«Dos noches con Helena I», por María de Xacobe (@iafrida_m): «El último cigarro»

Desde hoy y hasta el lunes te voy a acompañar con un relato, «Dos noches con Helena» espero que te guste.

El relato lo he dividido en cinco episodio. Cada uno lleva un título diferente y una ilustración distinta para que te sea más fácil identificarlos. El primero es: El último cigarro

El último cigarro

Mi madre, mujer devota donde las haya, siempre me dijo que era un descarriado y una desgracia de hijo. Sé que eso era sólo consecuencia de que, aquí, servidor, se trataba del único hombre de la casa que tenía los suficientes cojones para decirle lo que nadie se atrevía: que era una bruja avariciosa, hipócrita y una lengua viperina.

Por ello, en cuanto pude, para gran alivio de la venenosa de mi madre, me fui de casa y así, sin oposición, pudo continuar con su reino tiránico.

Si ahora me viese no haría sino reafirmarse en su convicción. Pero, ¿a quién le importa la opinión de esa vieja harpía? Menos teniendo en cuenta que mi vida se consume al mismo ritmo que el último cigarro que me afano en saborear, antes de que el infierno me reclame.

Mi único deseo es que todo aquel que en algún momento me apreció, aunque no fuese más que en una timba de mus, alce su copa y brinde por mí, ya que abandono este mundo habiendo devorado cada día que en él permanecí. No muchos tienen el placer de entrar en la tumba diciendo: «he vivido».

Fue anteayer, sábado diez de abril de 1955, cuando todo comenzó. Volvía yo del barrio chino, a esa hora imprecisa que antecede al amanecer; un cigarro en mi boca y el cansancio en mi cuerpo.

Atisbé en un callejón a dos tipos vaciando los bolsillos de un incauto lechuguino. Saqué mi gabardina y la arrojé a un lado. Inhalé un poco de humo y, sin pensarlo más, me lancé a correr contra ellos.

No me malinterpreten, lo que me movió no fue la caridad. Es simplemente que nunca pierdo la ocasión de participar en una buena pelea.

Tengo una izquierda demoledora, la cual nadie suele ver venir. No fue diferente esta vez. Hubo intercambio de puños. Recibí lo mío, no se crean, sin embargo, repartí más de lo que a mí me tocó.

Aquellos raterillos del tres al cuarto pronto pusieron pies en polvorosa.

La comisura de mi labio sangraba. Me pasé la muñeca por ella mientras reía. No sentía dolor, tan sólo la emoción de la victoria recorriendo mis venas.

Aquel tipo al que había ayudado se había caído de culo y apoyaba la espalda contra la pared. Su rostro estaba lívido. Debía de haberle impresionado mucho el verse así atacado. A mí me dio la risa la situación. Le tendí la mano y le ayudé a incorporarse.

—Levántese, hombre. Vamos, le invito a una copa.

Tomé mi gabardina; mientras me la ponía, me fijé en que el otro proseguía taciturno y cabizbajo. Mi sombrero había desaparecido, lo más probable es que me lo hubiese dejado olvidado en el prostíbulo. Me frotaba la frente pensando en ello, cuando vi que aquel hombre alzaba la cabeza y fijaba su mirada en la mía. Advertí cómo se miraba las costillas, en donde una de sus manos reposaba. Al alzarla dejó al descubierto la sangre que de ella manaba.

En ningún momento había advertido yo que en la contienda se usasen navajas, pero allí estaba aquella enorme herida que evidentemente no había sido causada por un puño.

Mi primera reacción fue querer llevarlo a un hospital, de lo contrario no sobreviviría a esa noche.

Sus trémulos dedos se asieron a mi manga. Estaba débil, muy débil, tal parecía que hacía varias horas que se hallaba herido.

—Helena. Sólo usted puede salvarla. En la plaza de abastos. Dígale que no se fie del «Predicador». —Su voz temblaba, igual que sus manos, al deshacerse el nudo de su llamativa pajarita azul, la cual me colgó al cuello—. Llévela así, sin anudar, ella le reconocerá

Tardó segundos en desvanecerse. Ni siquiera abrió los ojos cuando la ambulancia, la misma que yo había llamado, llegó.

Desde una esquina de la calle observé cómo se lo llevaban. No sé si llegó a sobrevivir, jamás se me desvelará ya.

En aquel momento sólo quería desaparecer e irme a dormir. Mi intención era llegar descansado a la plaza, antes de zambullirme de lleno en ese asunto tan turbio por el que un hombre había recibido cuchilladas en las costillas.

Se lo he advertido al principio, me gustan los problemas. Además, existía una doncella cuya vida dependía de mí. No iba a fallarle.

Mañana segundo episodio

María de Xacobe

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