«Oficio de tinieblas» por @PilarR1977: «Hasta ese punto te amaré» (II)

La ilustración de Quique nos dice que llega la II parte de este relato.

Hasta ese punto te amaré II

El duque de Luzón rondaba la treintena cuando los hilos de su existencia se entretejieron con el destino de Sabela de Lorences.

Poco sabía la aristocracia madrileña de ella. Había bajado a Madrid con motivo de la boda de un pariente lejano, parando en el palacete de una conocida de la familia. Fue presentada en sociedad como ahijada de indiano, heredera de una plantación en Cuba y de varias propiedades en Asturias. No era la suya una belleza llamativa; apenas acababa de cumplir veinte años y si bien sólo su juventud habría bastado para despertar el interés de los caballeros, algo en la muchacha incitaba a una segunda mirada…y era entonces cuando las pestañas negras revelaban sus iris verde oscuro, capaces de parar el corazón y de robar el alma de un hombre. Podía ser un segundo, un instante que dibujaba una leve sonrisa preñada de sabiduría y promesas en su rostro de niña. Bastaba eso. Sabela lo sabía y de ahí, quizás, ese afán por la discreción que algunos habían tomado falsamente por simple modestia.

Gustaba la joven de pasear a la caída del sol en compañía de su anfitriona. Fue durante uno de esos paseos cuando su camino se cruzó con el de Ricardo de Luzón: el coche del caballero rodaba Prado arriba y este, hechizado, reparó en el brillo esmeralda de unos ojos que ni el tupido velo pudo ocultar.

Sabela, insensata, le había devuelto la mirada y ofrecido una sonrisa llena de secretos que invitaba al desafío más antiguo del mundo.

Nunca Ricardo de Luzón había rechazado un reto. Nunca había aceptado uno tan gustoso.

El resto era historia conocida de las gacetas y cotilleos: cortejo, pedida y matrimonio. No había en nada escatimado Ricardo y ningún afecto le había negado la misma Sabela.

Y Dios sabía que había jurado velar por ella hasta el final de sus días.

La creyó dormida cuando entró en su alcoba. El perfume pesado de las flores frescas que hacía subir cada día se mezclaba con otro olor ferroso, que, hasta entonces, Ricardo había identificado con decadencia y enfermedad. Corrió los visillos para que la luz del mediodía reviviese la estancia y abrió los postigos de la ventana del jardín: el aire templado de abril le regaló el aroma de la lavanda, las primeras rosas y las flores de montaña que Ricardo había hecho traer del norte como presente para Sabela. Conocía la añoranza de la joven por los valles verdes y las mañanas umbrosas de sus tierras de Somiedo. A veces, antes del amanecer, la sentía abandonar el lecho; al regresar, sus pies estaban fríos, sus cabellos húmedos, pero llevaba prendido en la piel el aroma de flores y tierra fresca y el brillo de la vida en sus ojos.

Hacía tanto tiempo de esos momentos que ya parecían formar parte de otra vida.

—“Padre Todopoderoso…” —se dijo, sentándose al borde de la cama. Había escuchado Ricardo toda clase de cuentos y leyendas y, hombre instruido, las tomaba por pamplinas. Aún quería creer que Álvaro había perdido la cabeza, convenciéndose de que no era sino un loco excéntrico a pesar de que no fuesen la voz o la mirada de un trastornado los que dieron nombre a la dolencia de su esposa.

—Pero, ¿te amo hasta ese punto? —susurró con voz trémula.

Ahora dale a la ilustración para escuchar el podcast, recuerda que no son iguales, incluyo alguna variación.

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@PilarR1977

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