‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas (serial sobre Carlos V) para leer y escuchar (incluye podcast en iVoox): «Cerco un centro di grativa permanente (+)»

Cerco un centro di grativa permanente (+)

No te creas que lo de la toma de La Goleta fue celebrado por igual en todo el Mediterráneo. Que eso se finí la gran amenaza y todo eso, pues según. En Italia dieron palmas con las orejas y hasta tocaron las castañuelas, en especial Sicilia y Nápoles. Carolus Africanus le llamaron incluso allí al emperador. Imagínate. Pero en Francia, la otra gran nación cuyas tierras lame aquel mar… ¡Ay, en Francia!

Francisco I estaba como para que le contaras un chiste. Y si fuera bueno, todavía. Eso de ver cómo el eje Marsella-Argel quedaba debilitado a la par que el poder imperial se hacía más y más grande, le sentó como una patada en los huevos, sin más. Y cuando se enteró el emperador de algunas cosillas relacionados con los tejemanejes del francés con el turco chico —te lo contaré líneas más adelante—, lo de aquella patada se quedó corto.

Hostialidades a la vista.

Entre que Francisco no estaba dispuesto a pasar por alto lo de La Goleta y que todavía le dolía la pérdida del Milanesado, pues eso, leña al manzano —léase Carlos V—, que ya estaba gordo y rebosante de manzanas. Lo primero que hizo el francés fue preparar un ejército nacional a imagen y semejanza de los Tercios del emperador. Gente curtida, afín. Fieros y duros como los españoles, pero franceses. Lo segundo, aliarse con todo bicho viviente para que a aquel manzano no le quedara ni una sola manzana por recoger. Es decir, con Enrique VIII —al que le prometió la ayuda de La Sorbona en su proceso de divorcio de Catalina de Aragón. Eso era lo que le preocupaba en ese momento al hombre—; con los príncipes alemanes, apoyando a la Liga de Esmalcalda, la unión de una serie de príncipes protestantes para tocarle las narices al emperador —de ella hablaremos en próximas entregas—; y —cómo no— con el mismísimo papa santo de Roma, Clemente VII, al que prometió que casaría a su hijo Enrique —el futuro Enrique II— con la sobrina de su santidad, Catalina de Médicis.

¿Y el emperador? Conocía el paño más que de sobra, así que decidió darse una vuelta por las tierras que le esperaban como agua de mayo, esto es Sicilia y Nápoles, que ya habría tiempo de ocuparse del francés. Allí le brindaron un recibimiento del copón: arcos triunfales en honor de Carolus Africanus por aquí, vítores y elogios por allá… Y perras a espuertas para comenzar a preparar la guerra contra Francisco I, que tampoco venían mal. El Reino de Nápoles, muchos de cuyos hijos participaron en la toma de La Goleta, le soltó 1 500 000 ducados —a 375 maravedíes el ducado. Un maravedí equivale más o menos a 0,10 céntimos de euro, por lo que te saldrá una pasta gansa—, mientras que de Sicilia se trajo otros 150 000.

Dinero que, insisto, le vino de vicio para preparar el enésimo enfrentamiento con el francés, que tenía el hombre cuerpo jotero. Más si cabe cuando conoció que aquel tipo ya había invadido el ducado de Saboya, cuyos duques eran aliados del emperador. Por lo que Carlos V no tuvo más remedio que coger la pluma y contarle a su amada Isabel que no regresaría en su compañía tal y como le había prometido; y que el rencuentro se tendría que retrasar algo más. Que ganas de estar con ella tenía un rato, pero el francés no hacía más que chotearse de él y había que pararlo sí o sí. De la carta que el emperador escribió a Isabel merece la pena rescatar este fragmento: «…Y por eso, señora, no son menester aquí soledades ni requiebros. Ensanche ese corazón para sufrir lo que Dios ordenare…». Chiribitas en los ojos es poco.

Que Carlos V le tenía ganas al francés se ve de aquí a Lima, pero lo que le puso como una moto fue apoderarse en Túnez de cierta correspondencia en la que constataba la alianza Marsella-Argel entre Francisco I y Barbarroja, y eso sí que no. Un cristiano aliándose con un infiel con tal de tocarle los cojones. Dónde se ha visto eso. Que no, que no.

Vamos, que iba a ver guerra era tan cierto como que el sol sale por el oriente y se pone por el occidente. Pero sucedió un acontecimiento inesperado, porque la muerte es así. Clemente VIII cerró sesión de manera inesperada y le sustituyó Paulo III. La pregunta que todos se hicieron entonces fue la misma que te estarás haciendo tú mientras lees estas líneas. ¿A quién apoyaría? Lo primero que conoció Carlos V es que su Santidad quería actuar como árbitro en el nuevo enfrentamiento entre los dos monarcas más importantes de la época con permiso de Enrique VIII.

Con tal de cumplir con su papel, su santidad le invitó a Roma, a lo que Carlos V respondió que sí, que vale. Pero como se olía el percal papal y tal, por la espalda pidió al general de la Orden Franciscana que indagara un poco para saber qué atenerse. Y lo que aquél le transmitió es que Paulo III había conseguido parar los pies al francés hasta ver en qué quedaba su labor de mediación. Menos da una piedra.

Después de cubrirse la espalda y asegurar su posición en el Milanesado por si a Francisco I le daba por incumplir su promesa y recuperarlo por sus santas narices, Carlos V, entonces sí que sí, acudió a Roma. Como digo, lo hizo cubriéndose la espalda y con el mismo mosqueo que Juana de Arco cuando le dijeron que sólo le querían hacer unas preguntas el día que la prendieron, pues lo que sí conoció es que el Papa había ayudado al francés de manera indirecta disponiendo éste de los diezmos eclesiásticos sin su protesta, mientras a Antonio de Leyva, capitán general de la Liga defensiva, le negó que reclutara levas en tierras pontificias. Que hay ojitos y ojitos.

Ya en Roma, y tras ser recibido por todo lo alto —que para eso era Roma—, tuvo lugar la esperada entrevista entre Carlos V y Paulo III, que mantuvieron en la Basílica de San Pedro después de esperarlo su santidad en la plaza del mismo nombre. En aquella entrevista, Carlos V le echó en cara que, mientras él se daba de hostias con los infieles, al francés no se le caían los anillos por aliarse con Barbarroja, ni tampoco le hacía ascos a invadir el ducado de Saboya o a amenazar el Milanesado por mucho que hubiera una tregua en vigor.

En fin, que habría hostialidades una vez más con el francés lo tenía claro. Así que, para relajarse un tanto, Carlos V aprovechó un par de días para darse un garbeo de incógnito por las calles de Roma y así recrearse con sus maravillas como un turista cualquiera; y también para disfrutar de su Semana Santa. Incluso, hasta se cuenta que lavó los pies a doce pobres de solemnidad en un gesto cristiano a más no poder. Se dice, se cuenta…

Las hostialidades quedan para el próximo capítulo. A manta, como dicen en mi pueblo —Valverde de la Vera, provincia de Cáceres. Precioso no, lo siguiente—. O lo que es lo mismo: como si no hubiera un mañana.

Has leído y ahora dale al podcast en ivoox recuerda hay variaciones.

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@VictorFCorreas

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About Galiana

Escritora, bloguera, podcaster, enamorada de todo lo que huele y sabe a Cultura
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