Vamos con la segunda parte de…
La Llobera II
—Dijo que era una niña, Vicenta.
—Y una niña es, mírela, ¡qué hasta parece una muñeca!
—Se ha equivocado de casa si piensa que aquí se prospera sólo por una cara bonita: tal vez debería buscarle otro tipo de trabajo, señora de Naveiras.
—Oiga, señora, ni usted, ni nadie me faltan al respeto de la manera. Me pide disculpas o…
Ignoró Llara la discusión entre su tía y doña Dorotea, el ama de los condes. Su ánimo aún intentaba asimilar la magnitud de aquella ciudad, las avenidas repletas de carruajes, de acentos y de gentes de toda España, la visión de opulencia y miseria en rostros y ropajes: había tenido Vicenta que tirar de ella Recoletos arriba, boquiabierta y quieta como una estatua a la visión del palacio de Alcañices, de la Cibeles o del imponente Ministerio de la Guerra. Y después, a pocos minutos a pie desde la diosa, cuando se detuvieron ante la verja de hierro forjado, volvió Llara a abrir los ojos, a ahogar un respingo sorprendido, pues era el palacete de los condes de Revoa un edificio altivo, una perla de blancura impoluta a la luz de la mañana.
Y, sin embargo, una familiar turbación le encogía el estómago. Un desasosiego que no cabía en ese lugar.
“Esas cosas no pasan en Madrid”, se dijo.
Aprovechó Llara la aún encendida trifulca para echar un ojo a la cocina. Limpia y grande, más grande incluso que toda la casona del alcalde del pueblo. Sabía cocinar y no le importaría madrugar o trasnochar para atender los fuegos. Aprendería lo que hubiese de aprender y…
Su instinto fue más rápido que sus ojos; en el espacio difuso que la puerta entreabierta de la cocina intuía, vislumbró una silueta con trazos de ser humano, un brillo de ámbar ahí donde el jirón de sombra habría insinuado el lugar de una mirada. Se sobresaltó Llara, pues la sangre le ardió en las venas y soltó un sollozo inconsciente, casi un gemido.
—¡Niña!
—¡Llara, hija, compórtate!
No dijo nada. Nadie la creería. Dorotea la contemplaba ceñuda y Vicenta extrañada. Balbuceó la muchacha y se retorció las manos; frenó las lágrimas, las palabras, recordando que el salario era bueno, que su padre necesitaba de galenos y tratamientos que devoraban los ahorros de toda una vida.
—Me van a disculpar; me pareció ver un ratón.
—Pero, sobrina, por Dios —respondió su tía, el rostro descompuesto.
—No hay ratones en esta casa, niña. Vicenta, váyase por donde ha venido; hasta le daré para un carruaje de vuelta. Su sobrina no parece la adecuada para…
—¿Qué escándalo es este, señoras?
Se envararon las mujeres mayores y se volvió Llara hacia la puerta. Un hombre alto las contemplaba, más extrañado que molesto, curioso incluso. La calidad del traje, cortado a medida, mostraba claramente que no se trataba de un sirviente. Calculó Llara que rondaría los sesenta, pues ya su cabello era más blanco que oscuro y las arrugas de su rostro eran ya testigos de una juventud agotada y de una madurez asumida con dignidad de hombre y de caballero.
—Disculpe, señor conde —comenzó Dorotea—. Es un asunto de la servidumbre; enseguida ordeno servir el almuerzo. En cuanto…
—¿Es la nueva doncella? —interrumpió el hombre.
—“Era”, señor. Buscábamos una niña y nos han traído a una muchacha sin muchos ardises. Ya se marcha…
—Dorotea —. No cambió el tono, más le bastó un gesto de la mano para acallar a la gobernanta. Fijó entonces su atención en la joven: la estudió con curiosidad, sin mala intención, y, quizás, hasta con cierta tristeza— ¿Cómo te llamas, muchacha?
—Llara —respondió esta, firme, alta la cabeza, intuyéndose en el orgullo de su gesto a la mujer aún escondida en sus modos de muchacha.
—Asturiana—. El rostro del hombre pareció anunciar una sonrisa que se apagó antes de nacer—. Serví años en el norte. Mi esposa era…—. Calló y habló nuevamente a Dorotea—. La chica se queda.
—Señor, me va a perdonar, pero no es prudente. Si fuese más joven…
—Dorotea, la chica se queda, no se hable más —repitió, sin levantar la voz; entonces, en un susurro, añadió—. Él lo quiere así.
24 de noviembre
Luna creciente
Hubo de reconocer Dorotea que la chica era espabilada.
No había que sacarla a rastras de la cama de madrugada, ni conminarla a ejercer las tareas más pesadas; Llara sonreía siempre, asentía y, si tocaba, se remangaba.
