‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «Con la L a la espalda» (2)

Capítulo 19: Con la L a la espalda (y 2)

Dejamos en el capítulo anterior al futuro Felipe II camino de Barcelona para embarcarse en un viaje cuyo destino era Bruselas. A su lado, como mayordomo mayor de su casa, iba el tercer duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. Recordemos el objeto del viaje: que la peña pusiera cara a Felipe II, enclaustrado en el corazón de su Castilla y de allí no lo sacaba nadie. «Eso sí, el protagonismo del duque de Alba resulta evidente en aquel viaje. Lo hemos de ver en las solemnes entradas en las ciudades como en las suntuosas fiestas que se organizan a lo largo de aquel recorrido principesco», relata Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro. Como dicen en mi pueblo —Valverde de la Vera, Cáceres. Precioso no, lo siguiente—, le gustaba estar en el plato y en las tajadas.

He dicho que el joven Felipe se dirigía a Barcelona para embarcar con destino a Génova. Toca detenerse en el viaje, que Fernández Álvarez califica como «accidentadísimo» en el que quien sufriría «y no poco» sería el duque de Alba. «A ninguno de cuantos van en esa galera hacen tanta impresión la mar como al duque de Alba que lo ha tratado muy mal cualquier tiempo que haga», explicaba Gonzalo Pérez, secretario de Felipe y padre de un persona que, años después, daría mucho de qué hablar: Antonio Pérez. Quédate también con este nombre.

La mar se cebó con el duque, al que tomar sus cosas y ponerse a navegar como el protagonista de la canción de Perales le hacía la misma gracia que una patada en la entrepierna. Pero en tierra… la cosa cambió. Que si agasajo a Felipe por aquí, agasajo por allá, chu, chu, chu, chu, en los que siempre había un sitio para el tercer duque de Alba, a su verita. Así, dice Fernández Álvarez, «era frecuente que el príncipe pasase al aposento del duque de Alba cuando se trataba de ver algún espectáculo, como cuando en Milán se hizo un torneo de soldados españoles». Cuarto —¡ay, pájaro!— «teniendo asomadas a la ventana del cuarto contiguo a las más hermosas damas de Milán, cuya belleza atraía más la atención que el mismo espectáculo». Insisto: Felipe, con veintiún palos de almanaque. «El primero que salió a danzar fue el príncipe, que lo sacó una dama, la más hermosa de las italianas…». Puntos suspensivos, como en Mamma mía. Quien la haya visto comprenderá el significado. Felipe a lo Desmadre 75 —grupo de música de finales de los 70, para los de la LOGSE y planes educativos posteriores— y su padre —o lo que quedaba de él— esperándolo en Bruselas.

Porque no hay que olvidar que el viaje emprendido tenía una finalidad política, que era promocionar su figura como futuro señor de la Cristiandad. Eso suponía alcanzar un acuerdo con la otra rama de la Casa de Austria, la de Viena; y romper la resistencia del padre (Fernando) y del hijo (Maximiliano. Sí, el regente mientras Felipe estaba a lo suyo. Por cierto: se había convertido en yerno del emperador al desposarse con su hija María). Las negociaciones iniciadas en 1550 no concluyeron hasta bien entrado 1551 con un acuerdo familiar que regulaba la sucesión al trono imperial alternándose los miembros de las respectivas casas. O sea: cuando Carlos cerrara sesión, el trono lo ocuparía su hermano Fernando, y cuando éste la amochara sería Felipe quien lo reemplazara para, una vez desaparecido, ocupar su lugar Maximiliano. Más o menos. El acuerdo sentó a la parte vienesa de la familia como al duque de Alba navegar. Lo mismo. Luego la cosa acabó como acabó, pero esa es otra historia.

Cuando Felipe llegó a Bruselas se encontró con lo que quedaba de su padre; que, la verdad, daba cosica verlo. Lo que vio en la cámara personal del emperador en Bruselas en 1549 le llegó bien hondo; y le hizo entender que el cierre de sesión paterno estaba a la vuelta de la esquina. Por cierto, la presencia de Felipe en aquellos lares dio a entender a la corte bruselense —y es algo que se puede encontrar en la documentación que se guarda en el Archivo de Simancas, como refiere al caso Fernández Álvarez— que la ventanilla a la que acudir para saber qué había de lo de cada uno o simplemente para pedir una gracia era la de Felipe, y no la de Carlos, y su entorno castellano.

Julio y agosto se dedicaron a recorrer las provincias más meridionales de los Países Bajos, y después Felipe viajó hasta Amberes y Rotterdam, donde el duque rindió sus respetos a Erasmo. Luego, desde allí, deshicieron el camino regresando por Alemania, etcétera. Que ya me cansé bastante consignándolo todo a la idea.

Que Felipe tenía unas ganas locas de regresar a Castilla lo prueba este precioso párrafo —no tiene desperdicio— que William S. Maltby dedica a este particular en El gran duque de Alba: «Felipe detestaba los viajes, no soportaba la bebida y tendía a desmayarse en los torneos». Normal que «los habitantes de los Países Bajos le hallaran desdeñoso e insignificante, y él a su vez quedó con la impresión de que eran muy dados a la bebida y vulgares». Dale a tu cuerpo alegría, Macarena…

Periplo que sirvió también al duque de Alba fue cerciorarse de que la etapa del padre había terminado y con quien había que llevarse bien para que no hubiera hondonada de hostias como en Airbag era con el futuro Felipe II. Y si algo anhelaba el duque, como refiere Fernández Álvarez, era «conseguir su favor, que sería la señal de que era el nuevo hombre fuerte de la monarquía»; pues —prosigue el profesor—«[el duque] era ambicioso, pero además creía que había hecho méritos suficientes para conseguir tal puesto».

Peeeero….

Felipe no era su padre. Que sí, que sentía una admiración que te cagas hacia él y demás, pero prefería rodearse de los suyos, como es el caso de Ruy Gómez de Silva, el futuro príncipe de Éboli. Maltby refiere que «Alba había sido una figura casi familiar para Felipe desde que éste tuvo uso de razón» y el duque, veinte años mayor, «se consideraba mentor del príncipe. Si Felipe le aceptaba casi siempre como tal, era debido a que en su interior le asociaba al emperador». ¿Recuerdas cuando, en el capítulo anterior, Carlos V dictó al duque las famosas Instrucciones para su hijo? Razón de más para que Felipe recurriera al duque como faro, pero también como conocedor del pensamiento paterno. Pero tanto va el cántaro a la fuente… Que terminó cogiéndole una ojeriza al duque que lo flipas. Y, por medio, personajes como Ruy Gómez de Silva, cada vez más próximo al futuro Felipe II.

Por consiguiente, «puede decirse que la rivalidad entre esos dos bandos cortesanos, el encabezado por el duque y aquel otro vinculado al ministro portugués, es entonces cuando se deslinda con toda claridad», explica Fernández Álvarez. Unamos a esto que, como es lógico, el duque reclamó qué había de lo suyo tras tirarse tres años yendo de acá para allá tras el futuro Felipe II. Dame argo, payo, etcétera. En carta enviada a su padre le pide que se le den los dineros que pedía pero no por considerarlo justo, sino «para tratar que se le contentase por esa vía» —un dale lo que pide y que deje de tocarme las narices en toda regla—. Que ya existía una fisura entre ambos personajes lo muestra el hecho de que Felipe pidiera a su padre que se le pagara al duque lo que reclamaba «para no tener con él más importunidades de las que he tenido».

¿Qué hizo el duque? Abandonar la corte para regresar a Alba de Tormes más caliente que el palo de un churrero. Y va Gómez de Silva y le confiesa al secretario Eraso al respecto de esta manera de proceder: «El duque anda descontento y no tiene razón» básicamente —continua la confesión— porque quería tener todo el poder en sus manos: «El Príncipe le hace harto favor y le da parte de todo lo que hay, sin faltar nada, y lo de su Casa lo comunica con él».

Tiene una pinta la cosa…

Y espera a conocer bien a Ruy Gómez de Silva…

Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones.

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@VictorFCorreas

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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