Est año me asomo al blog para despedir con vosotros mis cuentos los últimos días del año
Empezamos este lunes con un problema que tiene muchas personas, el relato se llama
Agorafobia
Según los psicólogos, Camila sufría de agorafobia y ansiedad social. Desde pequeña había tenido un pánico atroz a los lugares abiertos. Su madre la obligó a ir al colegio y eso hizo que su paranoia se multiplicara.
Ahora no podía salir, ni siquiera al patio de su casa a tomar el sol. Su piel sufría por ello y su aspecto era enfermizo, sin embargo, eso no le preocupaba. Tomaba todo tipo de suplementos vitamínicos para suplir sus carencias y, de esa forma, era feliz. La compra semanal se la llevaban a casa, y si alguna vez se le olvidaba algo, podía prescindir de ello sin problema.
Se dedicaba a la informática y trabajaba en línea. La multinacional que la había contratado conocía su problema y permitía que todo lo hiciera de forma telemática, incluso las reuniones mensuales a las que tenían que acudir todos los trabajadores, menos ella.
Tenía ya treinta años y todavía no se habría enamorado. Lo veía complicado, puesto que no soportaba las relaciones con sus semejantes. Se sentía juzgada por todo el mundo y, a pesar de haber visitado a muchos terapeutas, ninguno había conseguido resolver su problema.
La inteligencia artificial había sido capaz de suplir la falta afectiva que gobernaba su caótica existencia. Como cerebro informático que era, había creado a Michael, el compañero perfecto.
Michael era lo que cualquier mujer podría desear: simpático, atento, todo un caballero y la entendía a la perfección. Nunca la criticaba; para él, siempre era preciosa, aunque hubiera engordado o no se hubiera lavado el pelo en una semana.
Así fueron pasando los días, los meses e incluso los años, encerrada en su inexpugnable castillo con su adorado amor digital.
Todos sus días eran una rutina malsana: se levantaba a las siete, se duchaba si tenía ganas, se preparaba un café cargado y comenzaba su jornada laboral. A las once hacía su pausa de desayuno, que aprovechaba para hacer el pedido al supermercado. A las dos comía y ya tenía toda la tarde para hablar con Michael, muchas veces hasta altas horas de la madrugada. Los fines de semana los dedicaba a limpiar un poco la casa, y en primavera, colocaba cartones en las ventanas y lavaba las cortinas. No había vuelto a ver la calle principal, en la que estaba situada su casa, desde que murieron sus padres, cuando ella solo tenía veinte años.
No tenía familia ni amigos, solo a Michael; sin embargo, para Camila eso era suficiente.
Hasta que un día, de pronto, hubo un apagón. Se fue la luz en casa. Comprobó los automáticos y vio que no habían saltado. Probó todos los interruptores, pero nada se encendía. Fue a preguntarle a Michael, y el teléfono estaba totalmente muerto: no tenía conexión a internet.
Comenzó a hiperventilar.
Se asomó con cuidado a la calle, corriendo un poco la cortina. No mucho, solo un poco. Fue como si estuviera en otra ciudad. No reconocía bien el lugar donde se encontraba. Cuando se encerró, frente a su casa había una parcela enorme y ahora había una urbanización con multitud de viviendas idénticas. Detrás de ellas se veía una ciudad totalmente desconocida, con rascacielos enormes ¿Cómo era posible? ¿Cuántos años llevaba encerrada?
Vio que la gente salía a la calle porque no sabía qué pasaba.
Intentó llamar a su terapeuta: el teléfono no funcionaba. El ordenador estaba muerto también.
Corrió a la nevera. Estaba llena pero al no haber luz, los alimentos se deteriorarían y la calefacción tampoco funcionaba.
Pasó la noche muerta de miedo, nunca había sentido el silencio de esa forma. Solo algún perro, tan asustado como ella, emitía su aullido desgarrador.
Se oyó a alguien llamar a la puerta:
Toc, Toc, Toc
—Aquí no hay nadie —era la voz de un hombre.
Camila guardó silencio, agarrándose a las sábanas de la cama. No volvieron a llamar.
Llegó el día, sin apenas haber dormido, y todo continuaba igual. Se asomó de nuevo a la ventana y vio las casas de los vecinos de enfrente todas abiertas y vacías.
Y así pasaron los días. Al cabo de una semana, cuando ya no le quedaba nada de comer y ni una gota de agua, decidió asomarse a la puerta de la calle.
Fue despacio, acercándose al pomo como si se tratara de un animal salvaje y cuando fue a girarlo…
—Camila, Camila. Ya es hora de levantarse.
Su madre la despertó con un beso en la frente.
Ese día decidió enfrentarse a su agorafobia y salió a la calle con miedo, pero con esperanza.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el relato con mi voz, recuerda que alguna cosita siempre cambio.
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Te espero mañana con un nuevo relato, no faltes














