Capítulo 2: Pudo ser Luis Vives… Y fue Fray Severo
Formarse es bueno hagas lo que hagas en esta vida, y la formación al duque de Alba le vino que ni pintada para todo lo que se propuso. Que esa cabeza dio para mucho, no sólo para guerrear. Habría que negociar paces, tirar de diplomacia, etcétera. Y ahí, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel tiraba de sapiencia. Que fue mucha la adquirida en sus años mozos.
Claro que siempre podría haber sido mucho mejor.
Su preceptor pudo ser Luis Vives.
Pudo, insisto.
Y lo acabó siendo Fray Severo.
A ver… Resulta que el abuelo, don Fadrique, se fue en 1520 a Aquisgrán a acompañar a Carlos I para añadir la V —el quinto Carlos— a su nombre, pues había sido elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Por entonces, Fernando tenía quince años, edad ideal para que se empapara de todo. Estando en los Países Bajos llegó a los oídos de don Fadrique la existencia de un gran humanista y no peor pedagogo. Además, era español y se llamaba Luis Vives; para colmo, uno de los mejores discípulos de Erasmo de Roterdam, con el que tenía una relación del copón. Tan gran fama tenía, que con el tiempo se convirtió en el tutor de María Tudor de Inglaterra.
La cosa estuvo a un palmo de hacerse realidad, pues Luis Vives andaba loco por la música.
Peeeeero…
El mensaje se lo trasladó don Fadrique cuando estaba en Bruselas a un fraile para que éste se lo hiciera llegar a Luis Vives. Y eso nunca ocurrió. Según relata Manuel Fernández Álvarez en su biografía dedicada al duque de Alba, Vives se enteraría poco después, ya pasada la oportunidad. Y lo lamentó, vaya si lo lamentó.
La cosa fue tal que así: Don Fadrique quería ofrecerle doscientos ducados de oro anuales, lo que para la época era una pasta gansa, por ser el preceptor de su nieto. Uno de sus camareros se encargaría de hacerle llegar la oferta. En ese momento se presentó ante él un fraile dominico que se ofreció a llevársela a Luis Vives. Lo vio, sí; hablaron, etcétera, pero ¿le entregó la carta con la oferta? ¿Se la entregaste tú? Pues lo mismo. Así que don Fadrique, molesto —vamos a dejarlo ahí— por la ausencia de noticias de Luis Vives —ese silencio lo consideró poco menos que un desprecio—, decidió dejar la enseñanza y guía de su nieto en un fraile llamado: Fray Severo.
Lo de que existió la oferta se conoce porque Luis Vives, enterado del asunto, escribió a su maestro Erasmo para desahogarse con él y lamentar la ocasión perdida; pues don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel pudo tener como preceptor a Luis Vives, “una de las grandes lumbreras del humanismo español”, como lo califica Manuel Fernández Álvarez, y acabó teniendo a Fray Severo.
Claro que, si hacemos caso a lo que dice William S. Maltby en su descomunal biografía sobre el duque de Alba, el tiro de Fray Severo tampoco estaría mal tirado. Según Maltby, en ese momento ya era un maestro consagrado y un entusiasta latinista. Entre otras cosas, instruyó al futuro tercer duque de Alba en los clásicos, y también le imbuyó de un cierto recelo —y vamos a dejarlo ahí— recelo hacia el humanismo erasmista. Pero de tipo oscuro, si hacemos caso a Maltby, nada de nada; pues a él debe Fernando Álvarez de Toledo su amor por la cultura humanista y un auténtico respeto por Aristóteles y los preceptos de la Ley Natural.
A esto hay que unir que, desde los trece años, gozó de la compañía de Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, los introductores en España del verso endecasílabo, entre otras muchísimas más cosas. Ambos estuvieron a su lado hasta que cerraron sesión: Boscán en el Rosellón, en 1542; y Garcilaso en la fortaleza de Muy, en 1536. Eso, más lecturas —clásicos sobre todo, que don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel leía en latín. La mano de Fray Severo ahí fue notoria— y demás forjaron en la cabeza del futuro duque de Alba un hormigón en forma de mentalidad que le permitió, con el tiempo, gobernar a sus soldados como quisiera según el momento.
Fue por entonces, en 1524, cuando a Alba de Tormes llegaron noticias de que los franceses habían invadido Navarra y el País Vasco aprovechando la ausencia del rey Carlos I. Y don Fadrique, acompañándolo por tierras alemanas.
¿Quién aprovechó la coyuntura y con diecisiete palos dijo para el País Vasco que me voy?
Él.
Pero eso ya para la semana que viene.
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