Hoy es Nochebuena, cena con la familia y amigos.
Te dejo el segundo relato por aquí.
El último beso
Madrid, 1575
Poblaban su memoria de soldado viejo añoranzas de glorias pasadas y de amores nacidos al calor de la guerra. Aún era capaz de evocar algunos nombres de mujer cuyo abrazo bastaba para recordar a un hombre que había sobrevivido a otro campo de batalla, lujuria como prueba de vida ante la muerte.
Las ya antiguas cicatrices nunca dejaban de doler, un dolor que el seco invierno madrileño agravaba cada año. Hombre del sur, criado junto al Guadalquivir, se decía que, una vez juntase los reales necesarios, volvería a casa, a la luz, y dejaría por siempre una ciudad capaz de regalarle los días más brillantes y las noches más oscuras. Sin embargo, después de tantos años, se le escapaban las monedas en alcohol y mujeres y, a veces, tenía que elegir qué vicio acallar primero.
Tocaron el consuelo y el calor del vino aquella madrugada e intuyó la elección errada, pues, tras varios chatos, seguía su cuerpo ansiando el calor de una dama. Bien sabía que la dueña de la taberna no fiaba su compañía, más lo intentó, pues era hombre aguerrido hasta para lances de amores y aún confiaba en su encanto; pero no se fía un abrazo y la patrona le echó con cajas destempladas de la taberna.
Maldiciendo, se envolvió el soldado en la capa y se caló el sombrero.
No la vio. No la intuyó siquiera.
Pudo ser el alcohol o pudo ser que el mismo demonio guiaba los pasos de aquella sombra, pero callejeó el hombre hacia el corazón de la ciudad, ajeno a la sentencia de muerte que le seguía. Sólo se volvió inquieto cuando el viento le trajo la fragancia apagada de un perfume de violetas. Y fue ahí cuando la sombra detuvo su paso, revelando lo que, en la helada madrugada, tomó por el esbozo de unas formas de mujer.
Era hombre curtido, antiguo soldado, y, aunque sus sentidos se hallaban nublados por el vino y los años, aún conservaba ese instinto que se desarrolla en el frente y que precede al peligro…. y nunca antes la presencia de una mujer había convertido en hielo la sangre de sus venas.
— ¿Quién va? —, bramó desenvainando la ropera.
Nadie contestó, pues nadie había en la calle. “Mucho vino peleón y poca cena en el estómago”, se dijo, riéndose de su miedo, guardando la espada.
Cuando volvió a alzar la cabeza un jirón de oscuridad se desgajó de las sombras y se acercó a él. Ahora sí, la noche misma se encarnó en mujer a sus ojos. Una dama ataviada en negro, sencillo el vestido, pero tejido de calidad, sin redecilla u horquilla algunas que recogiesen un cabello con brillo de luceros prendidos entre los rizos oscuros; y contuvo el hombre su brazo, deseoso de rozarlos con la punta de los dedos. No era el de ella un rostro poco agraciado, y la tomó por mujer hecha y derecha, a pesar de la extraña dulzura de doncella que mostraba su faz, lejanas ya las redondeces de sus mejillas.
Suspiró cuando ella alzó la mirada, pues eran sus ojos tan puros como un cielo de mediodía.
— No son horas para una dama, mi señora — murmuró, hechizado, y, al tiempo, espantado, pues el instinto le conminaba a huir y, sin embargo, no podía moverse.
Ella sonrió, acompañada por el susurro de su vestido sobre el empedrado, deslizándose hasta llegar a su altura. Una sonrisa traviesa, de pequeños dientes afilados, iluminó su rostro.
— Me tomáis por una dama…qué cortés por vuestra parte… —, murmuró la mujer, delineando su índice la mejilla con confianza de dueña—. Venid.
Sus dedos le aferraron la muñeca con fuerza. Ignoró el horror que le producían el brillo depredador de sus ojos, la perfección absoluta de su piel y esos blancos dientes inhumanos contra unos labios rojos como el pecado; lo ignoró todo, incapaz de apartarse de ella y se dejó conducir a la oscuridad de un portón cercano.
— ¿Cuánto? —, gruñó con voz ronca, alzándole la falda, acariciando la seda helada de sus muslos.
Rio aquel rostro de niña con carcajada de mujer.
— La vida, señor, la vida es mi precio. Dádmela por vuestra voluntad y tomad de mi lo que gustéis a cambio.
Supo en aquel instante que no vería la luz de un nuevo día. Y dejó atrás el miedo. Incluso cuando los ojos de la dama lucieron, rojos, demoníacos, cuando los afilados colmillos adornaron su sonrisa, cuando perdió toda humanidad y le desgarró la garganta, la deseó como nunca había deseado a una mujer viva.
— Así sea, mi señora.
Ahora dale a la ilustración si prefieres escuchar, siempre hay alguna variación
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Mañana es Navidad, si a vuestras casas llega Papá Noel espero sea generoso.
Mañana os espero con un nuevo cuento de medianoche
¡Feliz Nochebuena!














