«Oficio de tinieblas» por (@PilarR1977): «El cazador» (III)

Parte 3

Apenas acababa de salir del hotelito, cuando el conde se supo seguido. Reconoció la acidez del sudor y la pesadez del licor en el aire. Y otro olor, un aroma familiar para un cazador: sangre y muerte. La noche daba cobijo a toda clase de monstruos: los inmortales en busca de alimento, y los mortales, quizás incluso más peligrosos que los otros.

Aún se le antojaba temprano para volver a su hostal, pensó, reconduciendo sus pasos hacia las estrechas callejuelas de Lavapiés. Había dejado de llover y, si bien la noche era fresca, la temperatura era agradable. Y, que Dios le perdonase, había pasado demasiado desde la última vez que saciase su Sed, se lamentó.

—Caballero, ¿no tendrá una moneda?

El conde se volvió para enfrentarse a un tipo bajo pero corpulento. El soldado que había en él admitió que cualquier mortal habría tenido problemas.

—Lo lamento, buen hombre, creo que no.

Aún en la oscuridad el filo de la navaja relució al abrirse. La hoja estaba manchada de sangre seca, observó el conde.

—Pues mírate los bolsillos, amigo, o te meto medio palmo de acero entre las costillas—, gruñó.

El conde tomó aire. Su silencio pareció molestar al tipo: con una maldición, extendió el brazo.

—Hijo de…

Los dedos de Vargas se cerraron alrededor del filo deteniendo el ataque. Ignoró el dolor del corte, sabedor de que sanaría más pronto que tarde, disfrutando de la expresión de sorpresa del malnacido. Sonrió, dientes demasiado blancos, demasiado afilados.

Brillantes ojos negros de demonio.

La navaja cayó al suelo, un repiqueteo metálico rompiendo el silencio de la noche. A lo lejos una pareja parecía discutir, amoríos vanos, mortales. Un gato pasó de largo, indiferente a la caza ajena, centrado en la suya.

Vargas se limpió los labios; no rezaría por ese canalla, no lo lamentaría.

“Considéranos, quizás, instrumentos de justicia divina, querido”, le había dicho ella una vez.

Inundado por la calidez de la sangre, buscó en el bolsillo: un par de monedas, un par de pesetas de plata. Las sintió en la mano, tibia aún, antes de arrojarlas sobre los adoquines: había dejado marchar a inocentes de forma más injusta, lamentó.

Los primeros rayos de sol perfilaban el horizonte cuando la dama entró al hotelito. Noche tranquila, un refrigerio, una agradable reunión y poco más. Mortales o inmortales, la aristocracia se mostraba cada día más decadente y aburrida, pensó para sí.

Comenzó a soltarse el cabello antes de subir la escalera, bostezando, deseosa de retirarse a su alcoba.

—Disculpe, señora.

Descubrió tras ella al conserje, encargado o lo que fuese, no le había prestado atención, un crío en todos los aspectos. Se obligó a recordar su nombre, “Daniel Carmona a su servicio, señora”, y controló su gesto, sabedora de que la falta de sueño le agriaba el ánimo y ella, con todo, nunca dejaría de ser una dama.

—Disculpe, señora, han dejado esto para usted.

—¿Quién ha…?

El joven se estremeció. Nada cambió en el delicado rostro, apenas un leve temblor en los carnosos labios rojos. Sin embargo, entre las largas pestañas negras, percibió un brillo de acero, quizás ira, quizás placer incluso.

La condesa recogió la carta. Reconocería esa letra hasta a las puertas del infierno, era la letra del hombre que había amado y odiado, de aquel que aún poblaba sus sueños y pesadillas. Del mismo bastardo que parecía incapaz de olvidarla.

—Gracias —, murmuró con voz dulce. Pareció que se giraba para volver a la escalera, pero detuvo el gesto y clavó la mirada en el muchacho —. Considérate afortunado, Daniel, cada paso que le acerca a mi es una semilla de muerte. Hoy has nacido por tercera vez.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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@PilarR1977

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About Galiana

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