‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas (serial sobre Carlos V), incluye el podcast de @ivoox: «Voy camino de Yuste»

Voy camino de Yuste

¿Que por qué Yuste? Seguro que te estás preguntando eso. Hay varias teorías al respecto: el tiempo que permaneció en el Monasterio de Sisla después de fallecer su esposa, la emperatriz, en 1539, que pertenecía a la misma orden que el de Yuste; las conversaciones con su compañero de armas Luis de Ávila y Zúñiga, placentino, en las que puede que le contara lo que bien que se vivía —y se vive. Mis padres son de Valverde de la Vera. Doy fe de ello— en La Vera de Plasencia. Diversas teorías hay al respecto. A saber. 

Desde el 25 de octubre, fecha de su abdicación, hasta la salida del puerto de Flesinga (actual Vlissingen, en Holanda), el 17 de septiembre, medió casi un año. ¿Qué hizo durante todo ese tiempo si tanta era su impaciencia por largarse a Yuste? Primero, esperar a que mejorara el tiempo, y eso no llegaría hasta el verano siguiente. Luego, intentar despedirse de su hermano Fernando, que no acudió a Bruselas por miedo de caer en una trampa tendida por Carlos V —así estaba el patio—, dado que las cosas no estaban muy allá entre las Casas de España y de Austria desde 1552. Y, finalmente, por narices, porque las obras del palacio que había ordenado construir adosado al Monasterio de Yuste iban con retraso. Nada, cuatro detalles, le insistían cada vez que preguntaba. Siempre quedaban cuatro detalles. 

La despedida de su hijo Felipe marcó el momento de la partida, echándose al mar la flota compuesta por 56 navíos para transportar a su cortejo y a sus hermanas María y Leonor; y que fue homenajeada a la altura de Dover por su prima María Tudor —con la que debía de haberse casado años atrás— con salvas de artillería. Una despedida acorde con la grandeza del personaje que se retiraba de la vida pública.

A partir de ahí, dos meses de viaje por los caminos infames de aquella España del siglo XVI partiendo de Laredo, tierra que besó nada más desembarcar —«¡Dios os salve, oh, mi querida madre! Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo me vuelvo a ti, como mi segunda madre»; atravesando villas como Ramales de la Victoria o Rasines en Cantabria; Medina de Pomar, Valladolid, Medina del Campo o Valdestillas en la provincia de Valladolid; y alcanzando Tornavacas el 11 de noviembre de 1556. Muchas de las villas que atravesó forman parte de la Red de Cooperación de las Rutas del Emperador Carlos V, itinerario cultural europeo del Consejo de Europa desde 2013.

Después de apretarse unas cuantas truchas recién pescadas ante su presencia, en aquella villa del norte de Cáceres al pie de la sierra de Tormantos se decidió cómo completar la última etapa del viaje. Propuestas, dos: la primera, de cuatro jornadas pasando por Plasencia. La segunda, atravesando aquella sierra en menos de una jornada. Entre una y otra lo tenía clarinete: la más corta, que después de dos meses dando tumbos por Castilla, de dormir cada noche en un sitio distinto y de soportar todo tipo de anécdotas —gloriosa la protagonizada por un tipo llamado Rodrigo de Dueñas en Medina del Campo, que lo agasajó con tanto alarde de perras que ordenó que se le pagase por el alojamiento recibido; que nada de regalos—, unas mejores y otras peores. Que cuánto queda para Jarandilla de la Vera, castillo perteneciente a los Condes de Oropesa, en Jarandilla de la Vera, donde se alojaría durante tres meses hasta que pudiera hacerlo de manera definitiva en su residencia de Yuste. Eso, cada dos por tres.

Así que, a cruzar la sierra de Tormantos. 12 de noviembre de 1556. La salida de la comitiva imperial tuvo que ser como el comienzo de La caza del octubre rojo, con Vasili Borodin —Sam Neill— diciéndole al capitán Marko Ramius aquello de que hacía un frío de pelotas, y el capitán contestándole que sí, frío. Y tal. Pues lo mismo. 12 de noviembre, insisto, y en el siglo XVI. Ocho horitas de camino. Ocho horas para verlas, por aquella sierra —cada año se rememora la Ruta de Carlos V por las mismas fechas, que recuerda el hecho—. Una ruta que recorrió a lomos de una mula cuando se pudo, y cuando el camino decía que por allí no pasaba ni de coña la mula, a la sillita de la reina llevado a cuestas por una turba de tornavaqueños. Se lo curraron estos vecinos de Tornavacas. Además de llevarlo hasta Jarandilla como hiciera falta, echaron mano de sus útiles de labranza para intentar adecentar el camino cuando fuera posible.

Al fin, con la anochecida como compañera, el emperador puso el pie en el castillo de los Condes de Oropesa, en Jarandilla de la Vera. Donde pasó tres meses. Deliciosos para él, oye. Él, encantado de la vida. Buenas vistas, buena chimenea, buena comida. Sus sirvientes, no tanto. Rajaron todo lo que pudieron y más del lugar, de lo cara que era la vida allí como consecuencia de la llegada real. Y más del clima. Que fue malo no, lo siguiente. Luis Méndez de Quijada, mayordomo del emperador, se quejaba de lo que allí llovía —«he visto aquí caer más agua en una hora que en un día en Valladolid», llegó a escribir al secretario del emperador en aquella ciudad, Juan Vázquez de Molina—, de la niebla un día y otro también —«tan buenas como las de Valladolid», llegó a decir—, y de lo cara que resultaba la vida en Jarandilla, amén de que se las viera y deseara para encontrar ciertas cosas. Aunque eso no lo notó el emperador, que pudo disfrutar de todo, hasta de sus comidas preferidas y favoritas gracias a los correos que llegaban hasta Jarandilla con sus peticiones.

Y tres meses en lo que aprovechó para visitar las obras de su chabola en Yuste; de donde volvió como la flamenca del WhatAapp diciendo que el sitio era una maravilla, y que no eran para tanto las rajadas de sus acompañantes al respecto de aquel lugar. Tanto contento con el lugar donde iba a vivir.

Lugar que comenzaría a disfrutar a partir del 3 de febrero de 1557, fecha de su partida hacia el monasterio jerónimo; después de que los alabarderos que lo acompañaron hasta allí arrojaran al suelo sus armas en señal de que ya no servirían a ningún otro señor más, entre otros muchos gestos. 

A Carlos V le esperaba Yuste. Y también la muerte. Así es la vida.

Has leído y ahora dale al podcast en ivoox, recuerda hay variaciones.

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@VictorFCorreas

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Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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