‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas, serial sobre el duque de Alba, incluye el podcast de @ivoox: «España, ra, ra, ra»

Capítulo 11: España, ra, ra, ra

Tras mostrar la semana pasada cómo Carlos V y Fernando Álvarez de Toledo estrechaban lazos y en la anterior destacábamos la aventura por la Provenza, con funestos resultados para el duque —su hermano Bernardino y su amigo Garcilaso cerraron sesión durante aquella aventura—, tocaba quedarse en casa, y lo que hizo fue aprovechar 1537 para quedarse por sus lares. O sea, España, que no es poco. ¿Y eso?, te estarás preguntando. Cosas de la vida.

Empezons, que diría el gran Luis Sánchez Polack —Tip—. Lo resume a la perfección don Manuel Fernández Álvarez en su biografía El duque de Hierro: «Alba atendió sus obligaciones maritales y de todo tipo». Por un lado, fue padre otra vez: el 21 de noviembre nació su segundo hijo, Fadrique, que años después lo acompañaría por Flandes; y también sufrió presidio por dar falsas promesas de matrimonio que acabó provocando el destierro de su padre por el apoyo que éste le brindó para casarse con otra teniendo pendiente las promesas hechas. Por otra, el 10 de julio falleció su madre, doña Beatriz.

Ahora, ¿y cómo tanto tiempo sin guerrear y esas cosas? Fácil: la campaña de Provenza había dejado exhaustos en todos los sentidos tanto al emperador como a Francisco I: cansados de tanta hostialidad, de tantas perras gastadas para nada, etcétera. En consecuencia, sin intermediarios y sin remordimientos, que canta José Luis Figuereo Franco —más conocido como El barrio—, «se entregaron, cautelosamente y con intermediarios, al esfuerzo de encontrar una fórmula aceptable de paz», como lo define William Maltby en su biografía sobre el personaje. Eso dio lugar a una preciosa visita a Francia del emperador con la compañía del duque de Alba por cortesía de Francisco I para ajustar las cuentas con sus paisanos de Gante que contaremos en próximas entregas.

España, ra, ra, ra, que podría cantar tranquilamente el gran Benito Moreno; porque este 1537 y parte de 1538 permitieron al duque de Alba realizar una «rara pero significativa» —la califica Henry Kamen— intervención en la política de Castilla «actuando, como siempre, en apoyo a la Corona».

¿Ca pasao?, te estarás preguntando. Te lo he dejado caer líneas más atrás: la campaña de la Provenza dejó a Carlos V tiritando en lo que a las perras se refiere, así que había que recuperar parte de lo perdido. ¿Cómo se arreglan estas cosas pasen los siglos que pasen? Cobrando nuevos impuestos o subiendo los que ya existen. Nada nuevo bajo el sol. Lo que ocurre es que la cosa estaba chunga, porque las pasó canutas en las anteriores ocasiones para lograr el objetivo. Tocaba Cortes, que se convocaron en Toledo en 1538, que incluían al alto clero, a noventa y cinco miembros de la alta nobleza y a los procuradores de dieciocho ciudades principales de Castilla. Los pecheros, a pringar con su servicio como siempre; el clero, lo que dispusiera cada uno; y la nobleza, accediendo a que se aprobara un nuevo impuesto sobre la compraventa conocido como la sisa.

Collectie Stanislas De Peuter

La mayoría de nobles le contestaron que ni de Blas, pues la sisa afectaba a sus ancestrales privilegios, según Fernández Álvarez; y que se dedicara a las cosas castellanas, se quedase en Castilla y se dejara de tanto irse por ahí a saber para qué. Sin embargo, una minoría de aquellos nobles entendían la necesidad del emperador y se mostraron conformes con rascarse el bolsillo para lo que fuera menester. Dentro de esa minoría se hicieron notar el duque de Alba, el del Infantado y otros diecisiete nobles. De todas formas, Fernando Álvarez de Toledo no consiguió influir en los demás y el emperador se quedó compuesto y sin perras. En febrero de 1539, con la disolución de las Cortes, el principal ministro del emperador, el cardenal Tavera, despidió a los nobles con estas palabras que recoge Kamen en El gran duque de Alba: «No hay para qué detenerse aquí vuestras Señorías, sino que cada uno vaya a su casa o a donde por bien tuviere». Clarito, ¿eh? Carlos V amenazó al representante de la alta nobleza con arrojarlo por la ventana. Se trataba del Contestable, un tipo de tamaño menudo pero gordo como él solo. La respuesta de aquel tipo la recogió Sandoval con estas palabras: «Mirarlo mejor V. M, que si bien soy pequeño, peso mucho».

Fue la última vez que nobles y el clero fueron convocados a unas cortes activas. El duque de Alba no dudó en estar al lado del emperador recordando lo ocurrido años atrás con el abuelo materno de Carlos I —Fernando el Católico— y el abandono que sufrió por parte de la nobleza en 1506 en Villafáfila en la entrevista que aquel rey mantuvo, precisamente, con el padre del emperador, Felipe el Hermoso. Si entonces don Fadrique, II duque de Alba, se mantuvo al lado del rey, el mismo ejemplo repetía ahora su nieto.       

Lo que se llama fidelidad.

Has leído y ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones.

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@VictorFCorreas

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