‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Tate quieto ahí»

Capítulo 44: Tate quieto ahí

En la entrega de la semana pasada conté por encima que, allá por 1570, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel pidió a su majestad filipina regresar a España viendo la cosa más tranquila en Flandes. Él, pensaba, ya había cumplido su cometido como había ocurrido diez años atrás en Italia. Allí lo envió Felipe II para pacificar la península, toda vez que su santidad Paulo IV y los franceses se los estaban tocando más de la cuenta. Ahora tocaba regresar una vez hecha la faena. Oiga vuestra majestad, que son sesenta palos los que curvan mi osamenta —que canta Ana Torroja— y encima la gota no deja de hacerme la puñeta. Y por Dios, ¡dejadme regresar a Castilla, que esto [Flandes] da más grima que cuando uno se pone a chupar un limón. Más o menos eso le vino a decir. Y más sabiendo que la próxima reina de España, Ana de Austria, se disponía a embarcarse en el Mar del Norte. «¡Qué ocasión para dejar aquel difícil puesto a un nuevo gobernador y para ser recibido en la corte del rey con todos los honores!», escribe Manuel Fernández Álvarez al respecto en El duque de Hierro.

Por resumir, habían sido unos añitos chungos, chungos para el duque, y él había cumplido con su trabajo. En consecuencia, esperaba que su relevo llegara en la flota que venía a por Ana de Austria. Qué mejor manera de reflejar el asunto que recordando el meme del gato Silvestre, dando vueltas sin parar esperando noticias. De cuando en cuando se desahogaba por carta con el cardenal Espinosa. Tan convencido estaba de que se marchaba para España sí o sí, que en una de ellas confiesa a aquel religioso lo siguiente: «Señor, deseo mucho saber, sino fuese llegado mi sucesor cuando la Reina, nuestra señora, se embarque, qué manera de gobierno manda S.M. que yo deje hasta que el sucesor venga…». En román paladino: me la trae floja lo que pase aquí a partir de ahora, que yo quiero volver con los míos.

Peeeeeero…

Pasaron los días, pasaron las semanas… Y ese hombre ya estaba más mosqueado que un pavo en Navidad. La reina embarcó, pero él… «… y habiendo pasado estos días más, cierto, me hallo en gran confusión. Y aunque no dudo que al recibir esta habrá V.M. tomado resolución, conviniendo tanto a su servicio, todavía quiero decir mi temor y la manera que la aguardo por ver el tiempo tan adelante». En román paladino: no me jodáis, majestad, que no tengo ni pizca de ganas de permanecer aquí ni un minuto más.

Cuenta Fernández Álvarez que la carta que contiene ese párrafo le llegó puntual a Felipe II porque «la apostilla a su margen, haciendo comentarios a sus diversos apartados de su puño y letra». Pero en lo tocante a ese párrafo concreto, ni una mención. Nada. Las hay en otros, como en el que le comunica el perdón general decretado, en el que el duque de Alba tiene clarinete que se va para España —«con esta le envío la copia del dicho perdón; las otras tres piezas que V.M. me tiene mandado le envié no van con este [correo], porque no sé cuándo llegará, ni qué camino hace, y es mejor llevarlas yo conmigo, pues placiendo a Dios besaré a V.M. las manos tan presto». Ahí su majestad filipina anotó al margen «hizo bien». Pero en lo tocante al sustituto y su regreso, nanay de la China. Y ese hombre esperando, esperando… Que si la guerra de Granada ya ha terminado, que si vuestra majestad se va a casar y yo aquí, que si esto [Flandes] está pacificado y qué narices pinto en este asunto. Todo eso pensaría el duque de Alba durante aquellas semanas esperando un relevo que no llegaba y que se le hicieron eternas.

