«Oficio de tinieblas» por @PilarR1977: «Hasta ese punto te amaré» (IV)

Vamos encarando la segunda parte del relato

Hasta ese punto te amaré IV

—Sabela no es humana, Ricardo. Ahora es cuando decides si vas a echarme de tu casa, matarme…o escucharme.

—Fuera de mi casa, Álvaro, sal o no respondo de mis actos.

Los ojos pardos de Lobato contemplaron a su amigo con afecto y pesar. Hacía mucho que el doctor había descubierto que esta tierra no es sólo patrimonio de los hombres. Criaturas sin nombre, seres que pertenecían a las leyendas y a los sueños, poderes encarnados, caminaban entre los filos del alba y el crepúsculo, discretos a veces…, otras no tanto. Algunos eran fáciles de reconocer, pues el disfraz humano no terminaba de ajustarse del todo a su naturaleza, mientras que criaturas como Sabela podían pasar desapercibidas durante mucho tiempo.

—Nació en el norte, ¿verdad? —continuó Lobato ignorando las palabras del duque.

—Fuera de mi casa, insensato.

—En Asturias las llamamos guaxas —prosiguió deprisa, ignorando las airadas palabras de su amigo—. Recuerdo las historias de mi padre: hembras no nacidas de vientre de mujer, de piel pálida y cabello plateado…

—Álvaro…

El doctor suspiró, enderezando el cuerpo cansado.

—¿Qué pierdes por escucharme, Ricardo? —murmuró, las palmas abiertas—. Si acaso, que sea esta la última vez que nos veamos; más soy tu amigo, tu médico y, como tales, he de serte sincero.

—Habla —espetó secamente el duque—. Y después sal de mi casa y no vuelvas.

—Sea —asintió—. Tienen un nombre, guaxas. Sobreviven drenando la esencia de los desgraciados que se cruzan en sus caminos. No son más o menos malvadas o crueles que un ser humano: son lo que son, de una forma u otra, también hijas de la Creación, pues caminan sobre este mundo. Ansían el abrazo de un hijo, pero sus vientres están yermos, por eso se llevan a los niños de sus cunas: algunos dicen que beben su sangre, otros que los esconden y los crían como propios en los bosques. Se sirven de la protección de las leyendas para sobrevivir, pero el progreso de este siglo está rasgando el velo de sus secretos Tomó aire—; si no me falla la memoria, Sabela es de Lorences, ¿verdad?

—Sí.

—Hace unos diez años volvieron a explotar los antiguos pozos romanos. Los bosques se talaron y los lagos se drenaron. Muchas aldeas desaparecieron cuando los habitantes marcharon a las cuencas o a las ciudades…el misterio se agotaba—. Álvaro negó con la cabeza, pesaroso—. Sabela vino a Madrid como tantos otros, como los nacidos de mujer: por hambre y necesidad, Ricardo. Para sobrevivir.

El duque contuvo su gesto. Se acercó a la ventana y descorrió el visillo: en la calle, carruajes, transeúntes…el mundo real, no los desvaríos de un galeno trastornado.

—¿Cómo sabes tú de esas cosas, Álvaro?

—Conozco vida y muerte. Y sé que, entre ambas, hay cosas que se escapan a los mortales. Al fin y al cabo, me llamaste por “mis rarezas” —replicó sin acritud.

Sonó el reloj del despacho y contó Ricardo los toques, aferrándose a ellos, consciente de la realidad que implicaban.

—Ella, ¿te dijo algo? —preguntó tras un breve silencio, incapaz de contener el temblor de su voz.

—Todo. Eres un hombre afortunado, Ricardo.

Una risa amarga, un rugido casi, brotó de la garganta del duque.

“Afortunado”. En el mejor de los casos, mi esposa está condenada a la muerte, y, en el peor, es un demonio. Bendita fortuna la mía.

Álvaro ignoró el comentario.

—Eres afortunado, pues pocas veces se encuentra en este mundo amor como el que Sabela te profesa. Por ti, por seguir a tu lado oculta su naturaleza, nutriéndose de criaturas como perros y gatos, de la sangre de los mataderos. Por ti, será capaz de perecer agotada.

Calló Ricardo, el corazón desgarrado y el alma confundida. Tomó aire Álvaro.

—Ricardo, dime entonces, ¿hasta qué punto amas a tu esposa? —demandó nuevamente el doctor con renovada firmeza—. Sabes donde trabajo y, tal vez, eso que tú llamas “maldición” puede ser el último bálsamo de un alma sentenciada.

Con un gesto marcial, Ricardo se apartó de la ventana. Buscó en los ojos del doctor algún rastro de locura, pero sólo halló comprensión y honestidad. En posición de firmes, las manos a la espalda, alzó la cabeza.

—Te escucho.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

🎧🎙👇

@PilarR1977

Avatar de Desconocido

About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en Hasta ese punto te amaré, Oficio de tinieblas, Pilar Rodríguez y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario