‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba (incluye el podcast de @ivoox): «Menos mal que nos queda Portugal»

Capítulo 53: Menos mal que nos queda Portugal

El rey de Portugal Sebastián I cerró sesión el 4 de agosto de 1578. Y no lo hizo solo, sino en compañía de buena parte de la nobleza portuguesa, que así quedaba descabezada. Nada, que al buen hombre —casi un crío todavía. 24 primaveras— le dio por emprender una cruzada en el norte de África —sin experiencia militar alguna. Con un par—, y de allí no regresó. Y mira que su tío Felipe II —Sebastián era hijo de su hermana Juana— intentó quitarle la idea de la cabeza en Guadalupe durante la Navidad de 1576. Que a dónde vas, criatura. Pero nada. Cuando uno toma la linde…

Lo que nos ocupa es que Sebastián se fue para el otro barrio sin dejar descendencia alguna. Y Felipe era hijo de portuguesa —la emperatriz Isabel—, por lo que se consideraba heredero al trono de Portugal. Quien sucedió a Sebastián fue su tío Enrique, que no estaba para muchas coplas tanto por edad —más cerca de los 70 que de los 60— como por salud —malamente tra tra, como canta Rosalía—. Para colmo era cardenal. Así que el futuro de la corona tenía peor pinta que lo que ya sabes si sigues esta saga desde su comienzo. Que si intentó convencer al papa de Roma para contraer matrimonio, que si buscó candidata para dejar un heredero en este mundo… Pero nada. El hombre cerró sesión el 31 de enero de 1580 dejando el trono de Portugal libre como el sol cuando amanece, como se siente Nino Bravo en la canción.

Y Felipe II con aquello de oigan, que mi madre era portuguesa, así que me considero heredero de esa corona. 

A eso se puso incluso antes de que el rey Enrique pasara a mejor vida —tampoco ha vuelto nadie del otro lado para desmentirlo—. Para ello, encargó a su embajador Cristóbal de Moura que lo arreglara todo para ser rey de Portugal respetando las instituciones portuguesas. Un “yo soy el rey, pero os respeto”, como pedía Luis Ciges a Antonio Resines en Amanece, que no es poco.  Buena parte de la nobleza portuguesa, la que sobrevivió a la batalla de Alcazarquivir, no vio con malos ojos la solución, pero de la nobleza para abajo, como que no. En estas surgió don Antonio, prior de Crato e hijo del infante don Luis, diciendo también esa corona es mía. O sea, hermano de Enrique. Pues ya estaría, habrás pensado. Va a ser que no, pues don Antonio nunca pudo acreditar pruebas de legitimación por parte de su padre. Pero él, erre que erre, se consideraba heredero a la corona. Y no hay que olvidar a Catalina de Portugal, duquesa de Braganza, también pretendiente, pero que por ser mujer, pues eso. 

Hete aquí que Felipe II, sin cerrar la vía diplomática, comenzó a pensar por qué no mandar un ejército a Portugal para dejar las cosas claras sin necesidad —sobre el papel— de que hubiera hondonada de hostias.

¿Y quién iba a dirigir ese ejército?

Como escribe William S. Maltby en El gran duque de Alba, «en el nivel de comandante de campaña el talento abundaba en España, pero, como consecuencia de la retirada de los grandes nobles de la participación activa en la vida militar, pocos de ellos tenían bastante experiencia para dirigir un ejército de ocupación».

¿Quién quedaba? Blanco y en botella: don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba.

El mejor por capacidad, por respeto y admiración de sus soldados, el ideal para convencer a los portugueses de vamos a hacerlo por las buenas en lugar de por las malas. 

Peeeeero…

Como conté en un capítulo anterior, el duque estaba desterrado en Uceda. A Felipe II no le hacía ni santa gracia recuperarlo. Tenía claro que la campaña de Portugal le devolvería a la primera línea. Prestigio, etcétera. Y lo que su majestad no quería ni en pintura era revivir la guerra de bandos que sufriera años atrás. 

Y el tiempo se le echaba encima… y el Prior de Crato erre que erre. Y Catalina de Portugal, pues por qué no, 

Total, que el 22 de febrero de 1580 ordenó al duque de Alba que viajara a Badajoz para ponerse al frente del contingente militar allí concentrado. Lo antes posible y sin pasar por Madrid. Eso de verse las caras, como que para otro momento. ¿Ganas Felipe? Pocas. ¿Y el duque? Unas pocas. Pero el que manda, manda. 

El duque de Alba tenía el encargo de darle la corona de Portugal. Y don Antonio, prior de Crato, dale al torno Perico. En consecuencia, hostialidades a la vista.

Y eso es lo que contaré en el siguiente episodio. 

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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