El 9 de agosto de 1570, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel supo que no se iba a mover de Flandes. «El rey había anulado la licencia para regresar a España», cuenta Fernández Álvarez en El duque de Hierro. Ahora, ¿por cuánto tiempo? Puede que unos días, quizás semanas… Aunque el duque sospechaba que la cosa iba para largo. Y se lo soltó a su rey sin remilgo alguno con estas palabras: «La razón que yo he mirado siempre para hacer lo que V.M. me ha mandado, ha sido su voluntad, y que ninguna razón, señor, había para que un hombre de sesenta años y con mis enfermedades y trabajos pasados, aceptase el venir aquí, sino solo seguir la voluntad de V.M. y así lo haré agora, teniendo entera confianza que V.M. me enviará el sucesor en el retorno de esta armada en que la Reina, nuestra señora, va, como me dice…». Criaturita…

En román paladino: Felipe II había cambiado de opinión acerca de que el duque regresara a España en la misma armada que trasladaría a Ana de Austria, pero don Fernando todavía confiaba en que una vez regresara aquella armada, quizás en ella viniera el sustituto… «Pero eso ya no lo tenía tan seguro el duque, que empezaba a sospechar que el rey jugaba con él y que le tenía engañado», cuenta al respecto Fernández Álvarez. Y es entonces cuando el duque coge la pluma y decide meterle una hostia de este calibre en el último párrafo de una carta dirigida a su majestad: «… Y no querrá tenerme aquí por palo de esta vaina para que no se seque. Y cierto, cuando V.M. no lo hiciese, yo no podría pensar sino que para acá ni para allá valgo nada y como cosa impertinente me tiene V.M. echado sin memoria de otra cosa que de dejarme estar donde me hallo y no me quedaría cabeza ni vida (cuando V.M. me hiciese este disfavor) con que poder responder a la obligación que tiene el que está en este cargo».

Para chulo yo.

¿Qué contestó Felipe II? «Es sobre lo de su quedada. Veranla no más lo que vieron la carta a que responde en esta».

A mí plim. Con dos cojones.

¿Y el duque entonces? Más caliente que el palo de un churrero, con esas se fue al cardenal Espinosa sabiendo que éste se lo contaría después a Felipe II; al que asegura que su majestad le había prometido que regresaría a España en la flota que transportaría a Ana de Austria —«en lo que V. s. i. me dice sobre el no ir sirviendo a la Reina, nuestra señora, en esta jornada, como S. M. me lo tenía remitido, confieso a V. s. i. que me ha dolido mucho…»—. Y no, no regresó entonces ni lo haría a corto/medio plazo. «El rey revocaba su decisión —explica Fernández Álvarez— basándose en que todavía había negocios que cerrar en los Países Bajos y que esa tarea la debía hacer el duque de Alba; explicación que no satisface al duque porque ese sería el cuento de nunca acabar». Y eso lo sabía el duque. ¡Vamos si lo sabía! Más claro, el agua: «Los negocios nunca se acabarán, porque acabados unos nacerán otros y acabados estos que S. M. apunta, nacerán otros y quizás mucho más graves que estos…».

Ajo y agua. O sea, a joderse y resignarse.

¿Lo hizo? Parece mentira que a estas alturas no conozcamos al personaje… Nueva carta a su majestad en la que deja perlas como estas:

· Si el rey no cumple lo prometido, «… no me quedaría otro camino que tomar una soga y colgarme». No hace falta explicación en román paladino, ¿verdad?

· Se lo había currado de lo lindo al servicio de la Corona, incluso también con el padre de Felipe II, y así se lo pagaban —anda que no le quedaba por ver a ese hombre, añado yo—: «Con un año de renta de lo que aquí nuevamente se ha aquistado podrá V. M. pagar el gasto que ha hecho y para autorizarme y honrarme a mí, no ha lugar aquí necesidad, aun cuando V. M. la hubiera muy grande, tanto más que aquí no la hay, ni puede haberla con lo que yo he sacado para V. M., sino quedar el más rico Príncipe de la Cristiandad».

Ese 1570 sería el último año de paz para el duque de Alba. Meses después volvería la guerra. Y ese hombre atrapado en ella a pesar de sus inmensas ganas de regresar a España; y que acabaría para él como el rosario de la aurora.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

🎧👇🎙

@VictorFCorreas

Avatar de Desconocido

About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en ‘Pa’ habernos ‘matao’, Duque de Alba, Historia, Podcasts de Historia, Víctor Fernández Correas y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario