Regresa tras las vacaciones «Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «La hija»

Regreso con nuevos «Oficios de tinieblas» tras las vacaciones de verano.

La hija 

Misa del Gallo de 1875

Iglesia de San José 

Madrid

Dicen que el suelo sagrado está vedado a los condenados.

No podría decir si había más en ella de condenada o de sagrada.

Había usado mil nombres desde la génesis de los tiempos, había casi olvidado aquel que su “ama”, la diosa primordial a la que llamaba “madre”, le otorgase con dolor en la voz y llanto en la mirada, pues incluso los demonios lloran cuando han de proteger al fruto de su vientre de la furia del mismo Dios.

Dicen que el suelo sagrado está vedado a los condenados, y, sin embargo, ella, estirpe de Lilith y Samael, traspasó tranquila la entrada de San José.

El invierno la complacía. Su mente aún usaba los antiguos calendarios de sus primeros años: décimo mes, ebētu, frío y blancura, el encaje mismo del firmamento cayendo sobre la tierra…Ennutu, aquel que fue tormento y tesoro, su bienamado esposo habría disfrutado tanto de la nieve…

Suspiró, custodiando nuevamente su recuerdo en el rincón de su memoria donde ni ese Dios, ni los siglos podían alcanzarlo, enredándolo entre los nombres de aquellos a los que había amado, los de las decenas de criaturas nacidas de sus entrañas malditas que apenas alcanzaron a vivir más allá de su primer llanto. Suspiró y continuó caminando con gravedad de sacerdotisa antigua, admirando la maravilla erigida por las manos de esas criaturas surgidas del barro; se acercaba la hora santa y ya los acólitos del templo se apresuraban a encender velas, a engalanar el santuario con aromas, pues todos los dioses, no sólo Él, gustan del aroma del incienso: no reconoció en este los matices de cedro, ciprés y enebro de aquel con el que honrase a su diosa, pero no dejaba de ser agradable.

Había festejado las Saturnales en Roma, honrado al Sol Invictus, celebrado el Zagmuk, y nada era nuevo para ella; distintos ritos para contentar a lo divino, así que conocía las tradiciones en torno a aquella noche: el Hijo de Dios encarnado en el vientre de una virgen, naciendo frágil y desvalido, despojado de su poder…nacido para salvar el mundo. Sonreía con tristeza mientras tomaba asiento y ajustaba el velo detrás de la cabeza, pues, años después, ella escucharía las palabras de aquel recién nacido, ya un hombre, hablando de vida eterna y de perdón.

Ese perdón que Tu Padre niega a mi linaje, Hijo del Hombre”, pensó, roto su corazón en el pecho, anhelante y dolorido.

Dicen que el suelo sagrado está vedado a los condenados, y, sin embargo, aquella noche, San José acogía mortales nacidos de mujer viva, ángeles caídos, demonios encarnados, lobos de la Madre Luna, bebedores de sangre, súcubos de rasgos delicados y sombras cuyo nombre ni siquiera ella conocía. El Hijo de Dios venía al mundo, el Hijo de un Dios responsable de la existencia de aquellos que los humanos llamaban “aberraciones”, a pesar de todo, también obra de sus manos. Contempló a los condenados reconocerse entre ellos, ajenos a su presencia, pues ella no dejaba de ser esencia retorcida de lo divino. Aprovechó la calma del instante para observarlos, poderosos, si, más simples motas de…

Reconocería ese aroma hasta el final mismo de los tiempos, hasta en el infierno más oscuro y profundo, pues, a pesar del olor dulzón de la sangre fresca que le servía de alimento, a pesar de su esencia de violetas, era el aroma de su única hija viva inconfundible para ella. Se mordió los labios y contuvo las lágrimas rojas que se asomaban a sus ojos; su niña, ya no tal, sino una inmortal menuda y altiva, una mujer revestida con la dignidad y la belleza de la estirpe de Lilith en su porte que avanzaba por la nave central con nobleza de reina.

Mi niña”

En su memoria, un brillante palacio veneciano: tres años, siete meses y doce días, su felicidad más grande entre milenios de amargura. Temblaron sus manos de anhelo, grabados en ellas el tacto y las formas de su hija. Ella, la que había escuchado las voces de ángeles, de demonios, de dioses olvidados, sólo movería el mundo por una palabra: “Ama”, mamá.

Volvió entonces la cabeza hacia una de las capillas laterales. Su mirada doliente se cruzó con la de la mujer vestida de negro cuyo pecho de plata padecía el tormento de siete puñales. La condenada se puso en pie, conmovida por el dolor de aquella otra Madre, sin importarle que el ritual, aquella “misa”, hubiese comenzado. No halló odio, no anuncio de castigo o airada venganza en la mirada de la Virgen, sólo la aflicción de otra madre; cuando llegase el momento, ella, estirpe de Lilith, ajustaría cuentas con el mismo Dios…pero, hasta entonces, sólo sabía que María no haría oídos sordos a su súplica.

—Cuida de ella, Madre de Cristo. Vela por el fruto de mi vientre. Te lo ruego.

Y un cirio, una luz para honrar lo divino, pues, “siempre, pensó mientras colocaba la lámpara encendida, siempre es así”.

Una última mirada antes de partir, antes de volver a abandonarla en el devenir de las eras. Atesoró su imagen, su silueta ataviada en negro, la textura sedosa de sus rizos oscuros, esos rizos que había peinado mientras la acunaba con el murmullo de una nana más antigua que las pirámides.

Sus labios formaron entonces el nombre de su hija, un aliento de amor y dolor, un talismán que la protegería de lo visible y de lo invisible.

Huyó. El rápido traqueteo de sus pasos fue apagado por los cánticos y las primeras oraciones de los presentes. Torpemente, hizo por velarse, por volver a ocultar la faz de una diosa al mundo.

—Disculpe, señorita…

Chocó con un hombre en la salida. El caballero sonrió, afianzó en el suelo el bastón que le ayudaba a caminar, y, amable, sostuvo la puerta para ella. No vio la mujer la extrañeza del reconocimiento reflejada en la mirada del hombre, pues ya eran sus ojos un desconsolado torrente de lágrimas de sangre cuando salió de la iglesia y se fundió con la madrugada.

La dama sentada en el tercer banco de San José no tenía corazón. O eso se decía. Aun así, aquel órgano helado encerrado en su pecho volvió a latir por un instante. Llegó a sus oídos en su susurro que se impuso a la lectura del sacerdote, aquella palabra que guardaba como un tesoro: su nombre.

Contraviniendo cualquier norma de elegancia, se giró hacia la entrada, serio su rostro, más brillantes de estúpida esperanza infantil sus ojos claros…hallando sólo la nada.

Suspiró y contuvo una maldición, recordando que, ni mortales, ni inmortales, han de volverse cuando los fantasmas pronuncian tu nombre en la madrugada.


Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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