Apenas habían pasado diez días desde su llegada a la casa, cuando la gobernanta decidió que la novata no haría un mal trabajo ocupando el puesto de una veterana doncella que guardaba cama por un lumbago; Dorotea misma trenzó el cabello de oro de la muchacha y le colocó la cofia con esmero, en sus dedos la memoria de otras trenzas juveniles que no eran ya sino polvo y recuerdo: las manos de una madre siempre saben de esas cosas, nunca olvidan…
Asumidas las instrucciones, contenidos los nervios, se aprestó Llara a subir al salón principal (“cabeza alta, espalda recta, niña”) Ante el conde y sus invitados podría, por primera vez, demostrar que no sólo servía para la cocina y para fregar los suelos.
El salón lucía como lucían los salones de sus novelas: magníficos, todo luz y señorío. Contó Llara veinte sillas, nueve a cada lado y otro par presidiendo los extremos. Jamás había visto tal derroche de grandeza y no pudo evitar cierta maravilla infantil: aquella estancia era el escenario de un cuento y ella una insignificante polilla gris atraída por la claridad. Su labor era sencilla, pues debía sólo aguardar la llegada de los invitados rozando la pared (“cabeza alta, espalda recta, niña… ¡no te pegues al muro, que no eres un pilar de carga, Llara!”) y, a la hora del servicio, sostener la vajilla para que Inocencio, el mayordomo, pudiese servir los platos.
—Isaac no bajará, Dorotea.
Un pesar cansado rasgaba la voz del señor conde. Poco amiga de cotilleos, intentó Llara prestar atención a los preparativos, a las idas y venidas de las doncellas, pero, quieta junto a la puerta, no pudo evitar la involuntaria escucha.
—Señor, ¿tan mal está?
Silencio. Y después un suspiro.
—Tiene miedo, Dorotea, teme el olor de la carne, el aroma, …el perfume de las mujeres: diré que anda por Bilbao, con las cosas del astillero. A nadie le extrañan ya las ausencias de mi hijo. Es lo que hay —. Sonó la campanilla de la entrada y el tono del hombre adquirió un matiz de falsa animación— .Los Luzón, siempre puntuales; vamos, que no se diga que Sabino Revoa no recibe a sus invitados como merecen.
Fue un buen éxito la cena.
Los ojos de Llara se perdían en el relumbrar de las sedas y las joyas, en el fulgor de las piedras preciosas que adornaban los cuellos de las damas, más pudo atender su tarea con eficiencia y una sonrisa, achacando el nudo de su estómago a los nervios; tal vez la sombra que parecía perfilarse de vez en cuando bajo la puerta era tan sólo restos de oscuridad tras un parpadeo.
El propio conde felicitó al servicio tras el evento y, amable, premió a su gente con una peseta Aferró temblando la muchacha la moneda, pues era aquel dinero una pequeña fortuna para ella. No quiso cenar, excitada por los acontecimientos de la noche y se recogió temprano en la habitación que compartía con una de las lavanderas.
Se desveló de madrugada, la casa callada y sus tripas gruñendo. Su compañera respiraba suavemente, el ritmo del sueño en su aliento; hizo Llara por no despertarla cuando se sentó en la cama, fija su mirada en la pared. Debería haber cenado, que la noche era larga y tendría tarea al alba para terminar de recoger la vajilla. Encogió los pies al sentir el frío del piso, pero se repitió a sí misma que más frío había pasado de nena en el monte con las cabras de doña Obdulia. Como el pasillo de servicio estaba a oscuras, fue la claridad de una Luna ya casi llena, filtrada a través de los postigos encajados, la que, tanteando la pared, guió sus pasos cortos y medidos. No era de natural medroso y no le turbaron los crujidos de la madera, los silbidos del viento; las casas, a su modo, también son cosas vivas.
Las ascuas aún lucían anaranjadas en el hogar. Acercó las manos a la placa de hierro para templarlas y sonrió al descubrir la fuente de los fiambres sobre la mesa. Tenía más hambre del que pensaba, dando por ello buena cuenta de un par de lonchas de carne tierna, sin sentarse siquiera; podría haber comido más, pero consideraba que su ración ya había sido cubierta y no deseaba ser reprendida por Dorotea. Sola por primera vez en mucho tiempo, comenzó a tararear en voz baja, sus dedos siguiendo el dibujo de las vetas de la madera.
Yes igual que la nieve
que cai d’arriba.
Nun lo digo por blanca,
digo por fría…
— Bruja.
Se incorporó con rapidez, torpemente. Cayó de espaldas, enredados sus pies en los bajos del camisón. Se volvió, gateó para incorporarse, arañó el suelo de piedra. La sangre le quemaba, el corazón golpeaba, gritaba casi en la jaula de su pecho. La silueta de un hombre de ojos ámbar se acercaba…no, no era “hombre” aunque vistiese la sombra de uno, aunque caminase como tal. No era “hombre” su nombre: lobisome, llobu cerval, maldito, inhumano al fin. Llara se alzó, por un instante ella toda blancura, un faro de luz en el oro viejo de su cabello y esmeralda en su mirada, y corrió hacia el refugio de su alcoba.
No vio que el hombre extendía la mano para alcanzarla, no sintió el tirón en las raíces de su pelo.
No supo que siete de sus cabellos habían quedado prendidos entre los dedos de la sombra.
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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La próxima semana descubre un nuevo episodio.














