Capítulo 48: los años chungos (y 3)
Que el último año de don Fernándo Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba, en Flandes tenía peor pinta que los tomates de más de un supermercado se veía de aquí a Lima. Vale que los lugareños se los tocaron y bien tocados a dos manos, pero él también puso de su parte para dejar un recuerdo que aún hoy sigue perenne por aquellas tierras. Lo de los críos que no quieren probar bocado y sus padres, en plan cabrones, amenazándoles con la venida del duque de Alba si siguen en sus trece. Y los críos terminan comiéndose a Dios por una pata, aunque sea a regañadientes, con tal de evitar la llegada del susodicho.
En la última entrega lo teníamos con Haarlem entre ceja y ceja. ¿Por qué esta ciudad? Por entonces, se encontraba en el extremo sur de una estrecha faja de dunas. O sea, el paso hacia las tierras del norte, de tal manera que su conquista las aislaba del sur. Además, las defensas de la referida no eran muy allá: unas murallas medievales de lienzo y bastión y ya. Nada a ojos de los aguerridos soldados que acompañaban al duque. Pasa que para qué defender la ciudad, pensaban sus moradores, si la ubicación ya se encargaba: hacia el oeste se extendía una estrecha zona de pastos que lindaba con dunas y playas de lo que hoy es Bloemendaal; al sur, una región abierta bajo el control por entonces de Los Mendigos del Mar; hacia el este, en dirección a Ámsterdam, un lago, el Haarlemmermeer, protagonista esencial del episodio que nos concierne en el episodio de esta semana. Total, pa qué, pensaban los moradores de Haarlem.
Estudiadas todas las probabilidades, don Fadrique, hijo del duque de Alba, decidió cercar la ciudad por sus tres lados de tierra el 12 de diciembre; y el 18 inició un bombardeo de las murallas. Tres días después, confiado por una serie de victorias a su favor, ordenó un ataque frontal contra el revellín que protegía la puerta. Resultado: ataque rechazado con bajas como si no hubiera un mañana.
Aquello tenía pinta de sitio que tiraba para atrás. Así que tocaba construir una red de trincheras cubiertas hasta la base del revellín; que fue ganado por los soldados de don Fadrique el 17 de enero después de una épica defensa de los moradores de Haarlem. Cuenta Maltby que llegaron a usar «desde picas hasta plomo derretido». Que no nos falte de ná, que no, que no, que cantan los Cantores de Híspalis. Revellín ganado, y los españoles, prometiéndoselas tan felices.
Peeero…
Los defensores habían levantado un terraplén en torno a la puerta que defendía el revellín. Y don Fadrique, a cuadros como sus soldados. Con todo, lo peor se lo regaló el general invierno; sin saber todavía que acaba de comenzar, como explica Maltby, «uno de los sitios más prolongados y duros del siglo XVI». Aquello fue un cuadro para verlo: el lago Haarlemmermerr, helado; días cortos más fríos que el abrazo de alguna suegra; nieblas heladas y ventiscas de nieve que ocultaban los movimientos de los trineos holandeses trayendo provisiones para los sitiados.
Mientras esto acontecía en Haarlem, al duque tampoco es que las cosas le fueran muy allá en Nijmegen. Bastante tenía con aguantar al enviado de su majestad, Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, que rajaba por carta a Felipe II todo lo que pudo y más desde otoño de 1572 por sentirse desatendido/ninguneado por don Fernando. Estaba de él hasta donde ya te puedes imaginar. Y Felipe II en plan conciliador pidiéndole a duque que fuera bueno con Luis de la Cerda. Y Alba que sí, pues bueno, pues vale, pues me alegro; pero de cara a gente de su confianza soltaba lindezas tales de su teórico sucesor como que no había «hombre más colérico o necio en el país» —el entrecomillado es de Maltby— que el duque de Medinaceli, al que consideraba «un castigo de Dios». ¿Cómo era lo que cantaban los Cantores de Híspalis? Pues eso.
Harto, o hasta donde ya sabes del duque de Alba, el de Medinaceli le dijo ahí te quedas y que te den morcilla, que me vuelvo para España. Eso ocurrió en noviembre de 1572. Una espantada que dio munición suficiente a los enemigos del duque para desacreditarlo lo que no está en los escritos. Bien es cierto que el duque tampoco es que anduviera muy católico por entonces. Se sabe que cayó enfermo de una dolencia seria no diagnosticada poco después de la marcha del duque de Medinaceli, según cuenta Maltby. De la cama no se levantaría hasta mediados de 1573; y lo que se dice empezar a reconocer, como poco hasta finales de febrero si atendemos al profesor norteamericano.
