«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «La última noche de Martín Padilla» (parte III)

Tercera parte

Madrid, 14 de mayo, 1890

Cuatro días para la Luna Nueva.

—¡Qué me caso mañana, joder! —repitió el joven Padilla.

Golpeó rabioso el vaso en la mesa, tan fuerte que el cristal quebró entre sus dedos y la sangre se mezcló con el aguardiente. A su alrededor, entre el jolgorio de música y voces, de alcohol y de mujeres, nadie pareció percatarse del incidente. Alzó Martín la mano, estudió el reguero rojo que, lentamente, parecía reescribir el destino plasmado en las líneas de su palma.

—No se malogre a pocas horas de su enlace, muchacho. Tome, por favor.

Enfocó la mirada el joven, intentando recordar el nombre del caballero que, sentado a su lado, le ofrecía un pañuelo.

—Gracias — respondió, avergonzado por su proceder—. Es usted muy amable, don…

—Ernesto de Vera, soy el padrino de Ascensión. Nos presentaron en la pedida —explicó el hombre—. No se acuerda, ¿verdad? —continuó, con una risa abierta—. Normal su olvido; es usted un chiquillo y yo ya soy un viejo cansado.

Sonrió Martín con torpeza, haciendo memoria; el “marqués de no sé qué”, cierto, un tipo al que habría definido de mil maneras y ninguna de ellas incluiría los términos “viejo y cansado”.

—Coja el pañuelo, muchacho —insistió Ernesto—. El corte no es grave, pero en Madrid no es buena idea lucir una sangre como la suya.

Agradeció Martín con un asentimiento, incapaz de apartar la mirada del terso rostro del caballero, atrapado por el abismo negro de sus ojos. Intuyó el chico el secreto de lo prohibido, de placeres poco píos en la leve curva burlona de los labios del marqués, una boca sensual que, sin palabras, prometía…

Con un respingo volvió al mundo. Música, vocerío, alcohol y festejo. Don Ernesto, con señas, hacía por llamar la atención de un camarero, ajeno al éxtasis de Martín. Este permaneció cabizbajo, mientras los restos de vidrio, sangre y alcohol eran retirados con presteza para, inmediatamente, reponer una nueva botella y sendos vasos.

—Temo haber echado a perder su pañuelo, señor. Si me lo permite, tenga el mío a cambio… —murmuró. Al sacar el cuadrado de tela del bolsillo, leve como pluma de cuervo, ajeno su planear a la naturaleza del papel, se acomodó sobre la mesa una tarjeta. Su negrura contrastaba con el blanco del mantel: a la luz refulgían dos palabras, que, por la calidad de la tinta, parecían escritas en plata pura.

Iba a balbucear Martín una disculpa, un sinsentido, pero Ernesto silencioso, tomó la cartulina. Una sensación extraña, una furia ciega, encendió el ánimo del chico; celos, celos porque aquel hombre acariciaba lo único que tenía de aquella dama con temple de dueño.

—Te casas mañana, Martín —dijo, y su sonrisa se hizo más amplia. Desapareció entonces el barniz de caballerosidad y surgió el verdadero ser de Ernesto, el hombre oculto bajo los usos de un aristócrata—. Con mi ahijada. Ascensión es una muchacha decente.

—¿De qué habla usted? —Y estiró la mano para arrebatarle la tarjeta, pero el marqués, rápido, apartó el brazo.

Tch, tch —rio, chasqueando la lengua—. No te enfades, hombre —olisqueó ávido el papel y procedió a dejarlo de nuevo sobre el mantel—. Aún huele a ella… a ese pequeño demonio… —susurró—. ¿Dónde te la has cruzado?

—No sé de qué me habla. Es tan sólo un papel —replicó indignado. Contuvo sus manos y evitó coger de nuevo la tarjeta—. No recuerdo de dónde ha salido, ¿y qué insinúa usted?

Suspiró Ernesto. El esbelto cuerpo se acomodó en la silla y, tras echar un vistazo alrededor, tras comprobar que la fiesta continuaba y que nadie se fijaba en ellos, se inclinó con fluidez felina hacia Martín.

Carpe Noctem, hijo —comenzó. Bajó la cabeza y dibujó los trazos que componían las letras con el índice derecho—. Algunos te dirán que es un antro de pecado, otros un prostíbulo más o menos decente… y, aquellos que jamás han cruzado sus puertas, que es sólo un cuento. Sólo se accede con una invitación como esta, pues no se pagan sus… artes —murmuró—, con plata, oro o imperios.

No habló el joven pero leyó Ernesto en la fiebre que dilataba sus pupilas la pregunta que no se atrevía a pronunciar.

—Sangre, Martín, el precio es sangre.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

🎧🎙👇

La próxima semana un nuevo episodio.

@PilarR1977

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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