Emociones de la vida de @atelierdelavida III: «Cruce de caminos» (para leer y escuchar)

Tras dos días de poesía vamos con la narrativa. Te dejo un relato, Cruce de caminos

Cruce de caminos

Agarro el cielo con las manos, recordar es volver a vivir y así lo hice… volví a las afueras del pueblo. Podías no estar, habían pasado los años, pero no tenía nada que perder… siempre te he tenido y nunca te olvidé.

Cuando el tren se detuvo, sentí un respingo que me hizo mirar entre el tumulto de la gente, como si fueses a estar ahí. Siempre había soñado con ese momento y quería pensar que te hallaría esperándome. Pero, obviamente, era otra fantasía más, de las que alimenté mi ánimo para tirar de la maleta yo sola, y esquivar a esas parejas que tenían encuentros como si del fin del mundo se tratase. En ese momento me acordé, cuestión de la edad, de la mítica canción de Camela “La estación del querer”…

Esbocé una sonrisa al recordarte cantando sus estribillos. De forma espontánea unas lágrimas atropellaron mis ojos. Me detuve, limpié mi rostro, y me puse las gafas de sol. Cuando volví a sentir la brisa del norte en mi cara, sentí que estaba en el lugar correcto, donde mi corazón, después de mucho tiempo, había logrado llevarme. Después de un largo paseo, llegué al hotel en el que nos vimos por primera y última vez. Dejé las maletas y recordé mirando al mar, cómo nos dijimos que no podía ser, bueno a decir verdad ninguno de los dos éramos libres. Pero preferimos disfrutar de  cuarenta y ocho horas y amarnos, a reprimir el deseo que ya había crecido entre los dos. En fin, caminé dejándome sorprender por el cambio que encontraba a mi paso, las calles me parecían  muy distintas, pero todo estaba igual. Era el momento, que ya no era el mismo, no podía retroceder en el tiempo e ir columpiando mi cuerpo sin tocar el suelo al andar. Ahora me pesaban los pies, y se me hacía un mundo, según me acercaba a los lares por donde podías estar. La verdad, también aproveché para ver locales para la galería de arte que quería abrir, y que sería itinerante en principio. Quería invertir el dinero de una herencia en mi sueño de siempre. Intenté pasar de soslayo como si no te buscase perdidamente palmo a palmo. Me senté en el parque y abandoné mi mirada al horizonte, miles de preguntas se aglutinaban en mi cabeza.

Me levanté con paso decidido, saqué el móvil y te llamé… no contestó nadie y me fui cabizbaja. Camino de vuelta, absorta en mis pensamientos, me choqué y tal fue mi sorpresa, eras tú… Nos saludamos con un abrazo, abrigado de las ganas contenidas. Fue como si nos hubiéramos visto el día anterior, nos pusimos al día. Libres, nos dirigimos a tu casa donde sólo las cortinas saben que pasó allí. Terminé despeinada y entre tus brazos acunados por un derroche de cariño. Todo iba bien, hasta que de forma sutil me dijiste que ahora vendrían la mujer de tu vida y la niña de tus ojos. No me dio tiempo a reaccionar cuando llamaron la puerta. Escuché como te decían: aquí la tienes, es muy revoltosa. Tú contestaste despidiéndote “gracias madre”, y a toda velocidad por el pasillo vi pasar a una perrita blanca, de pelo rizado, muy cariñosa que se acercó a mí. Llegaste, me miraste riéndote y me abrazaste. Los dos nos reímos… yo te dije que me contaras algo que no fuera una broma. Me contestaste que me querías y si mañana volvía a subirme al tren, no me iría sola.

De lo acontecido han pasado diez años, hemos ampliado la familia, yo tengo un gato: “El Cachopo”.

Clica en la ilustración para escuchar el relato

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Mañana será el último día que esté por aquí ¿me acompañas?

@atelierdelavida

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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