Cuando lo hizo, se encontró con un cuadro que ni El Grito, de Munch: Isabel I de Inglaterra mandando 300 hombres para reforzar a los Mendigos del Mar harto de la pasividad de Felipe II con las cosas pendientes entre ambos; el Parlamento pedía a la reina un día sí y otro también caña a los españoles que estaban al otro lado del Canal de la Mancha; y para rematar, Guillermo de Orange, envió en enero de 1573 una misión a Inglaterra pidiendo ayuda. Help, ayúdame, y todo eso que canta Tony Ronald. Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel tuvo que poner todo de su parte para lograr un acuerdo allá por marzo de 1573 que dejó aislado al de Orange. Bola extra ganada.
¿Y Haarlem? No me olvido del percal, que el duque conocía. ¡Vamos si lo conocía a la perfección! Las bajas crecían y crecían como consecuencia de un sitio nefasto. Cada asalto era repelido por los defensores y al duque de Alba casi le da un parraque al comprobar que el sitio de la ciudad le estaba dejando sin españoles. Pero había que ganar aquella ciudad sí o sí, y eso fue lo que le hizo saber por carta a su hijo; en la que, por primera vez, dejaba patente su falta de confianza en él. Pero es que lo que don Fadrique y su guarnición no eran simples vecinos que lo mismo te pedían sal como te ofrecían una taza de mantequilla si se la pedías, sino miles de Mendigos del Mar, mercenarios alemanes y gente de armas experta en lo suyo. Cómo sería la cosa, que el duque llegó a reconocer a Felipe II no sin asombro que «ciertamente ni ha habido jamás un lugar así defendido por rebeldes, ni por otros que defienden a su príncipe natural. Tienen dentro un buen ingeniero que ha hecho cosas nunca oídas o vistas».
Así que, viendo las dudas de su padre, a don Fadrique no le quedó más remedio que redoblar la actividad para entrar en Haarlem de una santa vez; cosa harto difícil con la defensa enconada que mostraban sus moradores. En consecuencia, y viendo el percal, «con o sin la aprobación de su padre, Fadrique estaba dispuesto a renunciar»., refiere Maltby en El gran duque de Alba.
Enterado del particular, el duque de Alba envió para allá a Bernardino de Mendoza con este mensaje para su hijo: «Si pensaba en levantar el sitio, no lo tendría por hijo suyo fuera lo que fuera lo que antes hubiera creído, y si moría en el sitio, el duque vendría en persona para mantenerlo, y si ambos caían, la duquesa, su esposa, vendría de España para lo mismo».
Por consiguiente, y a pesar del criterio de don Fadrique, el sitio se mantuvo por el qué dirán, que para eso no sólo era hijo del duque de Alba, sino que representaba a una casa que era un pilar para la monarquía española. Tonterías, las justas. Pero las bajas siguieron, los sitiados no dejaban de recibir provisiones y suministros para defenderse, y el cabreo del duque de Alba era lo más parecido al Vesubio el día 24 de agosto del año 79 después de Cristo, cuando se llevó Pompeya por delante. Sabiendo que, a su espalda e incluso delante de él, se rajaba de lo lindo y los apoyos flamencos de que gozaba empezaban a abandonarlo como alma que huye del diablo. Por primera vez comprendía, como escribió su secretario Juan de Albornoz, que «podéis creer que odian a nuestra nación más que al diablo», y que «el duque es detestado por los herejes. Escupen cuando oyen su nombre».
Para alegrar más si cabe el ánimo de don Fernando, al otro lado del Rin, en Dinamarca, Sajonia y el Palatinado, se estaba reclutando caballería para darle el golpe definitivo. Y el duque sin un chavo para aumentar la suya; sin marineros para contener a los mendigos del mar —tuvo que reclutar a hombres del mar en los puertos bálticos, como explica Maltby—; y con los enemigos en la corte diciéndole a Felipe II que la causa tal y como la defendía el duque, estaba más perdida que Pompeya cuando el Vesubio pegó el petardazo.
El 30 de enero de 1573, Felipe II ordenó a Luis de Requesens, conocido defensor de las opiniones de Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli y enemigo acérrimo del duque, que se prepara para reemplazar al duque de Alba en Flandes. La idea era clara: un cambio de política para intentar salvar allí lo que se pudiera. Conocido el percal, Requesens trató de escaquearse como pudo, pero Felipe II dijo que nones y para arriba a sustituir al duque.
El 12 de julio de 1573, Haarlem se rindió, pero con condiciones. Viendo lo erróneo de sus actos anteriores, evitó el saqueo de la ciudad si sus habitantes pagaban 100.000 florines al duque de Alba, que pagaron como quien no quiere la cosa pues dinero les sobraba.
Todavía le quedaban unos meses en Flandes.
Terribles, duros. Desesperantes.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
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