El pecado
Madrid, enero de 1875
Se recogía Mariana y la cercanía del alba comenzaba a iluminar el cielo madrileño. Aceleró, directa a su destino, impulsada por el viento cortante del amanecer de aquel enero; no era especialmente friolera, pero el aire helado nunca era agradable.
Acostumbrada a las proposiciones de los borrachos que, como despojos, abandonaban las tabernas con la luz del sol, la joven pasó de largo de aquellas, deseosa de llegar a su refugio, somnolienta ya…
…y sedienta.
Madrid despertaba. Los perfumes primigenios de una ciudad, carne y sangre, vida y muerte, humanidad, se escondían entre el olor del pan recién hecho y, a pesar de la distancia, del aroma, limpio, un poco picante en las fosas nasales, del jabón de sosa que usaban las lavanderas. Pronto, el latido natural de la urbe, ese pulso familiar que sólo los que moran la noche sienten como propio, desaparecería, conquistado por el zumbar de los millares de humanos que, dueños del día, reclamaban su espacio.
Así había sido siempre, así sería siempre.
Enfilaba Caballero de Gracia envuelta en la capa bordaba, el cielo ya azulado, las calles aún oscuras, cuando lo escuchó: un grito largo, cortado de golpe, después el silencio. No era asunto suyo, pues no era Mariana la única inmortal que pisaba aquellas calles; hubiera continuado su camino, pero le llegó entonces el fragante dulzor de la sangre fresca, su pesadez ferrosa y su estómago rugió hambriento.
Deslizándose sobre los adoquines, los primeros rayos de un sol, aún helado, la recibieron al doblar la esquina de Clavel. A primera vista la calle parecía tranquila, aún libre de ajetreo. Un gato cruzaba la calzada con languidez, mas, sin previo aviso, cambió el rumbo y corrió en dirección contraria.
Mariana tomó ese camino.
Del hueco de un portal emergió un brazo de mujer: se tensó en el aire, se crisparon los dedos y volvió a ocultarse, cayendo con la laxitud de los vencidos.
—Venari non potes si lux oritur—. Un tembloroso latín, la lengua franca de los inmortales, acudió a sus labios, pues no le era familiar la presencia que, aprovechando las sombras del portal, sostenía entre sus brazos el cuerpo agonizante de una mujer.
Esperó, contenida su propia sed, estudiando, como la cazadora que era, las técnicas de un igual, un hombre, por la altura y la constitución corpulenta, pues ella, menuda y delgada, prefería usar otros modos más elegantes. El depredador alzó el cuerpo en el aire; crujieron los huesos de su víctima, la cabeza colgando laxa sobre su espalda. En su agonía, los ojos de aquella condenada descubrieron a la joven de cabellos dorados y vestido de gala parada casi al alcance de sus manos. Tal vez, ya incapaz de nada más, se limitó la desgraciada a un gemido, a un borboteo de sangre en sus labios, a una súplica apagada en su mirada, fríamente contemplada por la joven, pues no es correcto interrumpir a un inmortal cuando se alimenta.
Todos los días mueren seres humanos, malvados o inocentes, jóvenes o ancianos, y, cuando el corazón de la infeliz que había cruzado su destino con el del vampiro se detuvo, cuando el cuerpo ya vacío de vida cayó al suelo con un golpe seco, no sintió la inmortal remordimiento alguno.
—Conozco las leyes, niña — una voz de hombre, educada, sin acento—, sé que no se mata con la luz del sol, pero acabo de llegar a esta ciudad y me hallo hambriento.
Avanzó el caballero un par de pasos, ignorando el cadáver que se enfriaba a sus pies, alzando el rostro hacia el cielo azul, brillante y libre de nubes.
Mariana retrocedió con un respingo.
—Sol Invictus, placere dimitte nobis —murmuró. Cuando bajó la cabeza, se reveló ante Mariana un rostro recio, fuerte, el de un hombre rondando los cincuenta, aún atractivo, de mandíbula cuadrada, cabellos oscuros recortados con pulcritud y ojos negros que la estudiaron fríamente— ¿Te asusta encontrarte a uno de los tuyos, niña?
Mariana no podía moverse. Había oído hablar de ellos, de inmortales tan antiguos que, en lugar de huir del sol, apreciaban su calor y hasta le rendían culto; inmortales tan poderosos que podían controlar a otros con una sola mirada.
—¿Tienes dueño, chiquilla?
Un carro pasó junto a ellos. Intentó la joven llamar la atención del conductor, de la pareja de mozos de cuerda que charlaban animados al otro lado de la calle, pero se hallaba su voluntad tomada, su cuerpo sometido, escondido bajo el ala ominosa de la capa del caballero.
—Veamos…
No brotó sonido alguno de la garganta femenina. Un grito, sin embargo, reverberó en su cabeza, cuando el desconocido, cometiendo el más sacrílego de los actos, rasgó su cuello y bebió su sangre. Sintió Mariana el bocado, su carne devorada, desgarrada; incapaz de luchar, sintió que le abandonaban las fuerzas, la existencia. Se apagaron sus ojos y su razón comenzó a nublarse.
—Una huérfana sin linaje, una polilla sin nadie que la extrañe —dijo, dulce como la seda, el demonio en su oído—, más qué delicia el sabor de tu sangre y de tus lágrimas, pequeña, ¡oh, niña tonta, no llores, no tiembles, pues sólo buscaba conocer las raíces de tu existencia! Dime, dulce Mariana, ¿dónde te escondes de la luz del sol?
Le temblaron las rodillas a la joven. El brazo del caballero aferró su talle.
—¿Habrá sitio para un viajero cansado?
Ya no protestó. Apenas hubo dolor en la nueva profanación de su carne, apenas era ya consciente del gorgoteo de su propia sangre en la boca de su atacante. Y supo que aquel demonio leía en ella, que rebuscaba entre los secretos escondidos en su esencia.
Apenas escuchó sus palabras.
—No es el sitio más adecuado, pero bastará hasta que encuentre otro acomodo —. Brillaron argentados los ojos de aquel hombre y, libre ya de cualquier pudor, de cualquier piedad, arrancó la cabeza de Mariana en un último bocado—. Descansa, dulce Mariana.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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