Final
Madrid, 18 de mayo, 1890
Luna Nueva
Don Ernesto de Vera dobló el periódico y lo dejó junto a los dos estuches de terciopelo que le acompañaban: política, asuntos de la Corte y cotilleos de sociedad. Tres días habían pasado desde que el joven heredero del imperio azucarero de los Padilla desapareciera sin dejar rastro. La prensa había hecho gala de cierta caridad obviando los detalles que tenían que ver con la reacción de la novia al verse abandonada en el altar. “Pobre chiquilla”, se dijo el marqués, recordando el llanto y los aullidos de dolor del momento. La tarde anterior, Ascensión había intentado quitarse la vida: láudano o algo parecido, váyase a saber. Era el padrino de esa muchacha, la había visto nacer y la apreciaba: nadie se extrañaría de su visita.
—Marqués.
Su voz no fue más alta que un suspiro, pero acalló cualquier otro sonido del Gijón, el runrún de las conversaciones, el ajetreo; podrían pasar siglos y, siempre, esa voz lo silenciaría todo.
—Señora.
Caballeroso, se incorporó para apartarle la silla, sometido a su perfume, reconociendo el aroma de los lazos de sangre que les unían en la esencia misma de la cortesana. Volvió la cabeza, y, con un chasquido de los dedos, llamó la atención del camarero; todo para evitar que ella descubriese en sus facciones la turbación que le producía volver a verla.
No funcionó, pues, al sentarse de nuevo, ella, descubierto ya su rostro, le contemplaba con suficiencia y seguridad.
—Soy sólo un padre orgulloso, cariño —admitió—; eres mi mejor obra, la más poderosa y deliciosa de mis vástagos.
—Tus palabras son tan venenosas como tu persona, “padre”—contestó con desprecio—. He cumplido mi parte.
—Y yo soy hombre de palabra —mientras hablaba empujó sobre el mantel la más pequeña de las cajitas, apenas más grande que una caja de fósforos. Los dedos de la dama, ágiles como las patitas de una araña, la atraparon. Le bastó un instante para abrirla, para comprobar que, fuera lo que fuera, Ernesto había cumplido—. Ya me dirás qué vas a hacer con eso…
—No es asunto tuyo —replicó, guardándola dentro de su bolso. Callaron mientras el camarero servía a los inmortales unas bebidas que no tocarían—. Yo tampoco te he preguntado por tus motivos para esta comedia —prosiguió. Y señaló con la barbilla el segundo estuche, marcado con el membrete de una conocida joyería—. De punta en blanco y ya acompañado de alhajas: ¿es que ni siquiera vas a esperar a que se enfríe el cadáver?
Ernesto soltó una carcajada. Por algo era su favorita, por algo su adoración más profunda.
— Mi “italiana” me conoce mejor que nadie.
—Para mi desgracia. Llevamos la misma sangre.
—No hables así a tu padre —reprendió jocoso.
—Para mi desgracia —repitió.
Se acomodó el inmortal en la silla, casi incapaz el traje de contener los movimientos del depredador disfrazado de ser humano.
—¿Gozó antes de…? —. Ella alzó un dedo para acallarlo. Apretó los labios, siseó y un relámpago de plata cruzó su mirada—. Seguro que sí, mi niña, te conozco, seguro que aún la tenía dura cuando se presentó ante San Pedro.
—Era un ser humano, por Dios.
—Ese atavío de bondadosa no va contigo, hija. Tú has hecho cosas peores. Demos por cerrado este negocio y a otra cosa. Te consta que el linaje de mi ahijada es poderoso, su sangre es poderosa. Y que yo no puedo tolerar que un mierdecilla con cuatro pesetas se presente y me la robe —se inclinó sobre la mesa y continuó en voz baja, íntima—. Niña, yo he cuidado, vigilado y anhelado a Ascensión desde que nació: es mía y, algún día, mi estirpe mortal crecerá en su vientre —. Sus labios se fruncieron—. Llorará a ese inútil durante unos meses, y, más pronto que tarde haré correr rumores sobre el Padilla…al muy canalla le gustaban las putas caras…—. Brillaron sus ojos de demonio—…, ¿verdad, dulzura? Y el día menos pensado verás el anuncio de mi compromiso en las gacetas. Soy lo bastante rico como para que los padres de esa niña me acepten encantados — Calló durante unos segundos: una sonrisa, una intuición de colmillos picudos—. Y ella es lo bastante inocente para confundir deseo con amor; y, si, querida, sin duda, disfrutaré pervirtiéndola: que, al menos, a diferencia de otra, Ascensión no está casada, ¿verdad?
Un odio primitivo, irracional, deformó las facciones de la mujer. Sus labios temblaron para frenar sus palabras, su respuesta. Sostuvo, sin embargo, la mirada del marqués, sopesando, retándole y, por fin, sonrió.
—Ninguna es esa “otra”, padre; esa es tu condena —dijo. Cuando se puso en pie, el aristócrata la imitó—. Estamos en paz, N…
Nadie pronunciaría su nombre como ella, el nombre del que hollase las calles de Roma y luchase junto a emperadores.
—Lo estamos, tesoro. Enviaré la invitación de boda a tu dirección: gozaríamos juntos de la noche de bodas.
—Prefiero arder en el infierno que volver a tu lecho.
—¡Siempre tan teatral! —respondió con un gesto de las manos—. Entonces, hija mía, hasta que la eternidad vuelva a entrelazar los hilos de nuestros destinos.
—Los cortaré con mis propias manos antes de volver a verte, “padre”.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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