Este marte que ya huela a cerrar el año os traigo un relato a a algún abuelo les va a sonar mucho, aviso klinex cerca.
Nubarrones de tormenta
Olía a tierra mojada. Desde pequeño, siempre le había gustado ese olor, ese aroma a campo, a hierba fresca, a mies, a libertad.
Paco salió al patio y miró hacia el cielo. Se veían nubarrones de tormenta, nubarrones de dolor infinito, de odio, nubarrones de miedo.
Sus hijos le observaban desde el ventanal del salón, sin entender por qué su padre salía al exterior con esa valentía inusual. Ellos no conocían los campos de trigo, ni la fragancia del heno recién cortado, ni el frescor del botijo y del agua con sabor a gloria en las calurosas tardes de agosto.
Teresa, su mujer, sentada en el sillón, resignada ante lo que estaba por llegar, tenía la mirada perdida.
—Deberíamos marcharnos —dijo Pablo, el hijo mayor, intentando hacer reaccionar a su madre.
El silencio siguió instalado en el salón.
—¡Madre! —le gritó Alberto, con el rostro descompuesto.
Llegó un camión con lonas verdes, lleno de soldados y, a golpe de fusil, empujaron a Paco, ante la mirada impotente de los muchachos.
Teresa comenzó a temblar y, a pesar de las quejas de Alberto, que quería salir a ayudar a su padre, los condujo hacia una trampilla situada en el suelo de la cocina y les obligó a entrar en ella. Después, sin miramientos, la cerró y colocó encima la mesa, sentándose con tranquilidad a pelar patatas. Sabía que los chicos estarían gritando, sin embargo, el zulo estaba bien insonorizado.
Los soldados entraron en la vivienda y la encontraron cuchillo en mano.
—¿Hay alguien más en la casa? —preguntó el que parecÍa estar a cargo del pelotón.
—No.
—Registradlo todo —ordenó con severidad.
Ella siguió con su faena, sin inmutarse. El jefe la miraba con seriedad. Se sirvió, sin pedir permiso, un vaso de agua y continuó con el escrutinio.
—¿Está usted sola? —la preguntó con tranquilidad.
—Mi marido está en la entrada —dijo con sarcasmo.
—¿Y sus hijos?
Teresa se cortó ligeramente en el dedo con el cuchillo y la sangre, como un oscuro presagio, comenzó a brotar.
El soldado, le tendió el trapo de cocina, para que se limpiara.
—¿Y sus hijos? —repitió la pregunta con exasperación.
—Marcharon a la ciudad hace dos días.
Los que habían estado registrando la casa entraron en la cocina y negaron con la cabeza.
—Está bien —hizo una pausa eterna y continuó hablando —. Usted y su marido se vienen con nosotros.
—No puedo irme. Ya se llevan a Paco y mis hijos, con tan solo doce y quince, años también se han unido a la causa. Yo me tengo que quedar a cuidar la casa.
—No es posible ¡En marcha! —ordenó con voz firme.
La mujer comenzó a temblar. Si la obligaban a marcharse, los niños no podrían salir del zulo, porque el mando que permitía abrirlo desde dentro, se había quedado guardado en el armario del salón.
Comenzó a caminar hacia la entrada, seguida de los soldados.
—Espere —le suplicó la mujer al jefe—, déjeme ir a por algo de abrigo para mí y para mi marido.
—Suba al camión. Donde va no le hará falta.
Un sudor frío se apoderó de su cuerpo. El miedo atenazó sus entrañas y se puso a temblar. Paco comprendió lo que estaba ocurriendo y tomó a su mujer de la mano para consolarla.
—¡Quizá sea lo mejor! —le susurró en voz baja.
El capitán levantó con decisión la mano derecha y ordenó con calma:
—Quemadlo todo hasta los cimientos.
Un grito desgarrador emergió del corazón de Teresa:
—¡Noooooooo!
El capitán comenzó a sonreír con sorna:
—¿Me dirá ahora dónde están sus hijos?
—Ya se lo he dicho, marcharon…—no le dio tiempo a terminar la frase, porque antes de hacerlo, a su lado oyó un disparo y vio como Paco caía sin vida con un disparo en la cabeza.
—¿Me va a decir dónde están sus hijos? —le gritó entonces, encañonándola con odio.
La casa comenzó a arder ante su mirada atónita. No pudo abrir la boca y a los pocos segundos, se unió a su marido en el suelo. La guerra les pasó por encima y en cuanto a los chicos… bueno esa es otra historia aparte, que quizá algún día merezca ser contada.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el relato con mi voz, recuerda que alguna cosita siempre cambio.
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Te espero mañana con un nuevo relato para despedir el año, no faltes














