
Capítulo 46: el desastre (1)
Que conste que el título de este capítulo no es mío, sino de William S. Maltby. Así llama al capítulo XI de su celebérrima biografía El gran duque de Alba dedicada a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. Porque, como dice en dicha biografía, lo de la toma de Brielle por parte de los denominados Mendigos del Mar como que lo pilló de aquella manera. Pues bueno, pues vale, pues me alegro. «Tampoco Alba, en un principio, supo ver la importancia del golpe», explica Malby. O sea, que esperaba algo así, pero no era el acabose. Una más, santo Tomás. «Había estado a punto de ocurrir en Delfzjil el verano anterior», precisa el historiador norteamericano. Pero ¿qué pasa? Que la mota de polvo, o sea, los Mendigos del Mar, se fue haciendo cada vez más grande y entonces sí que sí el asunto ya no le hizo tanta gracia; porque no pocas ciudades de Holanda y Zelanda abrazaron a los rebeldes —contad con nosotros si hay que desatar hondonadas de hostias contra los españoles, vinieron a decir—, y lo que no era más que una rebelión más o menos contenida —insisto en lo de más o menos— se convirtió en una pesadilla hors catègorie para el duque.
Lo primero que ordenó fue reclutar nuevas compañías de valones —con qué dinero pagarlas era otra cuestión— al mando, entre otros, de Cristóbal de Mondragón; y después, estableció guarniciones en algunas de las ciudades más importantes de Holanda y Zelanda. Claro que los éxitos rápidos y sonados de los Mendigos del Mar provocaron una marea de adeptos en aquellas ciudades, y para mediados de 1572 la mayoría de esas ciudades se habían declarado favorables a Guillermo de Orange. Para rematar el percal, el 24 de mayo Luis de Nassau se apoderó de Mons al mando de un pequeño ejército de hugonotes. Y el duque de Alba, más cabreado que una mona por las consecuencias de la acción en sí, pues abría la posibilidad de una intervención francesa por ser aquella ciudad el último bastión del camino entre Bruselas y París. «Un teatro perfecto para una invasión francesa de envergadura», explica Maltby. Porque no se chupaba el dedo precisamente y sabía que Gaspar de Coligny, jefe de los hugonotes, gozaba entonces del favor del rey Carlos IX, y también sabía de sus deseos de desatar las hostialidades para favorecer su posición. Que sí, que el rey no estaba por la labor, pero menos lo estaba por contrariar a su consejero y arriesgarse a otra revuelta protestante y hacer ver al mundo que ni siquiera sabía mandar en su propia casa.
En consecuencia, el panorama era precioso a ojos de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel: la mayor parte de la región del norte de la Línea del Agua, o sea, zonas inundables y sistemas hidráulicos que podían usarse para inundar las tierras bajas y frenar así el avance de tropas enemigas, en manos de los Mendigos del Mar; en el sur, Francia con sus cosas de franceses. Que a saber cuándo les daba por salirle por peteneras; y en el oeste, al otro lado del Rin, Guillermo de Orange reuniendo fuerzas como si no hubiera un mañana para entrar en Brabante. Y el duque con apenas 7.000 hombres —defiende Maltby— mal pagados y tarde y repartidos por diversas guarniciones, y una flota con menos de 30 naves tripuladas por marineros que también llevaban meses sin ver una perra gorda. Y por si no tuviera bastante, desde España el partido de Éboli, liderado por su archienemigo Ruy Gómez de Silva y su esposa, la princesa, alentando que el duque había empujado a los Países Bajos a la rebelión tal y como habían predicho, y yéndole con el cuento a Felipe II. Madremíadelamorhermoso, majestad, la que está montando allá arriba el duque, etcétera. «Alba debía suponer que el rey estaba irritado, y hacia finales de verano, se rumoreaba que la casa de Toledo estaba al fin acabada», dice Maltby al respecto. Eeeeeh, Macarena. Aaaaaaay.
