Capítulo 14: Ojito, ojito…
Que no es oro todo lo que reluce… Si bien es cierto que Carlos I de España y V de Alemania y Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel tenían una buena relación, en cuanto el emperador atisbó la posibilidad de marcharse para el otro barrio en una de las suyas, dejó claro a su heredero cómo eran, en su opinión, las personas con las que tendría que jugarse los cuartos. Sus secretarios, favoritos y personas allegadas, por ser más concretos. Entre ellos, el tercer duque de Alba.
Vamos al lío. 1543. El emperador tenía que subir para Alemania sí o sí. Los príncipes alemanes estaban más calientes que el palo de un churrero y había llegado el momento de apaciguar los ánimos. Y si había que desatar las hostialidades, como si no hubiera un mañana. Claro que eso significaba meterse en fregados importantes en los que podría estar en peligro su vida misma. Así que, aprovechando el mal tiempo que retrasó el embarque de las tropas que se dirigirían a Italia para, desde allí, poner rumbo a Alemania, se dedicó a poner en negro sobre blanco para su hijo, el futuro segundo Felipe de las Españas, todos los peligros que se cernían sobre él. «Incluso le abre los ojos sobre las trampas que pueden tenderle sus propios consejeros. ¡Y eso se lo dice a aquel muchacho que aún no había cumplido los dieciséis años!», escribe Manuel Fernández Álvarez en su biografía El duque de Hierro.
Lo más importante, para darnos cuenta del percal, es que le advierte de «cuánto conviene que esta carta sea secreta y no vista de otro que de vos, por lo que va en ella y digo de mis criados por vuestra información». Tanto es así que, sabiendo que puede cerrar sesión en cualquier momento, Carlos insiste a su hijo que «no os descuidéis de ponerla en tal recaudo que ella me sea vuelta cerrada, o quemadla en vuestra presencia».
¿Qué venía a decirle Carlos a su hijo con estas palabras? Ojito, ojito con los personajes que le rodearían en la Corte, que eran los mismos que tenía él a su alrededor. O sea: el cardenal Tavera, Francisco de los Cobos, don Juan de Zúñiga… Y también el duque de Alba. Sí, el duque de Alba. Has leído bien. ¿Qué temía el emperador? Que, al ser tan joven, Felipe cayera en la tentación de dejar las cuestiones de Estado en manos de un privado; y que éste, fuera, precisamente, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel.
Es más, confiesa Manuel Fernández Álvarez —que otra cosa no, pero conocer la vida del emperador, como la palma de su mano—que nada debía de temer de dos personajes del clero como eran el cardenal Tavera, ya bastante mayor, ni tampoco del obispo Valdés; como tampoco de Cobos y de Zúñiga, mayor el primero y siempre fiel el segundo. ¿A quién debía temer Felipe? ¿A quién? Blanco y en botella suele ser leche.
«El duque de Alba tenía toda la gallardía de un gran capitán de los tercios en la flor de la edad, con todo el atractivo de ser uno de los miembros más destacados de la alta nobleza castellana», expone al respecto el profesor Fernández Álvarez, quien apostilla este precioso cuadro: «El duque de Alba parecía reunirlo todo: valor, gallardía, alto linaje y prestigio».
En consecuencia, a ojos de Felipe II, preciosos los trajes que le hizo su padre al duque de Alba:
«El duque de Alba quisiera entrar con ellos [en el Consejo Real] y creo que no fuera de bando sino del que le conveniera. Y por ser cosa del gobierno del reino, donde no es bien que entren Grandes, no lo quise admitir, de que no quedó poco agraviado».
«Yo he conocido en él, después que le he allegado a mí, que él pretende grandes cosas y crecer todo lo que él pudiere, aunque entró santiguándose muy humilde y recogido…».
¿Le tenía el emperador más miedo al duque de Alba y su influencia sobre el futuro Felipe II que a un nublado? «De ponerle ni a él ni a otros grandes muy adentro en la gobernación os habéis de guardar, porque por todas vías que él y ellos pudieren os ganarán la voluntad, que después os costará caro».
Y esta cantidad de trajes, ¿a cuento de qué? Manuel Fernández Álvarez insiste por activa y pasiva que no encontró documento alguno a lo largo de su vida que confirmara animadversión del emperador hacia el duque o razones para desconfiar de él. De todas formas, esa carta que no es más que los consejos de un padre hacia su hijo por si la dobla. Carta que terminaba con estas palabras —ya sí— elogiosas hacia el duque: «En lo demás, yo le empleo en lo de Estado y de la guerra; servíos de él y honradle y favorecedle, pues que es el mejor que agora tenemos en estos reinos».
No obstante, en esa carta escrita antes de echarse al mar también tiene el emperador para todos los demás secretarios y consejeros: sus puntos débiles, cómo es su carácter, por qué no fiarse tampoco de este o de aquel… —insisto: leed la biografía El duque de Hierro. No tiene desperdicio—. Aun así, que prefería al duque por encima de los demás —de aquí a Lima— lo refrenda el hecho de que las primeras cartas enviadas a la Corte desde Palamós y Rosas, a punto ya de echarse a la mar, iban dirigidas al duque de Alba y a Cobos en ese orden. Y eso pese a que el segundo llevaba más tiempo sirviendo al emperador.
¿Se podrían considerar estas recomendaciones como caldo de cultivo de la poca sintonía que demostraron tener Felipe II y el duque de Alba? A saber…
Has leído y ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones.
🎙 🎧 👇🏻














