‘Pa’ habernos ‘matao’ por @VictorFCorreas (serial sobre Carlos V) para leer y escuchar (incluye podcast en iVoox): «Todo un inmenso jardín, eso es América»

Todo un inmenso jardín, eso es América

A todo esto, hay que decir que, allende los mares, existía un inmenso jardín, como canta el eterno Nino Bravo, que hoy conocemos como América y que por entonces era un terreno por explorar. Y ya se sabe cómo funciona la cabeza cuando se piensa en lo ignoto: que si corren ríos de leche y miel y en los campos el trigo es dorado como el sol. Y que allí debe de haber oro a cascoporro. Especiales de las tragaperras a cascoporro en la mirada de todos los aventureros que tuvieran este pensamiento.

Mientras Carlos andaba buscando perras como un loco para seguir repartiendo leña al turco -ahora le tocaba el turno al chico-, a Francisco I o a los protestantes -estos segundos en puertas de liársela floja, y más que se la liarían en el ocaso de su vida-, Francisco Pizarro andaba por lo que se vino a llamar entonces el Nuevo Perú hinchándose a llenar sacas con oro y plata. Como apunte, un año antes, en 1533, ya se había apoderado del fabuloso tesoro de los incas; y al siguiente, en 1534, le había enviado a Carlos, por mediación de su hermano Hernando, la parte correspondiente a la Corona. Eso significaba galeras y galeras repletas de aquellos materiales arribando a los puertos españoles. El famoso ‘Oro del Perú’. Tanto era, que llegó un momento en que en España sólo se hablaba de Pizarro y de su oro. Monotema, vamos. Como prueba del percal, aquí van estas líneas del cronista Alonso de la Cruz: «En ese año (1534) vinieron de la provincia del Perú, en las Indias Occidentales, muchas naos, y vino en ellas mucho oro y plata, así de su Majestad como de particulares conquistadores que se habían hallado en la conquista de aquella tierra…».

Por resumir, cerca de 300 millones de maravedíes al año a partir de 1535. Tomando como base la tasa de cambio del año 1480 extrapolada al actual euro -1 maravedí equivaldría a 0,10 euros-, aquella cantidad supondría cerca de 30 millones de euros sin contar la inflación. Eso, en 1535. ¿Es o no es pasta? Como para que el emperador no diera palmas con las orejas felicitándose por tener recursos a diestro y siniestro para acometer las múltiples empresas en las que andaba enfangado.

Entonces, Carlos V no sólo se había convertido en el Señor de las Indias, sino también en el dueño de sus tesoros. Como si se cumpliera esa especie de profecía que salió de boca del obispo Mota, que en una ocasión le dijo que Dios le había hecho rey de tantos reinos y emperador de la cristiandad, además también de «otro nuevo mundo hecho de oro para él». Ni Nostradamus.

Perras, insisto, más que suficientes para embarcarse en todo lo que quisiera y más. Pero, y lo que es peor, perras que también se escapaban conforme entraban por esos miles de agujeros del camisón que era el imperio que se ufanaba en dirigir, y que nunca fueron suficientes para afrontar todos los fregados en los que se metió. Pero eso es harina de costal.

No obstante, perras -sí, me repito más que el ajo- para acometer aquellas empresas que tenía en la cabeza. Y la que más le ponía era pegarle un repaso de los guapos a Barbarroja. Y el gusto se lo dio durante la toma de La Goleta.

Has leído y ahora dale al podcast en ivoox recuerda hay variaciones.

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@VictorFCorreas

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