De giraca por Castilla
En la entrega anterior de esta vida del emperador Carlos V lo dejé de vuelta a España tras encargarle alguna que otra pintura al maestro Tiziano, a ver qué tal pintaba el muchacho y tal.
Con Isabel y sus churumbeles a su lado, y tras presidir las Cortes celebradas en Monzón en junio de 1533, que se alargarían todo el año -con susto incluido para Carlos por culpa de un parraque que le dio a la emperatriz mientras le aguardaba en Barcelona, donde tuvo que acudir a uña de caballo porque los médicos no estaban seguros de que cerrara sesión, cosa que no ocurrió-, era momento de darse un garbeo por Castilla y León, como se la conoce ahora. Que tenían ganas de verlo, todo lo contario que años atrás.
1534 es el año de la giraca por aquellas tierras. Y solo. Nada de molestar a Isabel, que se quedara tranquila en Barcelona, pues estaba embarazada otra vez -lo más lógico del mundo después de tres años sin darse ambos una alegría para el cuerpo, Macarena.
¡Ah, Castilla! Esa tierra que Unamuno, siglos más tarde, describiría como «Castilla / tú me levantas, tierra de castilla / en la rugosa palma de tu mano / al cielo que te enciende y te refresca / al cielo, tu amo». Pues a esa, digo, regresaba trece años después de sofocar lo de los Comuneros a sangre y fuego. Tonterías, las justas, pensó por entonces, y así acabó la cosa como acabó.
Para empezar la visita, Ávila, y después, de corrido, Salamanca, Zamora, Valladolid -pasando por Mojados, donde estaba su madre, que había abandonado su encierro de Tordesillas por un tiempo- y Palencia. Recibimiento por todo lo alto en todas, gastándose las ciudades los cuartos a conciencia para decorar calles y fachadas y demostrarle que las cosas parecían haber cambiado, aunque no del todo. Opiniones contrarias al recibimiento las hubo, todo hay que decirlo. No todo Dios daba palmitas esperando verlo. En Zamora, el conde de Alba de Aliste no se calló y dejó bien claro que nada de recibimientos como si no hubiera un mañana. Pero más por el asunto de las perras que por otra cosa. Que tanto dispendio en telas y demás no lo veía de recibo. De todo hay en la viña del Señor.
Pues era así. Llegaba el emperador, y su recibimiento no podía ser el mismo que el tributado a un cualquiera. Hablaba antes de Zamora, y lo que se le pedía a la ciudad modo de decoración-como al resto de villas y ciudades- no era moco de pavo: que si terciopelo carmesí, que si paños de brocado, que si damasco blanco… Un cojón de pato. Normal que el conde de Alba de Aliste pegara el chillido que dio.
Exigencias que se trasladaban también a la seguridad. La visita comenzó en junio de 1534, pero desde febrero ya se empezaron a expedir de obligado cumplimiento para que la visita fuera lo más placentera posible. Un ejemplo: a Olmedo, por acta del Concejo del 16 de febrero, se le pedía «en ver los pobres y Bagamundos y muchachos que stán sin amos y ladronçillos». O sea, nada de pordioseros y expertos en aligerar bolsas ajenas mientras el emperador estuviera por allí. ¿A que os suena el asunto?
Porque Carlos no iba él solito, sino que acudía donde fuera con buena parte de la Corte -el resto se había quedado en Barcelona haciendo compañía a la emperatriz-; e iba, como decía antes, para pedirles un esfuerzo más a los castellanos -lo que ahora se llama sacrificios-, y más sabiendo que Castilla tenía la mitad de los votos en las siguientes Cortes a celebrar, así que venía bien que le vieran, que le preguntaran y tal, con tal de conseguir lo que se proponía para darle a Barbarroja -el turco chico- en Argel hasta en el cielo de la boca y más allá. No obstante, en su favor hay que reconocerle que acudía con los deberes hechos, respaldada su imagen por mantener a raya al francés -expulsados los suyos de Navarra-, recuperar Fuenterrabía -ahora Hondarribia- para la causa, y reforzar su poder en Italia y centro de Europa. O sea, el emperador, en lo más alto.
Por lo tanto, bien pensada que estaba esa visita, porque estando en plena gira le llegó la noticia de que el turco chico se había apoderado de Túnez; y, a su vez, sus naves andaban liándola parda por el mediodía de Italia. La ocasión y todo eso.
Con todo, lo peor fue recibir noticia desde Barcelona de la pérdida del nuevo hijo que esperaba la emperatriz. Se cuenta que nació muerto debido a causas de todo tipo: que si una caída en el mismo palacio cuando acudía a ver a su hijo Felipe, que si el traqueteo de tanto ir y venir por esos mundos de Dios con aquella Corte itinerante de la que formaba parte, que si la congoja que le entró al conocer que la peste causaba estragos en Valladolid, tierra por la que andaba su amado. En fin.
En definitiva, un nuevo drama, y la emperatriz cada vez más débil.
Y en el horizonte, Túnez y Barbarroja.
Se mascaba la tragedia, por un lado, y por otro asomaba la gloria. ¿A qué corresponde una cosa y a qué otra?
Has leído y ahora dale al podcast en ivoox recuerda hay variaciones.
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