Una cita con @GalianaRgm, true crime: «Me han asesinado (III)»

Tercera parte de este true crime. Encontrarás muchas más pistas, tal vez alguna incognita sea desvelada…

Me han asesinado III

Mi asesinato

La mañana de mi asesinato mi pareja salió antes que yo de casa, como siempre que se quedaba a dormir.

Yo ese día tenía pensado pasar por la iglesia antes de ir a trabajar. No le dije nada, no soy de esas que explican adónde va todo el tiempo.

Laura llegó al despacho de la parroquia como todos los días, muy temprano. No le extrañó encontrar la puerta abierta a horas tan intempestivas, según declaró a la policía. Ella usaba su llave. Pensó que el cura habría llegado antes: tendría alguna cosa urgente que atender.

Se encontró con mi cuerpo sin vida. Lo primero que hizo, siempre según su declaración, fue llamar a la policía y después al párroco, con quien no consiguió contactar. Después salió a la calle para no tocar nada mientras esperaba al coche patrulla.

Según relató uno de los agentes, ella se comportó como una perfecta anfitriona y a ellos les trató como si fueran los invitados y todo aquello no fuese sino un evento social, olvidándose por completo de que no era una visita de cortesía, sino la escena de un crimen.

Me habían disparado dos veces en la cabeza. El primer tiro me rozó la frente, el segundo penetró en el cerebro.

Los inspectores descartaron rápidamente que me hubiera intentado suicidar. En un principio tampoco parecía haber indicios de robo. Laura y la policía trataron de localizar al cura, pero no daban con él; su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Ella les confirmó que allí no faltaba nada, aunque no fue hasta que el párroco apareció que la policía no descartó la teoría del robo de un modo definitivo. Lo mío era un asesinato de libro, pero… ¿quién me había quitado la vida? Y los más importante, ¿por qué?

Comenzaron por buscar el arma con la que me habían disparado. Lo hicieron de forma exhaustiva, dentro y fuera de la parroquia, en todas las dependencias adjuntas. A día de hoy, todavía no ha aparecido.

Los miembros de la congregación y del coro se reunieron para organizar mi funeral.

La policía les comunicó que no podían entregarles mi cuerpo: debía permanecer en el anatómico forense durante algunos días más, al menos, hasta que el juez encargado de mi caso estimase oportuno que se pudiera proceder a mi enterramiento. Mi cuerpo sigue todavía sin poder recibir sepultura.

Como la iglesia había sido precintada, mis compañeros de la congregación se reunieron en un local cercano y rezaron por mí. Se preguntaron unos a otros quién querría verme muerta, quién me odiaba tanto como para dispararme dos veces. Laura lideró los rezos y plegarias. Lo había llenado todo con velas y flores, secundada por Fran. El hombre con el que yo había estado saliendo durante esos meses les pidió permiso para unirse a las plegarias. A todos les extrañó por su falta de fe, pero lo aceptaron; no era el momento de plantearse ese tipo de cuestiones. Mis compañeros estuvieron rezando durante dos días y, luego, cada cual volvió a sus quehaceres.

En ese tiempo, la policía estuvo investigando mi vida. Supo de los motivos de mi cambio de domicilio. Interrogaron a todos mis compañeros de trabajo y de parroquia. Con la única persona con la que no pudieron hablar fue con el cura: seguía sin aparecer.

Los inspectores empezaron a pensar que mi asesinato y su repentina desaparición podían estar relacionados y fueron barajando la posibilidad de no encontrarlo con vida. Al quinto día de mi asesinato, volvió: había estado en un retiro espiritual. A todos les extrañó que Laura no supiera nada. Incluso fue ella la primera sorprendida. Comprobaron su coartada. Era cierta. La reserva había sido hecha un año antes de mi llegada al pueblo, así que no, no se podía relacionar su retiro con mi asesinato de un modo directo.

Algunos de mis compañeros de coro declararon a los inspectores que sospechaban que entre el cura y yo existía algo más que una amistad. Eso, unido a que los inspectores no acababan de entender cómo nadie pudo avisarle de lo acontecido, por mucho que estuviera en un retiro espiritual, no sonaba muy bien. La frialdad del párroco al enterarse de mi asesinato, cuando nos mostrábamos en público tan cercanos, no fue de gran ayuda. Todos, salvo Laura y mi pareja, dieron por sentado que intentaba ocultar algo. Los agentes llegaron a la conclusión, sin confirmar, de que de haber existido una relación poco apropiada había sido unidireccional y que, de conocerla, yo jamás le había correspondido.

Añadiré que les resultó muy extraño que una mujer que controlaba todo lo relacionado con la parroquia y la congregación, como era el caso de Laura, no tuviera ni idea de aquel retiro espiritual, más aún, siendo su mano derecha. Se preguntaban si estaría encubriéndolo o si, simplemente, a ella le venía bien por algún motivo que todavía desconocían.

También se desorientaron cuando supieron que Laura, siempre tan despreciativa conmigo, según les relataron los miembros de la congregación, se hubiese convertido en mi más ferviente defensora. Les dijo que el hecho de que yo fuera una pecadora, fornicadora por usar anticonceptivos y un mal ejemplo para las mujeres no era razón para que tuvieran que asesinarme. Aunque también se vanaglorió porque yo había recibido mi castigo divino. ¡Ella y sus contradicciones!

La policía se sorprendió de que Laura estuviera al corriente de mi pasado. Les confesó que conocía los informes de todos los miembros de la congregación y que el mío no era una excepción, aunque ella jamás revelaba nada de lo que allí leía, y mucho menos cuando en mi caso se trataba de ayudar a una mujer que huía de un marido acosador. También les dijo que no veía con buenos ojos que yo mantuviera otra relación sin haber obtenido el divorcio. Para ella, aquello era pecado.

Los inspectores decidieron investigar a mi todavía marido. Pensaron que Laura, tal vez, hubiera averiguado dónde vivía. De hecho, cabía la posibilidad de que me hubiera visto dar paseos por la orilla del río conversando con el cura o con mi actual pareja o haciendo vida de soltera; verme con otros hombres le hubiera impulsado a meterme dos balas en la cabeza. Contactaron con él. Al comunicarle la noticia de mi asesinato se vino abajo, confesó ignorar dónde me encontraba yo desde que había desaparecido de casa. Al interrogarle sobre dónde estaba el día de autos, les contestó que trabajando. Comprobaron que en el registro de entrada y salida constaba que había estado allí aquel día, a pesar de que no había ninguna cámara que pudiera demostrarlo porque, ¡cosas que pasan!, aquella semana todas estaban averiadas. Sus compañeros no recordaban nada significativo ese día, ni tampoco que hubiera faltado al trabajo por aquel entonces, salvo uno que se acordó de que por aquellas fechas había pedido unos días de permiso por encontrarse enfermo. En los registros de la empresa constaba tal ausencia una semana antes de mi asesinato.

El próximo martes llegará la última entrega.

Galiana

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