Este puente voy a acompañarte con un relato que he divido en tres partes, lleva por título «El ocaso de una dama»
La primera parte es:
La niña de la trenza
Susurra la noche y el cómplice viento la secunda. Me animan a seguir adelante. No hay tiempo para desfallecer, aunque los pies desnudos aplasten piedras o se arañen con las espinas de las zarzas. Así me falte el aliento y mi cuerpo pida una tregua.
Huele a tierra hollada, huele a hierba pisada. Y así quizá es como huele la fragancia de la libertad.
No debo, empero, saborear todavía esas mieles que son para mí tan anheladas, pues noto aún en la nuca tu proximidad. ¿Cuánta es la distancia adecuada para dejarte atrás?
Jamás podré, lo tengo bien presente, vivir tranquila. Habré de aprender a estar acompañada del miedo. ¿No es acaso lo que llevo haciendo desde tanto tiempo atrás sin darme cuenta? Ahora lo comprendo. Han tenido que mediar años entre nosotras para aceptar que, a pesar de ser hijas de un mismo Dios, tú y yo somos enemigas. No naciste tocada por la justicia que las enseñanzas predican, por más que yo así quisiera creerlo.
Me dejé deslumbrar por tu belleza, por la elegancia con la que te movías y el esplendor que siempre te rodeó. Al principio de los tiempos, yo solo era una niña pobre y sin cultura que soñaba con ser lo que tú eras. Con tener lo que tú tenías.
No sentía aprecio por mí, pues me habían inculcado que era poca cosa. Buscaba en otros, en ti, lo que me hubiera gustado ser. Llámalo envidia, si así lo deseas.
Qué necia era.
Cuán hipócrita fuiste siempre.
No sabían el gran error que cometían los que te rodeaban al aplaudirte, al callar ante tus descortesías. Alimentaban tu orgullo mientras fingían no advertir que eras transmisora de odio.
Fuiste señorita y después señora, pero solo de nombre. Para hacer posible tal transición llegó él. Un adorno más en tu larga lista. Un símbolo más de tu estatus.
Dime, ahora que solo entre tú y yo media el viento, ahora que hablan entre susurros nuestros ecos del pasado, ¿alguna vez alguien dejó su huella en ti?, ¿acaso hubo un ser humano al que quisieras más que a ti?, ¿o sigues siendo tú, diosa a la que adoras?
Que el Señor, en su infinita bondad, te perdone tal herejía, pues ambas sabemos que nada te conmueve más que la imagen que ves reflejada en el espejo. Miénteme si quieres, niégalo porque aparentar humildad es lo que se supone debe hacer una dama de bien. Pero mercadear con la verdad es imposible. Llega el momento en el que esta sale a la luz de entre las capas de mentira, igual que se muestra tu rostro al limpiar los afeites que lo adornan.
Recuerdo muy bien la primera vez que te fijaste en mí. Estaba a punto de entrar en la pubertad y a ti él iba a pedirte formalmente en matrimonio. Querías ser la novia más arrebatadora y consideraste que necesitabas cabello natural con el que hacer uno de esos tocados imposibles que tanto te gustaban.
Te fijaste en mí cuando volvía del río de lavar, mientras paseabas. Estoy segura de que ni siquiera viste mi rostro, solo te fijaste en mi cabello trenzado y enseguida lo quisiste. No te conformaste con un poco, lo exigiste todo. Me dijeron que era un honor y así quise creerlo, aunque el agua me devolviera el reflejo de una niña escuálida con aspecto de chico. A pesar de que en mi interior algo se sublevaba contra ti. Supongo que una parte de mí pretendía advertirme contra lo que estaba por venir. No quise ni supe escucharla.
Después, volví a ser invisible. Perdida mi habitual trenza, debía ser solo un esperpento para ti, si es que alguna vez llegaste a verme otra vez. Te entregaste a los bailes, a tu matrimonio y las frivolidades. Yo seguía creciendo y mi cabello también, ajena a la tormenta que pendía sobre nuestras cabezas.
Decían los rumores que intentaron asesinar a la amante de tu esposo. Ejercía demasiado poder sobre él y eso nunca te gustó. Incapaz de alejarlos o acercarte a ella o a él, decidiste cambiar tal enemiga por una aliada a la que manejar. Y entonces me encontraste a mí.
Mañana llega la segunda parte














