Capítulo 17: la pedrea de Alemania
Refresquemos la memoria, que la última vez que repasamos la vida de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel lo dejamos en Alemania con las hostialidades desatadas contra los levantiscos príncipes protestantes alemanes. De eso hace dos meses casi. Vacaciones, etcétera. Pues seguimos en Alemania, que no panda el cúnico, que decía el Chapulín Colorado; que quedaban algunos flecos por rematar, como en las operaciones que emprende mi Atleti. Y uno de esos flecos era la orden del emperador de apresar a Juan Federico de Sajonia, uno de los principales cabecillas de aquellos príncipes por aquello de «muerto el perro, se acabó la rabia», como dice Carlos V al comienzo de mi novela Mühlberg —pausa para la publicidad. Porque yo lo valgo—. Como bien dice Manuel Fernández Álvarez en El duque de Hierro, de sus tres aliados en la Guerra de Esmalcalda —su hermano Fernando, el duque Mauricio de Sajonia (hereje a más no poder. Por el interés te quiero Andrés) y el duque de Alba— éste «era el soldado seguro y bien probado».
En definitiva, “duque, sus y a por él”, que hubiera dicho el emperador. O lo que es lo mismo: que apresara y pusiera a buen recaudo al príncipe elector, y ya de paso también rematara la faena con Felipe de Hesse, el otro cabecilla protestante y —ojo al dato, que diría el mejor periodista que ha parido y parirá este país— también suegro de Mauricio de Sajonia. Ole, ole y ole.
Claro que para lo primero no hubo que esperar demasiado, porque Juan Federico fue hecho preso tras una absurda e incomprensible huida a caballo —pesaba como 120 kilos más la armadura de hierro que portaba aquel día. Bastante hizo el animal—una vez sus ejércitos fueron derrotados en la Batalla de Mühlberg. Y allá que se fue el de Alba con su preso para mostrárselo al emperador y, así, se quedara tranquilo; que ya no iba a dar más guerra. Aquí hay que destacar que Juan Federico se había choteado de Carlos V antes de la guerra todo lo que quiso. Todo lo contrario ocurrió cuando fue llevado ante su presencia por el duque. «Poderosísimo y graciosísimo Emperador. Yo soy vuestro prisionero», recoge Fernández Álvarez; a lo que Carlos V respondió: «Agora me llamáis Emperador; diferente nombre es este del que me solíades llamar». En libre interpretación: antes me ponías a caldo y ahora, aquí delante, te vas por la patilla. Tras el encuentro, el emperador ordenó al duque que apartara de su vista a Juan Federico; quien, a su vez, se lo entregó a Alonso Vivas, uno de sus maestres de campo.
¿Por qué? Porque todavía había que apresar a Felipe de Hesse. Viendo el percal, éste tardó menos o nada en entregarse para ver si, así, rascaba algo de misericordia imperial. En su caso, al no haber sido apresado en el campo de batalla, confiaba en que Carlos V, ensoberbecido con la victorial y tal Pascual, lo dejaría libre de todo cargo. De todas formas, lo único que le había prometido antes de dar el paso es que le respetaría la vida, que no es poco. Convencido entre otros por su yerno, Mauricio de Sajonia —que probablemente no se olía la tostada. Luego reveló su verdadera faz—, aceptó la invitación para cenar que le hizo el duque de Alba en su alojamiento de Moritzburg según relata William S. Maltby en El gran duque de Alba. Felipe de Hesse dando palmas con las orejas. Libertad y gañote by the face. Hoy puede ser un gran día, que canta Serrat.
La forma en que el duque lo apresó no hizo ni pizca de gracia en Alemania —y mira que no la tienen se miren por donde se miren—. En lugar de tomar el pan como ocurre una vez acabada la Santa Cena, «estuvieron un poco hablando, y siendo ya hora, dijo el duque al Landgrave [Felipe de Hesse] que había de quedar allí aquella noche con guarda». ¿Cómo reaccionó el otro? Versión más diplomática: «Turbose mucho el Landgrave oyendo esto…», dice Fernández Álvarez; lo flipó en colores, aporta servidor de todos ustedes.
Total, que Fernando Álvarez de Toledo encomendó a don Juan de Guevara, capitán del Tercio de Lombardía, que se encargara del prisionero. Muerto el perro…
En definitiva, una muestra de la gran confianza del emperador hacia el duque, pero también el comienzo de la leyenda de carcelero inmisericorde de altos personajes de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel.
Ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones.
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