Capítulo 32: Cosas de casa
Como conté la semana pasada, Catalina de Médici había invitado a Felipe II a mantener una entrevista cara a cara, episodio que sería conocido como Las vistas de Bayona, en las que tendría un protagonismo destacado don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. A su majestad el asunto le hacia la gracia que os podéis imaginar, así que se lo encomendó a su nueva esposa, Isabel de Valois —hija de Catalina—, y a, ¡tan, ta, ta, chan! Sí, al duque de Alba en detrimento de Ruy Gómez de Silva. Cuenta Henry Kamen que la decisión, tomada en marzo de 1565, obedecía a considerar al portugués «demasiado blando en sus tratos con los franceses», de ahí que lo sustituyera por don Fernando. La consecuencia: «Éboli tuvo la impresión de que le estaban marginando en asuntos de Estado, algo que le correspondía, pero sabía que le serviría de poco protestar ante el rey». Y para qué queríamos más días de fiesta…
Porque lo que vengo a contar hoy, niños y niñas, es cómo arrearse mandobles las dos facciones que se disputaban el favor de Felipe II —por resumir, partidarios de Ruy Gómez de Silva y del duque de Alba— aprovechando cualquier excusa, bien fuera Francia o Flandes. Y se afanaron en el asunto. Ahí va un ejemplo que relata William S. Maltby en El gran duque de Alba: «Fernando Álvarez de Toledo regresó de Francia en 1559 con la plena confianza de que se incorporaría a las funciones de primer consejero de Felipe II. Pensaba que sus servicios le acreditaban para un cargo no inferior a éste, y dado que Felipe II le había concedido una merced de 160.000 escudos, no tenía motivos para suponer que el rey fuera de otra opinión […]. Cuando Alba recibió su merced, Ruy Gómez fue nombrado Príncipe de Éboli, y no existe evidencia, más allá de las simples murmuraciones, de que en ningún momento quedara excluido de los favores regios». Unamos a todo esto que Francisco de Eraso, primer secretario del rey, hombre —«desconsiderado, vengativo y arrogante» según Maltby— en quien Felipe confiaba a pies juntillas para la resolución de asuntos de Estado, «odiaba a Alba con una intensidad no mitigada con el paso del tiempo», prosigue Maltby.
¿Que si se llevaban mal el duque y el secretario? Este párrafo que describe el autor de aquella biografía de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel no tiene desperdicio: «Encontrando al rey encerrado con Eraso, Alba golpeó la puerta exigiendo admisión. Cuando le fue negada, insultó a Eraso con grandes voces. Después, quejándose amargamente al rey, se retiró a sus posesiones. Hay que acreditar a la paciencia de Felipe II el que consiguiera calmar los ánimos e hiciera volver a Alba a la corte, pero el reconocimiento de este hecho no alteró la situación. Desagradaban al rey los enfrentamientos, y esta exhibición de malos modales, rayana en lesa majestad, no hizo sino reducir aún más la influencia de Alba».
Y con este precioso paisaje doméstico había que estar atentos a lo que ocurriera ahí fuera. La evolución de los acontecimientos en el norte de Europa estaba empezando a tener peor cara que los tomates de más de una frutería. El Mediterráneo, con sus turcos por aquí, con sus turcos por allá chu chu chu chu, quedaba un tanto aparcado a tenor de la que se había liado en Francia y lo que se estaba cociendo en Flandes. En el primer caso, católicos y protestantes andaban a la greña —una guerra civil, vamos— desde el invierno de 1561. Cómo estaría la cosa, que Felipe II decidió enviar ayuda militar, eso sí, siempre y cuando no hubiera tolerancia alguna con los protestantes. En cristiano: leña a éstos como si no hubiera un mañana. La razón era cristalina: el riesgo de desestabilización que podrían correr los Países Bajos, que también tenían lo suyo. Antológica la cita del duque de Alba al respecto que recoge Henry Kamen en su obra El gran duque de Alba: «Casi sería mejor que el reino de Francia se destruyera que permitir una brecha semejante en cuestiones de religión».
Y por otro, lo de Flandes; que ya empezaba a suscitar serios motivos de preocupación por todo lo que suponía desde un punto de vista comercial. Unos territorios más necesarios que el comer. La cosa comenzó a ponerse como aquellos tomates de líneas más arriba. En especial porque los nobles principales no querían ver ni en pintura al cardenal Granvela, cuyos consejos pesaban mucho en la opinión de Margarita de Parma, hermanastra del rey Felipe II y gobernadora de los Países Bajos porque así lo decidió su padre, el emperador Carlos. Eso, en el verano de 1562. Meses después, en marzo de 1563, tres de aquellos nobles, Guillermo de Orange, el conde de Egmont y Felipe de Montmorency, conde Hornes, vinieron a decirle a Felipe II o te cargas al colega o nos vamos del Consejo de Estado y allá tú con las consecuencias. Y Margarita de Parma que eso por uno me entra y por otro me sale, pero Granvela se queda a mi lado. Y Felipe II desde España dándole al magín para ver cómo narices calmaba a los nobles.
