Capítulo 34: Flandes: los antecedentes
¡Ah! Flandes… Como diría un soldado veterano de los Tercios, “España mi natura, Italia mi ventura, Flandes mi sepultura”. Traducido para que se pueda entender mejor: el buen Juan de Argote o Blas de Gonzaga, por poner un ejemplo, venían a este valle de lágrimas en mi querida España, esta España mía, esta España nuestra que canta Cecilia; se sacaban unos cuartos y lo que fuera menester en Italia; y cerraban sesión en algo así como nuestro Vietnam particular salvando las distancias. Que Flandes era terreno de la monarquía filipina, no se fue allí en plan haz turismo invadiendo un país como recuerdan los Celtas Cortos.
Así que, estimados lectores, niños y niñas, inauguramos dentro de este serial dedicado a don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba, esa etapa vital por la que más se le reconoce; y que todavía permite a los padres flamencos acojonar, hablando en plata, a sus retoños con la llegada de don Fernando si no dan buena cuenta de las coles de Bruselas que tienen en el plato. Que ya es acojonar, y más con tal plato.
Porque las cosas, cuanto más claras y el chocolate más espeso, mejor: que Flandes formara parte de la monarquía hispánica tenía sentido siendo el rey de España —y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico— un flamenco como Carlos de Habsburgo, nacido en Gante; que luego vino para acá y acabo siendo más español que nadie e incluso se fue para el otro barrio en el norte de Extremadura. Pero una vez que no estuviera él…
¡Ay, los detalles…!
Ya en la jornada de abdicación que tuvo lugar el 25 de octubre de 1555 en Bruselas, la peña presente acabó derramando lagrimones como judías de El Barco de Ávila con el discurso en francés del todavía emperador Carlos V —era su lengua materna, por recordar—. A continuación, le correspondió a su hijo Felipe tomar la palabra. Miró a los presentes, y les vino a decir aquí os dejo con Granvela —futuro secretario suyo como también lo era del emperador—, que le vais a entender mejor que yo y aquello llenarse de cuchicheos. ¿Y este es el que va a reinar? Pues estamos apañaos, éramos pocos y parió la abuela, ni repajolera de nuestra lengua, etcétera. Eso aparte de que hermanar a flamencos y españoles… Como bien canta el maestro Sabina, no hay nada más absurdo que un belga por soleares. Flandes pegaba más con Alemania, con Francia, pero con España…
Según defiende Manuel Fernández Álvarez, la emperatriz Isabel ya barruntaba lo que podría llegar a ocurrir, de ahí que proyectara desgajar los Países Bajos de la monarquía hispánica y situar al frente de ellos a su hija María —con el tiempo, segunda emperatriz hispana al casarse con su primo Maximiliano—. Isabel cerró sesión en 1539, y aquello quedó en el olvido.
Pero no sólo ella ya sabía por dónde iba la cosa. En 1544, cuando Francisco I exigió a Carlos dame algo payo para que no hubiera más hostialidades entre ellos, a aquel segundo se le planteó qué darle: si el Milanesado o los Países Bajos. Voces como la de García de Loaysa, cardenal de Sevilla, lo tenían cristalino: «…de cómo en ninguna cosa ni para ningún efecto era útil el señorío de los Estados de Flandes a la Corona de España». Y no es que no fuera útil, sino que Loaysa llegó a soltar un «antes era muy pernicioso». Incluso el mismísimo duque de Alba, en ese 1544, vino a decirle al emperador Carlos que nada de soltar el Milanesado, que consideraba vital para la presencia hispana en la península itálica, «mientras que los Países Bajos estaban llenos de dificultades y preñados de conflictos», explica Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro.
El emperador Carlos comprendió que tanta coincidencia por algo sería, y decidió buscar una solución. Hasta añadió en una de las cláusulas de las capitulaciones matrimoniales para la boda entre su hijo Felipe y María Tudor que el primogénito resultante heredara Inglaterra y los Países Bajos, ya desgajados de la monarquía hispánica. Pero entre unas cosas y otras no hubo solución y los primeros años de reinado de Felipe II conocieron una tensión ya explicada en capítulos anteriores que reíros ahora con lo de Groenlandia y tal. Y eso que su hermana Margarita de Parma, gobernadora que eligió para aquellas tierras, conocía el percal por haber nacido en esos territorios —hija de una aventurilla que tuvo el emperador Carlos con Juana, hija de la familia de los Van der Gheist—; además, supo rodearse de figuras como el cardenal Granvela y Viglius van Aytta, que otra cosa no, pero conocer el terreno que pisaban un rato.
Pero entre que ciertos nobles —el príncipe de Orange, Guillermo, y los condes de Egmont y Horn— protestaron porque pitaban en el Consejo de Estado menos que la Tomasa en los títeres y que el calvinismo entró en Flandes y bien pronto echó raíces, la tragedia se mascaba que daba gusto. Unamos a esto que Felipe II ordenó la implantación en territorio flamenco de los decretos acordados en el Concilio de Trento, finalizado en 1563, que modificaban el mapa eclesiástico del territorio e incrementaban el control de la vida religiosa de la región, con el consiguiente rebote de la baja nobleza —ya calvinista a tope— y de la alta nobleza —vinculada a los tres antiguos obispados, que ahora perdían perras e influencia—, y el resultado es un precioso óleo sobre lienzo de una revuelta.
Hasta aquí el contexto. La semana que viene, los personajes. Que esta también tiene miga.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
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