Es tiempo de conocer a Inés o tal vez no.
PARTE 6 Y FINAL
—Nunca te pregunté cómo lo sabías.
—¿El qué?
—Mi nombre. En el patio de mi casa, allá en Estella. Cada vez que pensaba en ti no dejaba de preguntármelo. Algo descortés para un caballero, muestra de poca educación en un niño, más nunca nos presentamos.
Las finas arrugas que se formaron alrededor de los ojos de Inés rompieron la antinatural tersura de su rostro.
—No busques nada de sobrenatural en ello: la mujer que te acompañó al patio lo pronunció antes de dejarte ahí fuera, a mi merced, en medio de la noche. No buscaba nada en tu hogar esa tarde y bien pude haber desagarrado tu cuello, tomado tu sangre y añadir más dolor a los tuyos. Me frenaron tus ojos, “pequeño” —confesó—. Cuando comenzaste a hablar, cuando te quedaste y me miraste en lugar de huir: los ojos de alguien que me fue más querido que la propia vida.
—¿Un hijo?
-Hay más amor en el mundo que el de una madre.
—Ah, un hombre —. Y, por Dios, que el fuego de los celos le quemó el pecho.
Ella suspiró, reconociendo en el rostro del sacerdote al niño que una vez conoció. De pronto, los dedos de la mujer oprimieron con fuerza su mano.
—Bien, Hernán, ya sabes lo que soy. Sabes que aprovecho la enfermedad y el dolor para subsistir, para que mis muertes se confundan con las causadas por la epidemia. Conoces el nombre de la esencia que alimenta mi alma. Sé que has impedido que otros condenados se alzasen de su tumba, que has velado por su descanso eterno, por la salvación de sus almas. Sé que no ignoras que hay un mundo más allá del velo de la razón. Algunos podéis verlo; otros hemos de esperar a la condena o al perdón para conocer de su existencia —. Su voz se apagó y tornó más íntima que la de una amante. Felina, acercó el cuerpo, el pálido rostro al del hombre— Si tú lo quisieras, pondría fin a tu tormento ahora mismo.
Hernán extendió la mano libre para rozar el perfil de sus mejillas. Era real, desgarradoramente hermosa y terriblemente familiar, como el poso de un sueño al despertar.
—Señora, quizás volvamos a encontrarnos en otra vida, en otras circunstancias. Tan sólo quiero que te quedes conmigo hasta que se cierren mis ojos, por favor.
—Hernán…
—¿Tú lo elegiste? —cortó— ¿Lo que eres?
Los recuerdos transformaron el rostro de la dama. Conocedor del sino de doña Inés de Vega, de su historia, leyó la verdad el sacerdote en los sutiles cambios de su expresión.
—No —susurró con la cabeza gacha.
—Yo no lo ansío, Inés, más te lo agradezco. Quédate, por favor; nadie debería irse solo de este mundo.
La inmortal tan sólo asintió: ¡si él supiera que durante treinta años no le había perdido el rastro…que nunca había estado solo!
Pues por ventura, tal vez por la mano del mismo Dios, había descubierto en los ojos de aquel niño la mirada, la voz y las palabras de aquel que cuyos huesos, ya polvo, descansaban bajo un sepulcro de piedra medio vacío. Había creído entonces en milagros, ella que era al tiempo aberración y, si, también milagro.
¿Podría esperar otra eternidad? ¿Otra decena de vidas?
Acarició el cabello del hombre, los mismos rizos, las mismas formas que conociera de memoria. Quizás sí, en otra vida, él reconocería de nuevo el tacto de sus manos.
—Otra vida, dices, Hernán, otra vida —. Alzó la mano del moribundo hasta rozar la piel ya apenas tibia con sus labios fríos, sintiendo el leve palpitar de un corazón bajo las yemas de sus dedos—. Sea, esposo mío, alma mía. Nos encontraremos en otra vida.
Durante muchos años, flores frescas adornaron a diario el humilde nicho del padre Hernán de Soto. Todas las mañanas, una florista, una niña que envejeció con el siglo, cambiaba los claveles ya cabizbajos por otros lozanos, recién cortados, fuese o no temporada. Había sido un buen hombre, y además de noble linaje, pues, todos los años, al oficio por el eterno descanso de su alma, acudían su hermana, dama principal de la corte, junto a sus sobrinos y algunos compañeros de la orden; si, sin duda, hubo de ser doña Águeda la que, hasta el final de sus días, se ocupase de mantener frescos aquellos claveles en recuerdo de su hermano.
El tiempo pasó. Las flores continuaron. Y días oscuros de guerra y muerte asolaron las calles de Madrid.
Una noche de noviembre, más de medio siglo después, las llamas, la locura, tomaron el que fuese el hogar de Hernán y sus hermanos de Fe. En busca de unas alhajas que nunca existieron, en nombre de la locura, de la sinrazón, se profanaron tumbas, se arrancaron huesos del abrazo de la tierra. Aquel nombre, el tal Hernán de Soto, lucía una lápida de mármol y flores frescas, claro signo de riqueza. Ya de por si la piedra era buena, así que los malnacidos hicieron por no quebrarla antes de revelar al mundo que la tumba se hallaba completamente vacía, sin restos de madera podrida o de huesos blanqueados por los años. Vacía, absolutamente vacía.
…el tiempo, la vida y la muerte, pasan y, quién sabe, quizás en la mesa de alguna tasca de Lavapiés aún puedan intuirse, gastadas por el tiempo, las letras que conformaron el nombre de Hernán…
…el tiempo, la vida y la muerte, pasan y, tal vez, al final, sólo quedan el amor y un nombre de mujer…
Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.
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Te espero la semana que viene con un nuevo oficio de tinieblas.