¿Qué ocurrió cuando este precioso panorama se conoció en España? Cuenta Kamen que Francisco de Eraso fue de los primeros en respaldar la campaña en contra del cardenal. Algo así como sus y a por ellos. Más que nada por darle en las narices al duque de Alba, en el que Granvela decidió apoyarse por la vieja amistad que los unía. Sumemos a esto que Egmont y el de Orange buscaron el apoyo del propio Eraso y de Ruy Gómez de Silva. Y Felipe II, en principio, contento de contar con disparidad de opiniones a su alrededor. Peeero…
En octubre de 1563, el secretario de Margarita de Parma escribía al rey en nombre de ésta pidiéndole permiso para mandar a Granvela a escalfar cebollinos. Que subes tú y aguantas a estos —los nobles flamencos— vino a decirle con la decisión. Y Eraso y Ruy Gómez de Silva —siempre según Kamen— dando palmas con las orejas. Para desgracia del cardenal Granvela, el duque de Alba tuvo que salir de la corte pitando para sus dominios de Huéscar, al norte de Granada. Por resumir, dominios con una población principalmente morisca, con todo lo que eso conllevaba. Don Fernando Álvarez de Toledo obtuvo de su majestad el favor especial de convertir sus dominios en ducado, y el título —duque de Huéscar— quedó reservado en exclusiva para el heredero del título de Alba. O sea, su hijo Fadrique. Dicho título se convirtió en regalo de bodas, pues Fadrique contrajo matrimonio en enero de 1562 con María Pimentel, hija del conde de Benavente.
Pero que el duque anduviera por sus dominios de Huéscar arreglando el percal que tenía no era óbice para que Felipe II no recabara su opinión acerca de Flandes. Por eso, al conocer las presiones de los tres nobles para apartar de su puesto al cardenal Granvela, se despachó con estas palabras que recoge Kamen en su obra El gran duque de Alba: «Cada vez que veo los despachos de aquellos tres señores de Flandes, me mueve la cólera de manera que si no procurase mucho templarla, creo pareciera a VM mi opinión de hombre frenético». Con unas ganas que te rilas de dejarlos sin cabeza.
Se mascaba la tragedia…
En su opinión, Granvela no debía abandonar su cargo bajo ningún concepto; porque tarde o temprano veía en Flandes lo mismo que estaba ocurriendo en Francia. Tonterías, las justas. Lo apoyó hasta el final. Incluso llegó a oponerse a que Felipe II se reuniera con Catalina de Médici. Vamos a dejarnos de gilipolleces, le vino a decir. Y ni que decir que la decisión del conde de Egmont de venir a España le sentó como una patada en la entrepierna. Finalmente, su majestad, tras meditar mucho el asunto, optó por la retirada estratégica del cardenal, quien salió de Bruselas en 1564 con la excusa de visitar a su madre enferma para poner rumbo a Besançon. Marcha que, en absoluto, sirvió para arreglar el avispero que empezaba a ser Flandes.
Lamoral de Egmont vino a España en febrero de 1565. El artífice de las victorias de San Quintín y Gravelinas se alojó, por petición propia, en la residencia de Ruy Gómez de Silva. Y venía con ganas de cachondeo. A saber: más participación de los nobles flamencos en el gobierno de Bruselas y una moderación de las leyes contra la herejía. Conservaciones en Madrid hubo unas cuantas, y parece que se marchó contento. Cuando decidió regresar a Flandes a comienzos de abril de 1565, lo hizo pensando que sí, que Felipe II haría concesiones y las cosas cambiarían un tanto. El 13 de mayo, su majestad escribió a su hermanastra Margarita para que diera matarile a seis anabaptistas que le habían remitido una petición de clemencia. Fue llegar a Bruselas el conde de Egmont y decir aquello de emosidoengañado. En consecuencia, los nobles flamencos se pusieron como tales y decidieron protestar a lo grande. Tanto, que Margarita, desbordada no lo siguiente, escribió a su hermanastro para decirle que el comité encargado de dar el visto bueno a la ejecución elegido por su majestad había decidido suspender la ejecución. Ahora vas y lo cascas.
Se mascaba la tragedia… Que no tardaría en llegar.
Pero, antes, la semana que viene nos daremos una vuelta por Bayona. Esa hay que contarla también.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.
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