Con este relato me despido, prometo volver muy prontito, antes de lo que imaginas. Gracias por tu compañia durante estos días.
El sexto piso
Me costó distinguir los botones, no había casi luz en el callejón y tampoco luna. Pulsé el del sexto piso. Nadie contestó. No me moví. Al rato, una mujer mayor se acercó al portal con unas llaves en la mano.
— ¿Quieres entrar muchacho?
—No lo sé —contesté, pero entré detrás de ella en una lúgubre portería que olía a humedad.
—Pues si tú no lo sabes, yo tampoco.
—Voy, al sexto —dije, inseguro.
— ¡Ah, ya! Pasa, quédate al lado del ascensor y espera que baje el último.
Así lo hice. El ascensor me pareció del paleolítico y recuerdo pensar que no parecía muy seguro.
—Estás nervioso, ¿eh? —sonrió la mujer —¿Es tu primera vez, muchacho?
No contesté. La mujer desapareció por la entrada de la portería sin despedirse y yo me quedé delante del ascensor, petrificado, con el corazón agitado.
De pronto, el ascensor se puso en marcha y empezó a bajar con estruendo sordo de ruedas, clavijas y cuerdas. Cuando llegó a la planta baja salió de él un hombre viejo, desaliñado y con la bragueta abierta.
Pensé en avisarle del descuido, pero en lugar de ello corrí hacia la calle.














