buen hombre le faltó el canto de un duro —para los de la LOGSE: moneda de cinco pesetas. La unidad monetaria española anterior al euro— para ponerse a criar malvas. Lo hizo finalmente en la primavera de 1581 para convocar Cortes en Tomar. En consecuencia, necesitaba sí o sí a alguien del más elevado rango para controlar el cotarro. O sea, el duque de Alba.

En segundo lugar, si bien Felipe II ya no le necesitó para gobernar la ciudad una vez puso los pies en ella, cómo iba a prescindir de la sabiduría y de la experiencia de un tipo como don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. Un consejero indispensable. En ese momento, el duque se cercioró de que estaba atado al rey con una cadena que sólo la muerte podría romper. Y tenía para entonces 74 palos.

Para colmo, la situación de los apestados y el licenciamiento de sus tropas —la sempiterna falta de dineros, indisciplina por doquier etcétera— le dieron más faena de la esperada hasta la llegada del rey. A lo que hay que unir el hecho de que Portugal era un reino con posesiones en ultramar y que tenía una flota —la de las Indias Orientales— que había que manejar; y que Francis Drake, el famoso pirata de los mares, andaba haciendo de las suyas por América del Sur primero y puertos del Pacífico después. Tocándolos a dos manos por tierras portuguesas. Si no quieres caldo, un termo entero.

La cosa no acaba aquí: la duquesa tampoco estaba para tirar cohetes por culpa de unas fiebres. Fueron unos cuantos los meses que estuvo sin noticias suyas. Te puedes imaginar a ese hombre. Al encontrarse en Coria —relativamente a un tiro de piedra de Lisboa—, don Fernando pidió permiso a su majestad para visitarla. Éste se lo negó, y el duque de Alba, ya desatado y sin nada que perder, le escribió estas elogiosas palabras: «Y en nada, señor, he dado prueba de mi obediencia y mi servir a su Majestad como en esto, pues que no he cogido una litera y he marchado a ver a mi esposa, pero los reyes no tienen los sentimientos y la ternura en el lugar donde nosotros los tenemos». CON DOS COJONES.

Sabiendo ya que nunca más volvería a ver a los suyos, el duque de Alba no dejó de trabajar en ningún momento tal y como le pedía su rey. Al menos espiritualmente encontró consuelo en la figura de su nuevo confesor, Fray Luis de Granada. Ya sólo quedaba aguardar la hora final. En otoño de 1582, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel cayó enfermo y ya nunca más volvió a levantarse de la cama. Sabiendo que el duque se iba para el otro barrio, Felipe II decidió hacerle una visita. Entonces, tal y como cuenta Manuel Fernández Álvarez en su biografía El duque de Hierro, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel le soltó a la cara tres verdades que llevaba muy adentro, como puñales candentes: «La una es que no se ofreció negocio nuestro, aunque fuese muy pequeño, que no le antepusiese al mío, aunque fuese importantísimo; la segunda es que mayor cuidado tuve siempre de mirar por vuestra hacienda que por la mía, y así no soy en cargo de un solo pan a vos ni a ninguno de vuestros vasallos. La tercera es que nunca os propuse un hombre para algún cargo que no fuese el más suficiente de todos cuantos yo conocía para él, pospuesta toda afición…».

El 12 de diciembre de 1582, sintiendo la muerte encima, el eterno soldado dio una gran voz en la soledad de su cámara para terminar diciendo «¡¡vamos!!» —así lo narra al menos Fernández Álvarez—. Moría el hombre, pero nunca el mito. Y cuenta la leyenda que, al enterarse de su fallecimiento, miles de soldados repartidos por distintas guarniciones de la corona española lloraron su muerte. No sólo había dejado de existir el mejor y más querido general que jamás conocieron, sino también la persona encargada de proveerles su sustento. El de sus respetados y siempre apreciados señores soldados.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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En breve comenzaré un nuevo serial

@VictorFCorreas

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