‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Ponga una inglesa en su vida»

Capítulo 24: ponga una inglesa en su vida

1553. Con cuarenta y seis palos a cuestas y arrastrando lo de Metz, que aquello fue hors catégorie, don Fernando Álvarez de Toledo se encontraba vencido como un viejo que pierde al tute, como canta el Maestro Sabina. Para colmo, su hacienda estaba tiesa como la mojama de tanto gasto como había tenido que afrontar para mantener el estatus que le correspondía como Grande de España, en especial del viaje de Felipe —el futuro Felipe II— con la L a cuestas como conté en entregas anteriores. Así que venga a darle vueltas a la cabeza con qué herencia iba a dejar a sus churumbeles, etc. Tenía que encontrar algo sí o sí con lo que entretenerse. Valga como ejemplo esta frase que escribió a su secretario Eraso y que recoge William S. Maltby en su biografía El gran duque de Alba: «Te prometo por la fe de caballero y te juro por el Sacramento que mi casa y mis tierras se encuentran en tales condiciones este invierno que he visto con mis propios ojos que será imposible que se recuperen en toda mi vida y en la de mi hijo». Pues eso.

Y, en estas, va y se muere Eduardo VI en Inglaterra con apenas quince palos. ¿Y quién tenía más derechos al trono? María Tudor, hija de Catalina de Aragón y nieta de los Reyes Católicos. Una gran admiradora del emperador Carlos V, como la describe Manuel Fernández Álvarez en su biografía El duque de Hierro; pues siempre lo vio como un protector cuando su padre, Enrique VIII, la tomó con ella, y vamos a dejarlo ahí. ¡Y estaba soltera!

¿Y quién lo estaba también?

La situación era la siguiente: no es que se le hubiera pasado el arroz —andaba cerca de las treinta castañas del siglo XVI—, pero las cosa estaba ahí, ahí; y tampoco es que fuera muy agraciada. Y vamos a dejarlo también ahí. Pero era reina. Punto. Todo Dios comenzó a jugar sus cartas para conseguir que alguno de los candidatos existentes —desde Viena a Lisboa— se convirtiera en rey de Inglaterra. Quien mejor supo jugar las suyas fue el emperador Carlos, que para eso la que iba a convertirse en reina de Inglaterra era prima carnal. Convencido, y con unas ganas que lo flipáis de forjar una alianza entre España e Inglaterra para darle en los morros a Francia, como apunta Henry Kamen en El gran duque de Alba, mandó para Londres a uno de sus expertos diplomáticos, el borgoñón Simón Renard. Para colaborar con la causa, su hermana María, reina viuda de Hungría, envió a María Tudor, con la que tenía una relación de lo más cordial, un retrato de su sobrino Felipe; y que no era otro que el pintado por el gran Tiziano cinco años atrás.

Ahora, imaginaos: María Tudor con ese retrato en sus manos, mirando embelesada ese príncipe de cuerpo entero gallardo no lo siguiente, y esa imagen de altivo guerrero que te rilas. Había que corresponder, claro, y como se pregunta Manuel Fernández Álvarez, «¿fue entonces cuando María de Hungría envió a María Tudor a su pintor preferido, Antonio Moro, para que la pintara en aquel cuadro en que se la ve sentada en un sillón regio con una flor roja en la mano?». Si no lo conocéis, os lo describo: reina posando con tímida sonrisa —o eso parece— «como pidiendo perdón por su presencia», como dice el profesor Fernández Álvarez. Ahora, comparadla con la descripción del cuadro de Felipe pintado por Tiziano, que por entonces rondaba los veintiún palos. Y María Tudor dando palmas con las orejas, y vamos a dejarlo ahí.

En consecuencia, boda a la vista tras cerrar Renard las negociaciones que ni Speedy González.

Peeeero…

A Felipe ya le habían concertado matrimonio con la princesa María de Portugal, hija de su tía Leonor de Austria —quedaos con su nombre si no la conocéis. Los que sí, para qué deciros más—. O sea, una muchacha más joven que le había entrado por los ojos a Felipe más que la otra. Con lo que eso suponía, pues no hay que olvidar que era hija de otra portuguesa, la emperatriz Isabel.

Pero estaba el patio como para contrariar al emperador, y más con lo que pasó en Metz. «Cierto es que algunos apuntaban a que Carlos debía ser el pretendiente y no su hijo», escribe Fernández Álvarez al respecto. Ya en el protocolo firmado en 1522 entre Enrique VIII y el emperador quedaba claro que éste tenía que casarse con la Tudor; pero como tenía seis años por entonces lo acabó haciendo con Isabel de Portugal.

¿Y ahora? Pues tampoco estaba Carlos para muchas coplas, para qué nos vamos a engañar. Que sí, que estaba viudo y tal, pero no; y lo que más ansiaba era asegurar el futuro de su hijo. Y también había que deshacer lo estipulado con la corte lisboeta, pero entre una princesa y una reina, como que no hay color, ¿a que no? «Aunque sea vieja y fea, como nos indican los hombres de su tiempo», como dice Fernández Álvarez. Con un par. Carlos V dio por ultimada la negociación matrimonial entre su hijo y la reina inglesa, y eso que otras cortes europeas hicieron todo lo que pudieron para impedirlo.

Así que, en 1554, se organizó el viaje de Felipe a Inglaterra para casarse con María Tudor acompañado de lo mejor de lo mejor de nobles y damas de su corte, quedando su hermana Juana como regente. Entre ellos, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel acompañado de su señora, la duquesa María Enríquez. Si bien ésta no estaba muy allá para meterse en esos jaleos y, como he dicho al comienzo de este capítulo, el duque estaba más tieso que un palo, «como hizo durante toda su vida, el duque antepuso sus obligaciones a sus intereses […] “Yo acompañaré a su Alteza. Ya son diez y ocho veces que tengo hecho este camino de España allá y de allá acá sobre, y lo que he sacado de todas ellas ha sido vender 20.0000 ducados de renta de mi mayorazgo. Ya son tantas las veces las que tengo dicha mi imposibilidad que quiero callar de aquí adelante», recoge Kamen al respecto.

A mediados de julio de ese año, la representación española, que más que representación parecía una fuerza invasora —con una escolta militar que rondaba los 6000 soldados—, compuesta por cerca de 70 grandes barcos y diversas embarcaciones más pequeñas, más una escolta de treintas naves armadas que navegaba a retaguardia, desembarcó en Southampton bajo una lluvia que lo flipáis, de tal manera que Felipe tuvo que cambiarse para conocer a su futura esposa y se agarró un catarro del copón. La primera, en la frente.

Y llegó ese primer encuentro…

Que dejamos para la semana que viene.

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones entre el texto y el audio.

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@VictorFCorreas

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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