«Oficio de tinieblas» de Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «La última noche de Martín Padilla» (parte II)

Segunda parte

Madrid, 14 de mayo, 1890

Iglesia de San Ginés

Cuatro días para la Luna Nueva.

La luz vacilante de un par de cirios latía sobre el Sagrario de San Ginés, disipando la severidad barroca de la capilla en un único lugar que era Luz y Salvación. Murmuró un Padrenuestro, conmovido, y rezó por el éxito de sus nupcias, por la salud de su padre allá en Cuba, y, tal vez, por él mismo.

La mujer sentada en el primer banco se incorporó despacio. Algo en sus movimientos, una suerte de sensualidad femenina, de fluidez animal contenida, le obligó a levantar la cabeza. Apenas tardó la dama un segundo en colocarse el velo de viuda, pero no necesitó más Martín para adivinar un agraciado perfil femenino de cuello largo y piel marfileña. Pareció deslizarle ella con andares de reina por el pasillo ajedrezado, baja la mirada; el mundo dejó de girar para el joven y, arrebatado, rezó Martín para que nunca abandonase la capilla, para poder mirarla eternamente.

Entonces, al llegar a su altura, un perfume de mujer, violetas y pesadez azucarada, se impuso impío a la santidad del incienso y de la cera. No llegó ella a detenerse, pero bajo el velo, alzó la cabeza y se giró hacia él.

¿Lo soñó Martín tal vez? ¿Fue alguna suerte de embrujo?

¿Acaso, tras la neblina del encaje, no brillaba el azul de un cielo de verano? ¿Acaso no se insinuaba una sonrisa en esos labios rojizos? Parpadeó Martín, y, al abrir los ojos, se halló solo. Y Hubiese tomado todo por una mala jugada de su mente de no ser por el perfume enredado en torno suyo, por aquel palpitar en su hombría.

Se puso en pie, torpe, acelerado. Una Señal de la Cruz, avergonzada, apresurada, y se dio la vuelta, corriendo, tal vez aún a tiempo de encontrarla. Sólo halló el silencio recogido de la nave. Empujó la puerta, ansioso; con el movimiento una tarjeta de visita encajada en el marco cayó al suelo. La recogió, ahogó un gemido, pues la cartulina negra olía a ella, a violetas y dulzor. A punto estuvo de tropezar en los escalones, de caer de bruces sobre el empedrado de Arenal; era imposible, no podría haberse alejado tanto…

Vaciló el joven, perdido, azorado, ansiándola de manera insensata.

—¿No habrá visto usted a una dama, a una mujer vestida de negro? —preguntó a la mendiga sentada junto a la reja del templo—. Menos de un minuto ha de hacer de su paso.

La anciana dirigió hacia él su mirada apagada; a pesar del vacío en sus cuencas, Martín sintió que algo le traspasaba por dentro.

—Usted perdone —se disculpó el joven, estirando el brazo para depositar varias monedas en el platillo—, no me he dado cuenta de…

Dedos fríos, largos y secos de carne y sangre, aferraron su muñeca. Tiró Martín, pero no aflojó su presa la menesterosa.

—Camina como una mujer, ama como una mujer, y huele a violetas y sangre —susurró, clara su voz entre el rumor de transeúntes y carruajes—. Es muerte y condena.

—Por favor, señora…

—He visto al demonio, Martín —siseó, liberándole—. He visto al mismo demonio.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

🎧🎙👇

La próxima semana un nuevo episodio.

@PilarR1977

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