¿Se iba a quedar de brazos cruzados cayéndole las guantadas como le estaban cayendo? «Si al principio actuó con lentitud, se debía a que era mucho lo que había que hacer», explica el profesor. Lo primero, reclutar hombres. ¿Con qué dinero pagarles? Movió hilos sin que el rey lo supiera para que Cósimo de Médici le despachara 200.000 ducados. Un movimiento indicio de «su desesperación» que molestó no lo siguiente a Felipe II. Y los ebolistas dale al torno perico. Lo cual ya se la traía al pairo al duque, que consiguió lo que pretendía: traer a los alemanes que había mantenido reunidos en espera por lo que pudiera pasar y al final acabó pasando.
Para empezar, se afanó en arreglar lo de Mons son pena de que los franceses se la terminaran de liar floja, para lo que envió a su hijo, don Fadrique, que tras varias semanas de hostialidades de todo tipo con los hugonotes logró hacerse con la situación. Y el duque, enterado de la victoria, sabiendo que lo único que estaba haciendo era ganar tiempo, pues Guillermo de Orange ya había cruzado el Rin; de que las cosas se estaban complicando con los franceses; y para colmo, la llegada de Juan de la Cerda, duque de Medinaceli, para reemplazarlo. Desbordado no lo siguiente por el percal a heredar. Así que, como explica Maltby, «dado el carácter autocrático de Alba y la inexperiencia de Medinaceli […], Alba ordenaría como creyera conveniente y Medinaceli no haría sino seguir sus pasos».
Y lo que tenía que pasar, pasó. «No es preciso decir que el resentimiento de Medinaceli aumentó con el paso del tiempo». Entre que el duque le contaba lo que le salía de la entrepierna y que la cosa se tensó por culpa de dos cuestiones en las que el duque de Alba no pensaba dar su brazo a torcer ni harto de Stolichnaya —un vodka bueno bueno, por aclarar—: un nuevo perdón general para todos los implicados en el levantamiento de los Mendigos del Mar desde un principio, y la renovación de la alcabala, pues se mascaba la tragedia oé oé. En cuanto a lo primero, Felipe II envió el 21 de junio de 1572 dos versiones a los dos duques para que opinaran. Tal y como defiende Maltby, «el duque de Alba dejó pasar el tiempo, y cuando llegó el momento se mostró partidario de un documento restrictivo que no habría favorecido los intereses de su sucesor».
La alcabala era una cuestión más chunga si cabe. Como ya conté en su momento, se trataba de un impuesto que grababa el 10% de las ventas de las mercancías. Y ahí el duque de Alba dijo lo mismo que antes. O por encima de mi cadáver, por añadir algo nuevo. El asunto era sencillo: en su opinión, sólo se podía anular el impuesto una vez recaudado. Nada de antes o dejarlo a medias. Como defendía, de retirarlo sin más, es decir, sin una obediencia, a partir de entonces les iban a tomar por el pito del sereno, por resumir. Incluso se afanó en convencer a las autoridades locales al respecto. Y también porque, de retirarlo, a ver quién era el guapo que ordenaba aplicar un nuevo impuesto en el futuro y se encargaba de recaudarlo. A Felipe II por uno le entraron y por otro le salieron las justificaciones del duque de Alba, y el 29 de junio despachó una carta ordenando la abolición de la alcabala a cambio de una concesión total de dos millones de florines. El duque todavía insistió, pero el caso que le hicieron a su carta, de ser recibida, es el que te puedes imaginar.
Las relaciones entre don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel y la corona se tensaron más si cabe; pero también con su sucesor, el duque de Medinaceli, cuando marcharon a sitiar Mons, pues el asunto se había vuelto a complicar. A ojos de los demás, sonrisas profident y aquí no pasa nada. Pero ambos tenían claro que tarde o temprano terminarían por liarse a hostias bien en sentido figurado bien en sentido literal.
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