Esto fue todo, amigos
Carlos V cerró sesión en la madrugada del 21 de septiembre de 1558. Se fue para el otro barrio con 58 palos. Vistos con los ojos de hoy, pocos. Con los de aquella época, un mundo; pues el hombre que llegó a Yuste fue un tipo cuya pinta inspiraba menos confianza que un árbitro de Primera División. A ver, ¿cómo no iba a estar hecho una piltrafa un hombre que reconocía, antes de embarcarse en Flesinga, lo siguiente:
«Nueve veces fui a Alemania la Alta, seis he pasado en España, siete en Italia, diez he venido aquí, a Flandes, cuatro, en tiempo de paz y guerra, he entrado en Francia, dos en Inglaterra, otras dos fui contra África, las cuales todas son cuarenta, sin otros caminos de menos cuenta que por visitar mis tierras tengo hechos. Y para esto he navegado ocho veces el mar Mediterráneo y tres el Océano de España, y agora será la cuarta que volveré a pasarle para sepultarme».
Sólo leerlo ya cansa.
Total, que el 3 de febrero de 1557 entró en el Monasterio de Yuste, y de allí salió para el otro barrio la madrugada del 20 de septiembre de 1558.
¿A qué dedicó el tiempo libre, que canta Perales, mientras permaneció en Yuste? A descansar, que buena falta le hacía; a comer. Y eso, a pesar de los ataques de gota cada vez más recurrentes. Te recomiendo la lectura de La mesa del emperador. Recetario de Carlos V en Yuste, de José Vicente Serradilla, para conocer sus gustos culinarios—; en entretenerse con la lectura —apenas algo menos de una cuarentena de libros se llevó allí en francés y castellano. Algún que otro libro de caballería como El caballero determinado. Y cómo no, los Comentarios, de Julio César, en italiano—; también con los relojes y otros objetos que le diseñaba el italiano llamado Juanelo Turriano; y a escuchar misa. Se dice que tenía la costumbre de asistir a los oficios religiosos incluso sin levantarse de la cama, que para eso le habían abierto una ventana en su cámara que daba al altar de la iglesia del monasterio. Para qué complicarse la vida.
Total, que no hubiera vivido mal en Yuste visto lo visto, pero le picó un mosquito a finales de agosto de 1558 y se acabó lo que se daba. El paludismo campaba a sus anchas por entonces en La Vera, y también en siglos posteriores. Si, la Malaria. Insisto, siglo XVI. La que pilló el emperador, y de ella no le salvó nadie.
Tres semanas duró la agonía en forma de fiebres, delirios, vómitos y demás cosas nada agradables; y que acabaron con su muerte la noche ya referida, sosteniendo entre sus manos el mismo crucifijo que el utilizado por su amada Isabel cuando se largó para el otro barrio. A su muerte todo fue dolor, silencio y tristeza. Moría el emperador, y sus dominios quedaban en manos de su hijo, Felipe II. Unos dominios en los que nunca se pondría el sol, pero que conocerían tantas hostialidades o más como las sucedidas a lo largo de la vida del emperador Carlos V.
Una vida sin par, desde luego, la suya. ¿O no?
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