Una cita con @GalianaRgm: «El suicida»

¿La vida es nuestra? ¿Nos pertenece? ¿Podemos hacer con ella lo que queramos?¿Incluido dejar de vivir?

El suicida

Hace unas cuantas semanas mantuve una curiosísima conversación con un médico. En la misma y en un momento dado me preguntó los motivos que había tenido para hacer lo que había hecho, a lo que mi respuesta fue:

—En lugar de interrogarme sobre obviedades, a sabiendas de que no vas a obtener una respuesta que se adecue ni de lejos a lo que quieres escuchar, deberías cuestionarte los motivos que te llevaron a comportarte como lo hiciste conmigo.

—No hay nada impropio en mi comportamiento hacia ti. Me mantuve fiel a mi juramento hipocrático; por nada del mundo lo incumpliría.

La conversación se convirtió en un debate tranquilo acerca de aquello que uno puede hacer o no con su libertad, de las responsabilidades y obligaciones que asumimos sin plantearnos que éstas responden más a una obediencia impuesta y sobrevenida que a una elección autónoma e independiente.

La discusión, siempre con la cordialidad necesaria, se alargó lo suficiente como para que los dos fuésemos conscientes de estar en posiciones antagónicas y que en ningún momento hallaríamos un punto de unión entre ambas. Cada uno de nosotros tenía sobradas razones para obrar como había hecho, en el momento en que lo había hecho. De lo que no estábamos seguros, al menos yo, es de que cada uno se volviera a comportar tal y como lo había hecho si se presentaba la ocasión de nuevo.

Tras aquella conversación, que se desarrolló estando yo postrado en una cama y atado a la misma, el buen doctor decidió mi internamiento en un centro psiquiátrico una vez las heridas físicas que tenía así lo permitieran. Los motivos de dicha solicitud se basaban en que me consideraba un peligro para mí mismo, y estaba plenamente seguro de que volvería a intentar atentar contra mi vida.

Mi estancia en el centro donde se tratan enfermedades de la mente se redujo a estar todo el día adormecido como consecuencia de los medicamentos que me suministraban. También tuve que asistir a terapias grupales con otras personas que tenían las mismas intenciones suicidas que yo, y entrevistas con un psiquiatra del que pronto me percaté que no entendía absolutamente nada de lo que sucedía en mi mente.

Durante ese tiempo eché de menos la compañía del médico que me había salvado la vida. Con él se podían mantener conversaciones sobre lo que uno piensa sin el temor a ser juzgado por ello. Él, contra lo que opinaba el psiquiatra del centro donde me vi obligado a permanecer, entendía mi defensa del suicidio como cualquier otra opción en esta vida, por mucho que el puritanismo hipócrita de la sociedad en la que nos movemos no lo vea de ese modo. Él, aun no siendo defensor de mi tesis, comprendía que el suicidio forma parte de la libertad de elección y que tener ideas suicidas no significa necesariamente un mal funcionamiento en los pensamientos de una persona.

El psiquiatra que se encargaba de mi caso se jactaba de poder poner orden en mis pensamientos. Era tan simple que poco me costó hacerle ver que había ganado la partida, que sin su ayuda no podría olvidar mis intenciones suicidas.

La psicóloga, por la que también tuve que pasar, era un hueso más duro de roer. Para ella es inaceptable que nadie pueda pensar del modo que yo lo hago. Buscaba con sus preguntas que le revelase cuestiones de mi vida íntima; le mostré lo que de sobra sabía que quería ver, exclusivamente lo que sabía que la dejaría con la curiosidad lo suficientemente satisfecha como para no volver más sobre el tema. La alejé cuanto pude de albergar sospecha alguna sobre el hecho de que aquel no había sido mi primer intento de suicidio.

Recordaba, aunque fuera en la soledad de la habitación de aquel centro hospitalario, cómo me había tomado un blíster entero de Bromazepam para quitarme la vida. Como resultado de aquella cuantiosa ingesta de medicación había conseguido permanecer dormido en el sofá del salón de casa tres días seguidos. Lo patético que fue despertar rodeado de orines, excrementos y totalmente deshidratado. Mientras limpiaba el desastre, me prometí a mí mismo no volver a hacer el ridículo de una manera tan hilarante y prepararlo todo para que fuera la definitiva.

La ocasión se me presentó casi por casualidad. Entré en la cocina en el preciso instante en que la asistenta cambiaba la hoja de afeitar del rascador de la vitrocerámica. Casi una semana estuve dando vueltas en mi cabeza cómo hacerlo, hasta que me decidí. Llené la bañera con agua muy caliente. Me metí dentro y corté las venas en vertical. Sumergí mis muñecas dentro del agua. Cerré los ojos. Con lo que no conté fue con que mi asistenta pensara que el martes era miércoles, y por lo tanto tenía que venir a limpiar a casa. Se encontró con una escena macabra que tardará en olvidar algún tiempo; lo siento por ella.

El psiquiatra y la psicóloga me dieron el alta del centro de salud mental escribiendo en el informe que no fue un intento de suicidio, que solo buscaba llamar la atención. ¡Hasta lo firmaron y todo! Estuve por besarles y agradecerles que hubieran conseguido entenderme a la perfección en apenas treinta días.

Llevo en casa una semana, siguiendo a rajatabla lo que se me prescribió, salvo lo de tomar las pastillas, que las tiro por el inodoro al final del día, sin tener que ocultarlas bajo la lengua como hacía en el hospital para, cuando se daba la vuelta la enfermera, deshacerme de las mismas.

Estoy sentado en la terraza. Hace sol, la temperatura es agradable, es primavera. Leo el periódico con detenimiento. Una noticia llama mi atención. El jefe del Servicio de Urgencias del Hospital San Clemente, el doctor Sánchez de la Osa, había puesto fin a su vida lanzándose desde la azotea del mismo. Sonreí; el médico que había evitado que me desangrara, que defendía con tanto ahínco su juramento hipocrático, se había precipitado al vacío en el mismo edificio donde prestaba sus servicios sin faltar a su juramento hipocrático.

Galiana

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