«Oficio de tinieblas» por Pilar Rodríguez (@PilarR1977): «Inés» (III)

Estamos en el ecuador de este oficio de tinieblas

PARTE 3

Pocos días después, con la tierra que cubría el féretro de su madre aún fresca, la enfermedad comenzó a extenderse.

“Cólera”, decían. Gente sana al alba, febril al mediodía, sin vida al ponerse el sol. Vacía ya la casa, retornado su padre al frente, Hernán y Águeda, nueva señora, enfrentaban el delirio escudados tras las cortinas de hilo. Ni un alma en las calles, sólo el paso rápido de los galenos, el crepitar pesado de los carros cubiertos con gruesas capotas bajo las cuales se adivinaban malhadadas formas humanas. Apenas dos semanas antes, las manos de su madre, la voz severa de su hermana, habrían ocultado a los ojos de Hernán el tétrico desfile: pero su madre no estaba y Águeda había de procurar cuidado y alimento a su hermano hasta el regreso de un padre destrozado.

Algunas tardes, ya vencido el día, Hernán distinguía entre las sombras la figura delgada de una mujer. A veces, la dama continuaba su camino; otras, sin embargo, sus andares reposados se detenían al otro lado de la calle, frente a la casa que aún lucía agotados crespones negros en los vanos. Durante un segundo, cuando los últimos rayos del sol se desprendían ya de las fachadas y la negrura y el silencio tomaban el mundo, la dama alzaba su mano, dedos largos y esbeltos enfundados en cuero, y saludaba a Hernán antes de seguir su camino. No se preguntaba el niño cómo la mujer le sabía oculto tras las cortinas: simplemente, ella lo sabía. Quizás, se decía Hernán, ella también vería su silencioso saludo, su suave movimiento de cabeza, sus dedos intentando alcanzarla…

Los muertos no vuelven. Los recuerdos se tornan difusos día a día, año a año.

El amor desaparece y no se encarna nuevamente.

Simplemente, ella lo sabía.

Y, sin embargo, por mucho tiempo, acudió a aquella calle, a aquel hogar doliente.

Protegida por las sombras, presenció cómo volvía a reír, a jugar como el niño que era. Vio como lloraba la muerte de un padre en la batalla, también demasiado temprana. Fue testigo de su partida hacia la capital, dispuesto a labrarse un futuro, pues demostraba inteligencia, honestidad y gallardía a pesar de su juventud.

Observó turbada cómo se convertía en un hombre de ojos pardos y dulces, una mirada familiar, una mirada que, antes de encarnarse en Hernán, ya había conocido este mundo.

Y, un día, ya en Madrid, dejó que él la viese por última vez. O le dejó creer que había sido la última vez.

Ella siempre estaba a un suspiro de sus pasos.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

🎧🎙👇

La próxima más sobre Inés.

@PilarR1977

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About Galiana

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