Lunes de «Gana el rojo pasión» por Medussa (@MedussaEros): «Armas de mujer»

Dicen que las mujeres tenemos armas poderosas.

Armas de mujer

La pareja desayunaba al amanecer cuando Elena dejó caer la sugerencia con la sutileza de una pluma rozando la piel, untando mermelada de albaricoque en una tostada. Era viernes y la cocina vibraba con el aroma del café recién hecho.

—Fernando, ¿has visto el iPhone 16 Pro en rosa chicle? —Es una maravilla, elegante, casi etéreo —dijo, sus ojos brillando con entusiasmo.

La luz del sol empezaba a filtrarse por la ventana, iluminando su cabello mientras miraba al hombre con una sonrisa calculada.

Fernando, atento a la pantalla de su portátil, apenas levantó la vista.

—¿Otro teléfono, Elena? —El tuyo funciona perfectamente —replicó, su tono firme pero cariñoso. Tomó un sorbo de café; el líquido oscuro humeante contrastaba con la taza blanca. —¿Has visto el precio? Es exorbitante. Últimamente hemos gastado demasiado y necesitamos ahorrar algo más. —Su voz tenía ese matiz práctico que ella adoraba y detestaba.

Elena frunció los labios, dejando la tostada a medio camino.

—No es sólo un teléfono, Fernando. Es una declaración, un reflejo de quién soy. Ese rosa chicle… es como si estuviera hecho para mí. —Su argumento flotó en el aire, pero él negó con la cabeza, apagando el portátil y cerrándolo con gesto definitivo.

—Es un lujo innecesario. —Hay alternativas más baratas —sentenció, levantándose para lavar su taza.

Ella se mordió el labio mientras lo observaba en silencio, la chispa de una idea prendiendo en su mente. No insistió más; sabía que las batallas directas no funcionaban con él. Pero tenía otro plan que estaba segura de que serviría para persuadirlo.

El día siguiente, sábado, amaneció con un fulgor ámbar que bañaba la habitación, la luz filtrándose como seda líquida entre las cortinas. Elena despertó con el cuerpo vibrante, las sábanas enredadas en sus piernas. A su lado, Fernando dormía, su torso desnudo subiendo y bajando con cadencia hipnótica, la piel bronceada resaltando sobre el blanco lecho. Ella sonrió con perversa picardía, dejando que la sábana se deslizase para revelar la curva de sus caderas, un desafío mudo.

Se inclinó sobre su esposo, su aliento cálido rozándole el pecho mientras deslizaba una mano bajo las acogedoras sábanas. Sus dedos encontraron, todavía flácido, un miembro grande, cálido y pesado; lo tomó con lentitud, aumentando la presión mientras lo recorría. Fernando se estremeció, un gemido sordo escapando de su garganta mientras ella lo masajeaba, sintiendo cómo se hinchaba, endureciéndose con cada roce. Bajó más, sus uñas rozando los testículos, apretándolos suavemente hasta que él arqueó la espalda, la carne tensa y palpitante. La mujer sabía lo que se hacía; eran muchos años casados y no era la primera vez que sus dedos jugaban entre las piernas del hombre. Lo provocó, alternando presión y caricias, hasta que su erección se alzó, latiendo con urgencia.

Con agilidad felina, Elena se subió a horcajadas sobre él, el camisón de seda trepando por sus muslos, delatando la humedad de su sexo. Fernando abrió los ojos, nublados a partes iguales por el sueño y el deseo.

—¿Qué haces? —gruñó, su voz aún torpe, somnolienta y lujuriosa. Ella lo silenció con un beso voraz, su lengua irrumpiendo dominante en su boca a la vez que sus manos se clavaron en aquellos poderosos hombros, inmovilizándole mientras se frotaba contra él, avivando un fuego líquido entre sus muslos.

Él la aferró por las caderas, sus dedos hundiéndose en su piel, pero Elena mantuvo el control, ondulando con cadencia obscena, llenando el aire de sonidos húmedos y gemidos.

—Imagínalo —susurró, su voz afilada—, ese iPhone rosa pálido en mis manos, capturando cómo me posees… ¿No lo merezco?

Sus pechos rozaban su torso, los oscuros pezones endurecidos trazando líneas de fuego. Fernando intentó resistir, su respiración agitada, pero ella guió su miembro empalándose en él con un gemido animal.

Lo cabalgó con furia contenida, sus muslos firmes y prietos mientras lo envolvía, su calor apretándolo hasta arrancarle gruñidos. —Es… demasiado caro —repitió él, cada vez más débilmente, sus manos crispándose en sus caderas, pero ella aceleró, llevándolo al borde con cada embestida, deteniéndose antes del clímax.

—Dime que sí, Fernando —ordenó, sus uñas marcando su pecho, su mirada febril clavada en la suya—. Dime que sí.

Él se rindió, temblando. —Sí… maldita sea, sí—rugió, liberándose en un torrente caliente que la inundó, mientras ella se deshacía en un clímax estremecedor. Sus cuerpos colapsaron sudorosos. El aire olía a sexo y victoria, y Elena, jadeante, supo que el iPhone era suyo.

@MedussaEros

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