Capítulo 4: el bautismo guerrero
Y, por fin, tras contar algo de la niñez, formación y carácter de don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, vamos a lo que vamos. O sea, a lo que interesa. Su bautismo de guerra, para qué marear más la perdiz.
Eso ocurrió cuando al futuro tercer duque de Alba le llegó la noticia de que había zapatiesta en Fuenterrabía —ahora Hondarribia—. Los gabachos —su rey, Francisco I, por resumir— decidieron tocárselos a dos manos a Carlos I de España y V de Alemania —en Italia, y también en el País Vasco y Navarra. La inquina que le tenía el francés era hors categorie, como dicen por allí—. Así que se hicieron con Fuenterrabía en 1524. Como antecedente, hay que decir que Navarra había sido anexionada por la corona española doce años antes, en 1512. Fue el señor de Bonnivet — Guillaume Gouffier de Bonnivet, que cerraría sesión un año después, en la batalla de Pavía— quien le dio la alegría a su rey. En consecuencia, tocaba recuperarla, y para ello Carlos I encomendó el asunto a Beltrán de la Cueva y Toledo, tercer duque de Alburquerque, como capitán general de Guipúzcoa. Y venga a llegarle refuerzos mandados por el rey —y emperador, no lo olvidemos. Entonces, de gira por esos territorios imperiales— en forma de lansquenetes alemanes —4000, según las crónicas—, y venga artillería como si no hubiera un mañana, etcétera. Al francés, ni agua.
“Y el alma de aquel incipiente soldado, de aquel adolescente que anda por los quince, dieciséis, diecisiete años, se va enardeciendo”, escribe al respecto Manuel Fernández Álvarez. Lo que viene siendo ponerse más caliente que el palo de un churrero, traduzco al lenguaje llano. Y el abuelo —don Fadrique— de gira europea con el emperador.
¿Qué hizo entonces? Parece mentira que os lo tenga que decir… Todo tieso para Fuenterrabía y que salga el sol por Antequera, pero que salga ya, que cantaba Carlos Cano; a repartir manguzás y tollinas como Bud Spencer y Terence Hill juntos.
Entre que le sobraba personalidad; que demostró cómo mandar a los que tenía a su alrededor; que los que estaban a su alrededor le seguían con una fe ciega; y que el apellido —y la casa— hacían el resto, el resultado fue un papelón el suyo en la recuperación de Fuenterrabía. Todo Dios hablando de él. Que quién es este, que si es el nieto del duque de Alba, que qué cojones tiene el muchacho, etcétera. Y Fernando —todavía no era duque, así que vamos a tratarlo de tú a tú—, dando palmas con las orejas.
Y ahora, la de cal y la de arena al respecto. La de arena: fue enterarse el abuelo, don Fadrique, y montarle un jari —un lio, vamos— de tres pares de narices; pues el hombre —con razón— ya había visto cerrar sesión a su heredero —don García— en tierras del norte de África y ahora era el nieto el que le salía con estas; que ya tuvo bastante con uno, como para que le fuera el otro con tonterías. Y la de cal: el condestable de Castilla —Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza, II duque de Frías y IV conde de Haro— lo nombró ipso facto gobernador de Fuenterrabía con mando en plaza. Ojito al nieto del duque, que tiene unos huevos del tamaño de un avestruz, como poco, y esas cosas. Que vale que, al final, se trató de un reconocimiento temporal; una manera de complacer al nieto de un viejo amigo —ays…—, pero el nombre de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel comenzó a sonar bien fuerte a partir de entonces. Digno hijo de don García y tal.
Y como bien cuenta Fernández Álvarez, “las lides bélicas [darse de hostias hasta en el cielo de la boca con otro] cuando está encendidas por jóvenes soldados —no insisto en el tema— suelen ir acompañadas de las amorosas”. Fue volver a casa y decir oiga, cómo está la hija del molinero. Gensantadelamorhermoso.
Pero esa, ya, para la semana que viene.
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