‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas (serial sobre Carlos V), para leer y escuchar (incluye podcast en iVoox): «No somos nadie»

No somos nadie

Hay un momento para el que ninguno de nosotros está preparado, y es el de la muerte. Porque llega repentina, maleducada como es ella, por mucho que despida señales de lo que tarde o temprano ocurrirá. Nadie está preparado para la suya —como es lógico, salvo Leonard Cohen. Hasta le dedicó un disco al asunto, You want it darker, el último. Para eso era Leonard Cohen—, ni tampoco para la de un ser querido. Así que, ¿cómo iba a estar preparado el emperador Carlos V para que se le marchara su gran amor? Tan bella, tan guapa. Tan todo, pero con un carácter recio como un chopo, que conste en acta.

     Bien es cierto, como acabo de decir, que a la parca le pirra eso de dejar señales; evidencias, vamos, de que se va a presentar el día que menos se la espere para llevarse a quien tenga enfilado/a. Y a Isabel, la bella y guapa Isabel, la tenía enfilada desde el último parto, el 21 de abril de 1539; cuya criatura nació prematura y la palmó. Tanto, que le dijo prepara las maletas, que te vienes conmigo. Y con ella se fue.

Que Isabel tenía peor cara que los yogures muy pero que muy caducados a consecuencia del susodicho aborto lo prueba hasta un testimonio que Carlos V recogió años después en sus Memorias, llegando a decir a raíz del mencionado parto que «quedó tan mal que desde entonces hasta su muerte tuvo poca salud».

En eso tuvo algo de culpa Carlos, que la dejaba embarazada cada vez que volvía a casa. Tanta ausencia es lo que tiene. Eso sí, no te creas que aquello era una taladradora Black & Decker taladrando como si no hubiera un mañana cuando regresaba a casa. Se lo tomaban con calma. Ganas, todas, pero con mesura. Es más, el propio Carlos, en ese proceso de prácticas de Felipe II que te contaré en próximos capítulos, le advirtió en las Instrucciones de Palamós que darle al asunto como si fueran conejos no era bueno para la salud; poniéndole como ejemplo el de su tío Juan, que cerró sesión con dieciocho palos por darlo todo como un campeón, según cuentan las malas lenguas. Sobre este asunto, una referencia en todo lo relativo a la vida imperial como es Karl Brandi, escribió lo siguiente: «En el disfrute de los placeres corrientes, Carlos se parecía sin duda a otros príncipes de su tiempo. Pero los superaba a todos en lo que se asemeja a una santificación casi política de su matrimonio, en la veneración cortesana y también principesca de su esposa, la excelentísima Emperatriz».

Con mesura, sí, pero sin pausa. Echemos cuentas: de la luna de miel en Granada el resultado fue Felipe, que nació en 1527. Es decir, 14 meses después de la boda; a los 13 meses llegó María; a la que siguió, tras 17 meses de descanso, Fernando, el que tanto deseó Margarita de Austria para que lo acompañara en sus últimos años de vida. Lástima que la palmara a los pocos meses de nacer.

No es hasta 1529 cuando se produjo la primera ausencia del emperador, que se prolongó hasta 1533, siendo el resultado de su regreso un aborto de la emperatriz al año siguiente, en 1534. A continuación, vino el nacimiento de Juana, en 1535; y el del infante Juan en octubre de 1537, que se marchó para el otro barrio a los pocos días. En consecuencia, el último embarazo, el que acabó con la salud —frágil ya— de la emperatriz terminó en aborto y su fallecimiento el 1 de mayo de 1539 a los 36 años. Cinco hijos, de los que sólo sobrevivieron tres, y dos abortos. Siete embarazos en total. La tranquilidad para su vientre le duró el espacio de tiempo que media entre 1529 y abril de 1533.

Se cuenta que, al desgaste del cuerpo con tanto embarazo hay que sumarle un estado de ánimo muy próximo a una sempiterna melancolía, lo que se traducía no pocas veces en llantinas de muy padre y señor mío. Valga como ejemplo la que se agarró por que su amado esposo siguió adelante con su plan de verse con Francisco I en Aigues-Mortes. Eso en vísperas de Navidad, que también el otro los tenía cuadrados, ya que la que se encargaba del redil en Castilla era ella en ausencia de su costilla. Y por muy buenos consejeros que tuviera —que los tuvo. El cardenal Tavera es el ejemplo—, aquello era un vodevil continuo: Barbarroja, con cuerpo jotero cada dos por tres; la incertidumbre por la integridad de su esposo; y la falta de perras —tan sempiterna o más que su melancolía—, que la asfixiaba e impedía servir a su marido y señor como deseaba. 

Pues eso, que entre todos la mataron y ella sola cerró sesión. Y eso que los médicos aseguraban que la veían con buena cara tras el último aborto. Todos menos uno, un doctor de origen converso apellidado Villalobos —eso nos cuenta el profesor Manuel Fernández Álvarez—, toda una eminencia de la época, que por no contrariar a sus colegas —cristianos viejos todos ellos—, sólo se confesó por carta con el secretario del emperador, Francisco de los Cobos; al que vino a decir que las fiebres resultantes del aborto tenían más peligro para la salud de la emperatriz que una piraña en un bidé. Bingo para el caballero.

El golpe y consecuente dolor para el emperador fue brutal. Mientras él se refugiaba en el Monasterio de Sisla, en Toledo, donde permaneció desde el 12 de mayo hasta el 26 de junio de 1539 si atendemos a lo que recoge Vicente de Cadenas Vicent en su imprescindible Diario del emperador Carlos V —algunos sostienen que, de esa estancia, le vino su deseo años después de dejarlo todo y liarse el petate para acabar sus días en la tranquilidad de Yuste—, un cortejo fúnebre de los de época con el cuerpo de Isabel recorría los caminos de España camino de Granada, para ser enterrada en la capilla real donde yacían los abuelos del marido de la finada, es decir, los Reyes Católicos.

Una vez de vuelta a la Corte, Carlos pidió —casi imploró— un retrato de su amada para recordarla en todo momento, y ahí estuvo al quite su hermana María, que recordaba un retrato suyo en la pinacoteca que su tía Margarita de Austria poseía en Malinas. Malo no, lo siguiente. Se le parecía lo que un alpargata a un Manolo —de Blahnik, por supuesto—; entuerto que resolvería Tiziano unos cuantos años después pintando un retrato como Dios manda, y con una curiosa historia al respecto. Pero esa me la guardo para más adelante.

Has leído y ahora dale al podcast en ivoox recuerda hay variaciones.

👇🎙🎧

@VictorFCorreas

Avatar de Desconocido

About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
Esta entrada fue publicada en ‘Pa’ habernos ‘matao’, Carlos V, Historia y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario